Columna de Matías Rivas: Invierno con sol

16 Abril 2020 Gente con mascarilla en la calle Huerfanos en el cento de Santiago, por precaucion de contagio por pandemia de Coronavirus Covid 19 que afecta al pais. Foto : Andres Perez DISTANCIAMIENTO SOCIAL - CUARENTENA - CRISIS SANITARIA - GENTE - CAMINANDO




Día viernes de un invierno seco. El sol extiende su resplandor sobre un cielo azul, sin nubes. Apenas entibia. Camino por el centro, intento volver a mis rutinas. El ambiente de las calles es bullicioso, tenso. Hay locales cerrados y otros repletos. Miro a los que pasean, la mayoría van abrigados. A la distancia compruebo que me dirijo a una situación difícil, pues falta una hora para que cierre y me inhibe una fila extensa. Al acercarme, un tipo con un gesto me indica que debo sacar número.

Sería mi segunda cola en la mañana. Me siento a tomar un café para decidir si espero o vuelvo otro día más temprano. En la vereda, sentado ante una mesa, estoy resguardado. El ensimismamiento que genera pedir, esperar y revolver una pequeña taza es suficiente para cambiar de sintonía y poder detenerse en los detalles. De inmediato paso a estar más atento a los murmullos y conversaciones, que a los gritos.

Una pareja de ancianos comentan unas prendas que compraron recién. Están atentos, se miran, visten abrigos. Disfrutan de unos sándwiches. Él comenta acerca del comercio ambulante: “es lo que le va quedando a la gente, además es barato y más seguro que ir a un mall”. Ella se compró un par de pañuelos, él un pantalón de buzo. Pido la cuenta. Decido perder mi lugar, vagar y volver a mi casa.

Paso por Huérfanos y subo hasta Santa Lucía. Los sexshops no han resistido las inclemencias económicas. Los rayados han sido borrados de muchas paredes. Hay tensión, los pasos se oyen apurados. Es la hora de salida y de cierre de tiendas. En la zona de Lastarria atisbo los restaurantes repletos. A lo lejos se percibe un ruido de fondo. Le pregunto a un tipo -que ofrece libros antiguos y piratas-, qué pasa. “Los familiares de los presos del estallido”, me responde. Distingo en un rincón de su mesón un alto de libros de la colección Iberia. Tapas duras, páginas delgadas, con prólogos y breves notas al pie de página. Siempre los ojeo, tengo varios. Leí a Sófocles y Dante, por primera vez, en esas ediciones que mi padre coleccionaba. Tienen un aura de tiempos ilustrados, cuando atesorar una enciclopedia y una pequeña biblioteca significaba un capital. Es el mismo tipo de libros que se observaban con el sello: Clásicos Jackson. Hay una antología de La literatura epistolar que reunió Alfonso Reyes, una de Ensayistas ingleses con prólogo y selección de Adolfo Bioy Casares y otro sobre biografías presentado por Alone. Este último lo perdí y lo busco desde que me di cuenta de su evaporación. Tras estas colecciones se escondía un deseo por difundir el pasado sin mediadores. Ofrecen la posibilidad de leer las célebres cartas de Madame de Sevigné a su hija, o La disertación sobre el lechón asado de Charles Lamb. Se trata de piezas literarias cada vez más difíciles de ubicar, salvo que uno recurra a estos puestos. Pregunto al librero por los que más vende. Con entusiasmo me dice los textos políticos están arrasando y que por fin vienen jóvenes a comprar. Y agrega una breve teoría: “los esotéricos también salen, ha sido siempre así. El I Ching, el Tao y El arte de la guerra son bestsellers. Con los sabios la gente se va a la segura. Regalo bien recibido incluso por las pololas”. La frase final la lanzó con una mueca de vergüenza. Era un tipo mayor, que con esa nimia picardía sintió que cometía un delito. Al borde de la indecisión, opté por comprar la novela El grupo de Mary McCarthy y por una colección de cuentos de Rubem Fonseca.

Deambulé unas cuadras más. Se oían sirenas. Fluían cientos de personas que emergían de la estación de metro Bellas Artes. La mascarilla es insoportable. Los anteojos se empañan con la respiración. Pretendo tomar un taxi. Pero todos pasan ocupados. Las aplicaciones de Uber y Cabify están colapsadas. Los autos casi no avanzan en la calle José Miguel de la Barra. El taco se empieza a formar. Luego de media hora en la esquina con Merced, veo a una señora bajar de un taxi y me subo. El chofer se da vuelta y me escruta con el rostro afligido. Por favor, le pido, y le doy mi dirección. “Súbase y, al instante, me advierte: nos vamos a tener que ir por Bellavista, conejeando, paciencia, no me apure que esta es mi última carrera”.

El viaje fue largo. Ni él ni yo queríamos cruzar muchas palabras. Venía con la radio fuerte. Miré Instagram un rato, después y con dificultad abrí el libro de Fonseca. Reconocí una frase y lo cerré: “En la cama no se habla de filosofía”. Pasamos de las noticias a un programa de música del recuerdo. Las canciones consideradas en esa categoría me tocaron en lo íntimo: correspondían a mi juventud, es decir, me hundí en el asiento. Empezó a oscurecer en el trayecto. Las luces eran cada vez más refulgentes a medida que aparecía la noche helada. Un semáforo antes de llegar, pagué y descendí. Seguí fumando por la vereda.

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