Los últimos días del reino de Lucio

En 1972, Lucio Torre instaló su primer local en los alrededores de Plaza Italia. Su negocio se multiplicó con el tiempo; el año pasado había llegado a tres hoteles y dos restoranes en el barrio. Pero los saqueos y las quemas provocadas por manifestantes en el estallido le arrebataron todo. Aquí, Francisco Torre, el segundo de sus tres hijos relata cómo ha sido volver levantarse en medio de una pandemia y con la incertidumbre de lo que pueda pasar con la vuelta de las protestas.



Al hacer un recorrido mental por las imágenes que tiene grabadas de lo que les ocurrió a sus negocios familiares durante el estallido, Francisco Lucio Torre reconoce que hay una en particular que no puede sacarse de la cabeza. Es una foto que vio en un diario junto a sus otros dos hermanos: en plena Avenida Vicuña Mackenna, sentado en una de las sillas del restorán La Hacienda Gaucha, un encapuchado sostenía una copa de vino robado del local.

Esa escena fue capturada el 12 de noviembre, el día en que destruyeron la mayoría de los negocios que su padre, Lucio Torre (79), tiene en los alrededores de Plaza Italia, y que eran administrados por sus tres hijos: los dos hoteles de la marca “Principado” -Principado de Asturias y Principado Express-, la fuente de soda La Terraza y el restorán La Hacienda Gaucha con su respectivo apart-hotel. “Con esa imagen parecía que se estuvieran mofando de la situación. Eso ya es como que te pateen en el suelo”, dice el segundo de los hermanos Torre.

Bomberos asiste al incendio del edificio La Hacienda Gaucha. Crédito: Ailen Díaz, Agencia Uno

Nunca, en los 49 años que Lucio Torre lleva en el barrio, habían dejado de funcionar ni sus hoteles, ni mucho menos sus restoranes. Había pasado por momentos complejos, como cuando en 1971, en el gobierno de la Unidad Popular, le expropiaron su local “La Terraza 13”, o en 2004, cuando tras una marcha contra la APEC, un grupo de manifestantes apedreó la recepción de su hotel, sacó todas las cosas que había en su interior y las arrojó a una barricada.

Ese día, recuerda, había una delegación de rusos hospedándose en al menos 20 de sus habitaciones. Todos ellos, incluso el propio Francisco Torre, tuvieron que esconderse para evitar los piedrazos.

Pero ninguno de esos hechos se compara con lo que la familia Torre vivió durante el estallido social, donde de los siete locales que tenían, cinco fueron saqueados y dos de esos quemados. A casi un año de lo ocurrido, Francisco Torre recorre los dominios de su familia.

Con gruesas puertas de acero en las entradas, los grafitis intactos, vidrios quebrados, y los letreros del Hotel Principado y La Hacienda arrebatados, pareciera como si todo se hubiese quedado congelado en el tiempo. Nada ha cambiado, ni nada, hasta ahora, se ha podido reconstruir.

Hasta el 23 de octubre, nadie los había atacado. Como todo ocurría en Plaza Italia durante los primeros días del estallido, la violencia aún no llegaba a las calles aledañas. Ese miércoles, cerca de las 16 horas, una horda llegó hasta la puerta del Hotel Principado, amenazando con incendiarlo. Uno de los cabecillas habló con el administrador, quién le pidió unos minutos para desalojar a la gente que tenía dentro. Bastaron dos horas para que volvieran al lugar para saquearlo. Pese al ataque, los hermanos estaban aliviados. Al menos no habían quemado nada.

Esa sensación duró hasta el 12 de noviembre, una fecha que Francisco Torre describe como “el día fatal”. Lo más traumático no fue solo que esta vez estuvieran atacando simultáneamente tres de sus locales, sino el hecho de ver en vivo y en directo cómo esos ataques ocurrían, a través de las imágenes de las cámaras de seguridad, que podían ver desde el departamento de su hermano menor, Juan Carlos Torre. De todos los negocios, el que terminó peor fue el restorán La Hacienda Gaucha, que fue declarado pérdida total tras ser quemado. El mismo donde sacaron las sillas a la calle y se pusieron a tomar vino.

“Son una mezcla de sentimientos los que se me vienen a la cabeza: rabia, angustia, e impotencia de no poder haber hecho nada”, dice Francisco.

“Imagínate lo que es ver a través de una pantalla como te están destruyendo años de esfuerzo. Estábamos entregados porque ni siquiera podías venir a defender lo tuyo, era imposible. Había demasiada gente atacando los locales”, cuenta Francisco.

