Jordan B. Peterson volvió desde el abismo: “Muestra gratitud a pesar de tu sufrimiento”

Jordan B. Peterson en una imagen de 2018, durante su gira mundial por 12 reglas para vivir.

Tras superar una aguda crisis por adicción a los calmantes y recuperarse de Covid-19, el controvertido intelectual canadiense regresa al debate con nuevas reglas para vivir en su libro Más allá del orden.




Cuando abrió los ojos, no podía moverse: se encontraba atado con correas a una cama. Jordan B. Peterson no entendía lo que pasaba y no sabía dónde estaba: a su alrededor solo veía personal médico extranjero. Era el 5 de febrero de 2020 y el psicólogo más célebre del mundo figuraba en una UCI en Moscú. Su último recuerdo lo conducía vagamente a un hospital en Toronto, donde había ingresado en diciembre debido a las complicaciones derivadas de su adicción a la benzodiacepina.

En los últimos tres años, Peterson (Edmonton, 1962) se apoyó en la benzodiacepina para enfrentar los altos niveles de estrés y ansiedad que comenzó a experimentar. Precisamente, cuenta, en “el periodo que pasé de tener una existencia tranquila como profesor universitario y psicólogo clínico a vivir la realidad tumultuosa de ser un personaje público”.

Exprofesor de Harvard y de la Universidad de Toronto, Peterson logró popularidad con sus clases y conferencias en YouTube, donde suele hablar de la Biblia, las ideologías y las políticas de identidad. En Canadá se opuso tenazmente a una ley que prohibía el uso de los pronombres binarios para quienes no se identifican con los géneros masculino y femenino. Inmediatamente, los seguidores de su canal se multiplicaron.

En 2017 ofreció una conferencia de título proverbial, Políticas de identidad y la mentira marxista del privilegio blanco, que alcanzó cinco millones de reproducciones. En ella desacreditaba los estudios posmodernistas como un truco de manos hecho con los restos del marxismo. “Los posmodernos están equivocados, son filosóficamente ingenuos”, decía. Las políticas de identidad, nacidas al alero del posmodernismo, responden más bien a políticas del resentimiento, agregaba. “El racismo sistémico es un término que simplemente desprecio”.

“Liberal clásico”, según sus palabras, Peterson ha elaborado un discurso persuasivo en torno al caos, la oscuridad y el mal, que ha encontrado miles de admiradores que lo reconocen como un nuevo guía, un azote de lo políticamente correcto.

Con elocuencia, invoca los valores de la responsabilidad, la disciplina, el coraje y la verdad. Contrariamente, rechaza los términos igualdad, diversidad, inclusividad y equidad. Y se dirige a los jóvenes con la actitud propia de un líder carismático: “La responsabilidad le da sentido a tu vida… Ponte de pie, deja de lloriquear, no seas una víctima. El mundo acepta la responsabilidad; habla con la verdad, no te identifiques con tu maldito grupo. Percibirte como una víctima no te da derecho a una venganza resentida”.

Su libro 12 reglas para la vida vendió más de cinco millones de copias y lo volvió un intelectual de alcance global. Peterson recorrió el mundo, repletó teatros y auditorios, dio cientos de entrevistas y protagonizó debates que divulgaron sus posturas contrarias al feminismo, el ecologismo y las teorías de raza y género, las que -naturalmente- provocaron rechazo en amplios sectores.

Por entonces ya dependía de la benzodiacepina, y cuando su esposa fue diagnosticada con cáncer, aumentó su medicación. Durante 2019 intentó alejarse de la droga y los efectos fueron catastróficos: un viaje al infierno, como escribe en Más allá del orden: 12 nuevas reglas para vivir, su nuevo libro, editado en español por Planeta.

Tras permanecer internado en Estados Unidos y Canadá y luego de pasar de Moscú a una clínica especializada en Serbia, Peterson volvió a casa.

