Columna de Oscar Contardo: Lo que tú prefieras

Philip Roth

El escritor, Philip Roth



En un pasaje de la novela La mancha humana, de Philip Roth, un personaje le formula a Coleman Silk, el protagonista de la historia, una pregunta clave: “¿Qué eres tú, a fin de cuentas?”. La respuesta que obtiene, lejos de ser concluyente, es ambigua y marca lo que será el corazón del relato: “¿Qué soy yo? Lo que prefieras que sea”.

Coleman Silk era el hijo de una familia afroamericana que se había criado en estrecho contacto con la comunidad judía de su entorno. La piel inusualmente clara y ciertos rasgos faciales de Silk contribuyeron para que, con el tiempo, muchas de las personas que lo trataban y que no conocían a sus padres lo tomaran por blanco. Gracias a la confusión, el protagonista escaló posiciones en una carrera académica que, paradójicamente, comenzaría a declinar cuando Silk, durante una de sus clases, hizo un comentario que algunos de sus alumnos tomaron como una declaración racista en contra de un estudiante afroamericano. Ninguno de ellos sabía que Silk era, en realidad, un hombre negro. Aunque la novela fue promocionada como una reflexión sobre la corrección política entendida como una nueva caza de brujas, en mi recuerdo es un relato sobre la identidad individual dispuesta frente al poder y, sobre todo, una historia sobre las estrategias para lograr, a través de la satisfacción del deseo ajeno, un lugar en el mundo. Escrutar en las ansias del prójimo y encontrar la manera de ofrendarles a esas necesidades pequeños trocitos de sí mismo que faciliten escalar. En el caso de Silk, el primer paso en esa dirección fue no sacar del error a quienes pensaban que era una persona blanca.

Recordé la novela de Roth luego de leer el caso de Jessica Krug, profesora de una universidad estadounidense que hizo carrera fingiendo ser parte de la comunidad afrocaribeña de Nueva York, aunque en realidad era la hija de una familia judía criada en los suburbios de clase media de Kansas. Su historia era la de Coleman Silk contada a la inversa, aunque en el caso de Krug, con tintes aun más extremos: había construido una biografía falsa, publicado libros y dictado seminarios como representante de un grupo al que nunca había pertenecido. En gran medida, Krug pudo hacer lo que hizo porque su simulacro llenaba ciertas expectativas de su medio.

En el ámbito de las imposturas, como en casi todo, existe una gradualidad de matices que pende de dos extremos. En un polo están los pequeños gestos hipócritas que ayudan a mantener la convivencia y la vida civilizada, en el otro, casos como el de Jean-Claude Romand, el falso médico francés que se fabricó una vida que no existía en los hechos y prefirió matar a su familia antes de que lo descubrieran. Emmanuel Carrère registró la historia en detalle en su novela El adversario.

Entre el gesto insincero, la conducta desenfadada del lambiscón que se somete al poder como quien se engancha a un vicio, y el prontuario de un psicópata, naturalmente existen distancias considerables, pero es posible encontrar en todos ellos al menos dos elementos comunes: la traición a sí mismo como política de vida y la exploración minuciosa de las ansias del prójimo. Tanto el adulador como el usurpador saben darles a quienes tienen el poder de abrirles una puerta lo que están deseando justo en el momento adecuado; lo hacen más que por colmar una necesidad real, por adecuarse a un ansia, o a una debilidad, mostrarse útiles, serviciales, eficientes. Son liberales en tiempos de risa, socialdemócratas en tiempos de angustia y despiadados cuando nadie los está mirando. Sus historias dicen tanto de ellos como del mundo en el que decidieron proyectar sus trucos de ilusionismo. En esta lógica no hay principios, ni límites, sino meras oportunidades resumidas en una colección de comodines que se usan lisonjeando a los sujetos precisos, tocando la melodía apropiada. El impostor es capaz de jurarle lealtad a un presidente un día y al siguiente encabezar un golpe de Estado. O fraguar una carrera a la sombra de un régimen y a la vuelta de los acontecimientos declararse creyente de una nueva fe, más conveniente para el minuto. Ejercen eso que en política algunos llaman populismo, pero que no es más que el talento de contestar “lo que tú prefieras” frente a una pregunta que exige una definición clara de la propia historia que se carga sobre los hombros.

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