A partir de entonces, los hermanos Torre pasaban sus días de ferretería en ferretería, comprando planchas de acero para tapar cada uno de los ingresos de los locales. Como los manifestantes entraron al menos otras cuatro veces, debían trabajar de noche, cuando lo que quedaba de los hoteles y los restoranes era desalojado. Pese a que se detuvo a tres personas implicadas en los saqueos de sus locales, la familia no ha querido querellarse ni involucrarse en la causa. “No lo hicimos por temor a represalias, y muchos otros dueños de locales no han querido hacerlo por eso mismo”, cuenta.

El camino hacia la recuperación del negocio ha sido difícil. Para Francisco es como dieran un paso adelante y dos hacia atrás. La lenta respuesta de los seguros les demoró el acceso a la liquidez que necesitaban para levantarse, pero en diciembre comenzaron a remodelar la fuente de soda La Terraza, pues creían que la industria gastronómica se podría reactivar más rápido que la hotelera. La llegada de la pandemia estancó ese proceso, y además les cerró el único local que tenían andando, La Hacienda Gaucha de la calle Pedro de Valdivia. Eso, sumado a las pérdidas que traían del estallido, hicieron que tuvieran que despedir al 30% de su personal, acogerse a la Ley de Protección del Empleo, y pedir un crédito Fogape para poder sobrevivir.

Una tenue luz de esperanza asomó a mediados de abril, cuando escucharon que el Minsal estaba en búsqueda de hoteles que prestaran sus servicios como residencias sanitarias. Con eso, pensaron, podrían recuperar algo de lo perdido, ya que les pagarían por habitación ocupada. No hubo solo un incentivo económico detrás de esta decisión. Lo que los llevó a poner el Hotel Principado Express, ubicado a unas cuadras de Plaza Italia en calle Merced, como residencia para recibir pacientes Covid fue el deseo de reconciliarse con el barrio de alguna forma y de procesar el trauma de haberlo perdido casi todo.

Quisimos ser parte de las soluciones de los problemas de la pandemia. (…) También como para hacer algo productivo y mantener a nuestro personal trabajando.

Francisco Torre

Entre junio y septiembre, el hotel de la familia Torre alcanzó un 70% de su capacidad con pacientes contagiados.

Cuando terminó la cuarentena y la familia pensaba que podrían retomar las remodelaciones, los manifestantes comenzaron a reagruparse en el sector cada viernes. Ahora, tras la caída de un adolescente al Mapocho provocada por un carabinero, el movimiento se hizo más intenso.

Para Francisco Torre, es otro paso hacia atrás. Así también lo han entendido otros 30 dueños de locales que comparten un grupo de WhatsApp con los Torre. Se había conversado que octubre iba a ser complejo, particularmente cerca del aniversario del 18 de octubre y alrededor de la fecha del plebiscito, pero la incertidumbre que los aqueja se ha acrecentado en los últimos días. “No sabemos qué hacer porque ahora los viernes, un día que uno podría tener buena venta en los locales, aquí ya están perdidos”, advierte.

Lucio Torre, el arquitecto del pequeño imperio familiar, permanece en España -su país natal- desde agosto. El mismo recorrido por el barrio que su hijo Francisco Torre ha hecho una y otra vez después de los sucesos del año pasado, lo hizo él cuatro días después de la quema de sus negocios. Al principio, sus hijos no querían llevarlo por miedo a que se deprimiera, pero Lucio Torre se mantuvo firme. Como buen inmigrante, sabe de crisis.

Su hijo cuenta que vivió todo el período de la posguerra civil española y emigró a Chile solo, a los 19 años, a probar suerte. Por eso que ese día recorrió tranquilo cada rincón, observando lo que se había perdido, con un sentimiento profundo de amargura, pero sin alarmarse demasiado. Incluso en una entrevista con El Mercurio mencionaba que él es el que les ha dado más ánimo a sus hijos, pues como ellos han sido criados en un mejor contexto piensa que esto ha sido más traumático para ellos. Francisco Torre coincide y agrega un pero: “quizás como dice él, que ha vivido experiencias más fuertes de España, está más curtido. Nosotros jamás habíamos vivido una situación así. Pero también nosotros fuimos los que estuvimos ahí, pendiente de todo lo que pasaba porque él ya está más desligado de la administración de los negocios”.

Francisco no recuerda la fecha, pero años atrás un portada de La Cuarta coronó a su padre como “El rey de Plaza Italia”, precisamente por la cantidad de locales y por todo el tiempo que llevaba ahí. Ese apodo quedó marcado en la familia. Por eso, aunque Lucio Torre se muestre fuerte, sus hijos reconocen que ha llorado últimamente. Lo ha hecho en conversaciones telefónicas con sus hijos, mientras recuerdan los buenos momentos que tuvieron en sus restoranes y hoteles. Quizás es porque, en el fondo, siente que ese apodo no seguirá vigente. Su hijo también lo cree así: “En Plaza Italia ya no hay rey”.

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