“Así que esto fue una lección de humildad, supongo”, explicó en un breve video en YouTube, donde agradeció el apoyo de su familia y amigos. “Mi trabajo, la clase de trabajo que hice, aunque solo se trató de escritura y no de contenido audiovisual, fue también muy útil para mí, ya que pude sostenerme a mí mismo al producir pensamientos que pudieran ser de ayuda, a pesar de mi angustia y a pesar de mi falta de esperanza por el futuro”.

Lanzado internacionalmente hace un par de semanas, el libro establece un diálogo con el volumen anterior. Desde luego, su escritura fue afectada por la crisis de salud que atravesó, que incluyó severos efectos por la abstinencia y pensamientos autodestructivos (por eso las correas en Moscú) y el Covid-19. “Me tuve que forzar a sentarme delante del ordenador. Durante los interminables meses en que estuve transido de terror, tuve que forzarme a concentrarme y a respirar, a no mandarlo todo al carajo. Y a duras penas lo conseguí. Me pasé la mitad del tiempo convencido de que iba a morir en alguno de los muchos hospitales en los que estuve ingresado. Y creo que si hubiera caído presa del rencor, por ejemplo, seguro que habría fallecido”, escribe.

A la luz de su experiencia, rescató “solo aquellas palabras que seguían siendo importantes aun en condiciones de sufrimiento extremo”.

Las ideologías

Si 12 reglas para la vida ofrece un discurso en torno al orden como antídoto al caos, el nuevo ensayo busca equilibrar el mapa de ruta. Admirador de los valores y las estructuras tradicionales, Peterson invita ahora a ir más allá, desde luego sin abandonar el terreno conocido: “Necesitamos mantener un pie en el orden mientras estiramos el otro a tientas hacia lo desconocido”, dice.

Entre sus nuevas reglas están: “No denigres a la ligera ni las instituciones sociales ni el logro creativo”; “imagina quién podrías ser y pon todo tu empeño en ello”; “no hagas lo que aborreces”; “al menos esfuérzate al máximo en una cosa y espera a ver qué pasa” y, por cierto, “abandona la ideología”.

La narrativa de Peterson cruza ideas deudoras de Freud y Jung con anécdotas personales, citas a Harry Potter, Disney, la mitología, dardos contra Foucault y Derrida y muchos pasajes de la Biblia. Es más, casi todos su argumentos conducen a la Biblia.

La relación de Peterson con la religión es antigua: creció en un hogar cristiano, pero se alejó de ese mundo en la adolescencia. Mientras comenzaba a preocuparse por su entorno y por los más desvalidos, abrazó el socialismo y abandonó a Dios. Ya en la universidad se propuso estudiar ciencias políticas, pero se desilusionó de sus compañeros de partido, en especial de los activistas, en quienes vio menos empatía por la clase trabajadora y más rencor hacia los ricos.

Eventualmente ese camino lo llevó a despegarse de las ideologías. “Mi fe en la ideología me abandonó cuando empecé a ver que la identificación ideológica en sí misma plantea un problema profundo y misterioso. No podía aceptar las explicaciones teóricas que me ofrecía mi campo de estudio, y ya no disponía de razones prácticas para seguir avanzando en la dirección que me había propuesto originalmente”, escribió en Mapas de sentido: la arquitectura de la creencia, su primer libro, un ambicioso ensayo de 800 páginas.

En medio de aquella decepción, confundido (“ya no les veía sentido a las cosas”), se encontró con Jung, Freud y los grandes mitos. De este modo abrió una nueva puerta y se reencantó con las antiguas religiones, los relatos sobre el mundo y sus lecciones morales. “Creo que los individuos y las sociedades que desdeñan esos absolutos (ya sea por ignorancia o por una oposición deliberada) están condenados a la desgracia y, tarde o temprano, a la disolución”, anotó en Mapas de sentido.

En su aprendizaje, Peterson descubrió que el mundo es un lugar inhóspito y cruel y que vivimos asediados por la maldad que hay en nosotros y en los demás. Así, el sufrimiento no es necesariamente culpa de los otros, sino acaso “una condición previa para la existencia de la vida” y, en consecuencia, debería ser “algo comprensible y aceptable”.

