Columna de Óscar Contardo: El fuego que arrasa

Australia

Durante esta semana, todas las imágenes que llegaron desde la isla parecen haber sido tomadas con filtro naranja; es el efecto del humo que mantiene enormes zonas en una penumbra tóxica. Las cifras en torno a los incendios son de magnitudes monstruosas: el área destruida es del tamaño de Bélgica.


En otro tiempo, las tragedias lejanas nos llenaban de compasión y una indignación que nos situaba en el lado de los sensatos y bondadosos. Leer o escuchar sobre ellas provocaba que nos olvidáramos de nuestras propias desgracias y nuestras propias formas de violencia. Nos preguntábamos de tanto en tanto cómo era posible que la policía norteamericana castigue tan brutalmente a ciertos ciudadanos solo por su origen étnico o aspecto, o cómo puede ser que el cuerpo de un niño sirio muerto aparezca en la costa de Turquía sin que los líderes de Europa se retuerzan de la vergüenza. El mundo era lo suficientemente ancho como para mirar sus miserias -guerras, matanzas, bombardeos- de la manera en que se contempla lo remoto, despertando nuestra mala conciencia y sintiendo el oscuro alivio de que "eso" no nos pasará a nosotros; o más bien que no nos pasará de la misma forma. ¿Qué más podríamos hacer desde aquí sino conmovernos durante un minuto y luego seguir nuestra vida? La distancia nos protegía de los efectos directos de las grandes conflagraciones bélicas, el tipo más frecuente de desastre a gran escala provocado por la acción humana. La emergencia climática está cambiando eso. La percepción de lo remoto, lo internacional como ajeno, está mutando en la medida en que los termómetros varían.

Cada año es más cálido que el anterior y cada vez es mayor la certeza de que lo que pasa en el Ártico o en Siberia tendrá alguna consecuencia mucho más cercana. Lo que antes era solo un grado de temperatura hoy es concretamente la diferencia entre que los pájaros vuelen o caigan muertos al suelo, como ocurrió durante la última ola de calor en Australia.

Hasta hace una semana yo no conocía el nombre del primer ministro australiano: ahora sé que se llama Scott Morrison, que es el líder del Partido Liberal y que para él el cambio climático era un asunto apenas relevante. Tanto así, que mientras los focos de incendios forestales se multiplicaban en la isla durante diciembre, con temperaturas que superaban los 40 grados y vientos con rachas de 90 kilómetros por hora, Morrison se reunía con la selección de críquet de su país y posaba sonriente para las cámaras. Esas eran sus prioridades. Unos días más tarde, cuando por fin decidió enfrentar la calamidad pública, Morrison viajó a una de las zonas afectadas. En uno de los poblados rurales la televisión lo registró intentando saludar a un bombero y a una mujer que había perdido su casa. Ambos le negaron la mano.

Durante esta semana, todas las imágenes que llegaron desde la isla parecen haber sido tomadas con filtro naranja; es el efecto del humo que mantiene enormes zonas en una penumbra tóxica. Las cifras en torno a los incendios son de magnitudes monstruosas: el área destruida es del tamaño de Bélgica, los focos de fuego han surgido a lo ancho de una superficie similar al territorio de Estados Unidos y se calcula que han muerto 480 millones de animales. Hubo días en que en todo el país la temperatura sobrepasaba los 40 grados Celsius. El humo de los bosques quemados se elevó y alcanzó los glaciares de Nueva Zelandia, distante a dos mil kilómetros, depositando hollín en su superficie y acelerando su derretimiento. La pluma tóxica siguió su curso hacia el este y cruzó los Andes a la altura de la zona central de Chile. En este nuevo mundo que se derrite y hierve, Australia no está lejos, es el país del frente.

Scott Morrison, como Jair Bolsonaro o Donald Trump, llegó al poder convencido de que no existía algo llamado "emergencia climática". Tanto así, que en la pasada conferencia COP25 la delegación de su gobierno fue acusada de hacer trampa en los compromisos para reducir la emisión de gases contaminantes, ejecutando una especie de gimnasia administrativa, que los libraba de alcanzar las metas acordadas en el Acuerdo de París. Si bien su población es reducida en relación a su superficie, y por lo tanto, la contaminación provocada por sus habitantes no se compara a la de otras potencias, Australia es uno de los mayores exportadores de combustibles fósiles -petróleo, carbón, gas- a nivel mundial, por lo tanto, un importante emisor de CO2. En medio de la crisis, mientras las regiones costeras del sur de la isla eran evacuadas, la cuenta Twitter de Exxon Mobile Australia, una de las compañías más grandes del mundo en el rubro energético, les envió un saludo a los australianos, deseándoles diversión y aconsejándoles mantenerse seguros. La indignación cundió. La misma empresa ha sido señalada como una de las principales financistas del lobby político en Estados Unidos para frenar reformas legales que obliguen a reducir la emisión de gases contaminantes y aportar dinero para difundir el negacionismo de la crisis climática.

Finalmente, nada es tan lejano, ni la violencia, ni las pequeñeces, ni las mezquindades. Ninguna desgracia es tan diferente a la propia. Las llamas arrasan a todos por igual.

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