“La gente necesita principios rectores”, escribió hace tres años, de lo contrario “se impone el caos”. “Necesitamos rutina y tradición. Eso es orden”.

Ahora, se pregunta: “¿Cómo equilibramos un conservadurismo sensato con una creatividad revitalizante?”. Peterson defiende las jerarquías sociales, pero advierte sobre el peligro de anquilosarse. Del mismo modo, apunta la peligrosa “tendencia de las personas de mente progresista a ver solo lo negativo en instituciones bien arraigadas”. Más conciliador que en su libro previo, sugiere que se debe buscar un equilibrio. ¿Cómo? Con una de sus virtudes favoritas: la disciplina.

Por cierto, despliega sus argumentos contra las ideologías. “Todo se puede explicar mediante un algoritmo marxista. Los ricos son ricos porque explotan a los pobres. Los pobres son pobres porque son explotados por los ricos”, escribe. “Sin embargo, más allá de sus presuntas virtudes, la aplicación del marxismo fue un desastre en todos los sitios donde se probó; y eso ha espoleado intentos de sus supuestos adeptos de hoy, que no han aprendido nada y que presentan sus ideas bajo nuevas fachadas, y siguen como si nada importante hubiera cambiado”.

“La reducción ideológica de este tipo es el sello distintivo de los pseudointelectuales más peligrosos”, afirma. ¿La lección? “Ten cuidado con los intelectuales que erigen un monoteísmo con sus teorías de la motivación”.

El resentimiento

Uno de los aspectos que Peterson suele discutir es la ira y el resentimiento. “Quizá si viviéramos como habría que vivir, no tendríamos problemas en reconocer nuestro carácter frágil y mortal, sin caer en el victimismo ofuscado que genera primero resentimiento, luego envidia y, finalmente, deseo de venganza y destrucción”, afirma.

En su opinión, el resentimiento nace de buscar culpables fuera de uno mismo. “Por ejemplo, si el problema es la riqueza y los ricos se perciben como la razón de la pobreza y del resto de los problemas del mundo, entonces se convierten en el enemigo (...). Si el problema es la masculinidad, todo hombre (o incluso el concepto de varón) se debe atacar y denigrar. Esta división del mundo en el diablo exterior y el santo interior justifica el odio maniqueísta, exigido por la moralidad del propio sistema ideológico”, afirma.

Ciertamente, Peterson relativiza el discurso de los grupos oprimidos y sus grandes reivindicaciones. “Es imposible combatir el patriarcado, reducir la opresión, promover la igualdad, transformar el capitalismo, salvar el medioambiente, eliminar la competitividad, disminuir la intervención del gobierno”, escribe. “Dicho en sencillo, estos conceptos son demasiado ambiguos”.

Bajo esa luz, la ideología está muerta, según Peterson: “Los excesos sanguinarios del siglo XX la mataron”.

En cambio, propone el camino del rigor: “Ten un poco de humildad. Ordena tu cuarto”, sugiere. “Cuida la familia. Haz caso a lo que dicta la conciencia. Endereza tu vida. Encuentra algo productivo e interésate en qué hacer y comprométete a hacerlo. Cuando tengas todo eso resuelto, busca un problema más grande y trata de solucionarlo si te atreves. Si también lo consigues, pasa a proyectos aún más ambiciosos. Y como primer paso para ello... abandona la ideología”.

Con todo, y después de sobrevivir a su crisis, Peterson cierra su libro relevando el poder de los afectos. Sin renunciar al coraje, este debe subordinarse al amor, dice. En medio de un mundo sombrío, el amor puede operar milagros. “Eso es algo por lo que puedes atreverte a estar agradecido. Eso es algo en lo que puedes hallar parte del antídoto al abismo y la oscuridad”, afirma. “Muestra gratitud a pesar de tu sufrimiento”.

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