Manuel Vicuña: “Creíamos vivir en la época más liberal, pero estamos llenos de inhibiciones”

El historiador Manuel Vicuña. Foto: Luis Sevilla.

El historiador conversa sobre la paranoia, el engrupimiento y otros laberintos mentales que empujan la trama de "Una historia posible", su nuevo libro. “Hay mucho chamullo dando vueltas en nombre de lo que parece intenso o apasionante”, advierte a los apurados.


Conocido por cambiar de tema en cada libro (de la oligarquía al espiritismo, de la crónica roja a la Patagonia), esta vez Vicuña ha escrito un libro cuyo motivo central es el arte de cambiar de tema. Una historia posible (Hueders) es un compendio de ensayos breves que van de una cosa a la otra, entreverando ideas y personajes, como quien busca una manera de hurgar en sus obsesiones sin hacerlas demasiado propias, ni quedarse en ellas por mucho tiempo.

“Escribí sobre temas que tienen que ver con mi vida y que pueden parecer dramáticos: la paranoia, los celos, la experiencia de la muerte, la tentación del suicidio. Pero las formas breves te permiten agarrar y soltar, también darle un poco de humor, ponerle liviandad al asunto”, precisa Vicuña, actual director del Centro para las Humanidades de la UDP. Y agrega: “Pero también toco temas más mundanos, como la inhibición que producen en Chile los vetos sociales al momento de hablar de uno mismo. Siempre me ha llamado la atención lo costoso que es irse de lengua, aunque estés contando tu propia vida”.

En el primer ensayo, que de algún modo late en los demás, planteas que a todos nos toca lidiar con el “shock de lo finito”: una vida alcanza para muy poco y es forzoso saldar cuentas con lo que ya no fuimos.

Sí, porque el rango de experiencias posibles resulta ser mucho más limitado de lo que uno proyectó. Y con el shock de lo finito me refiero a que, en algún minuto, uno descubre que se encajonó en un paisaje y dejó de ver una topografía infinita. Creo que esa sensación de pérdida es inevitable cuando ya llevas un tiempo en la vida y no eres de esa gente que dice “no me arrepiento de nada lo que haya hecho”. Entonces empiezas a especular cómo habría sido tu vida si en ciertos momentos hubieras tomado otros caminos, o aprovechado oportunidades que perdiste. Y también buscas maneras de compensar esa pérdida. Escribir es una, porque puedes tener vidas sustitutas, que son las vidas de otros. En mi caso, las vidas de gente muerta, que yo de alguna manera como que absorbo.

Algo así como chuparles sangre fresca a los muertos en vez de a los jóvenes.

Claro, a los muertos con vida. Traerlos de vuelta y colgarse un poco de ellos. Pero de muertos que tuvieron vidas muy distintas a la mía, no ando buscando gente en la cual reflejarme. Hablo más bien de personas que tienen algo anómalo, algo fisurado, que se salieron de la fila.

Lo curioso es que escribes sobre mucha gente que vive en los bordes, desde guerrilleros a psicodélicos, pero le quitas el piso a todas las filosofías de vida que invitan a vivir en los bordes.

Es que hay una idealización total de los bordes, de los márgenes de la sociedad, como un espacio donde sobrevive la verdadera autenticidad de la vida. Tarde o temprano, todo se burocratiza. Vivir en el borde puede ser una ocupación muy rutinaria, de hecho. Y genera formas de beatitud equiparables a las del orden burgués, porque también se arman colectivos o tribus que imponen sus normas al individuo. La excentricidad se convierte pronto en otra forma de centralismo.

También tienes problemas con la frase “déjate llevar por la intensidad del momento”.

Sí, con la exaltación de la intensidad. Porque eso de vivir siempre a concho, o de estar siempre huyendo hacia adelante, en fuga, al final es puro engrupimiento. Y de ahí han salido cosas muy nefastas, libros espantosos.

¿Qué tipo de libros?

Libros de gente convencida de que se puede escribir sin reescribir. Eso no pasa, a nadie le sale bien a la primera. Puede haber casos excepcionales, pero que también están rodeados de mitos para exaltar esa idea de autenticidad. Como la novela En el camino, de Kerouac, que supuestamente la escribió sin parar, tomando bencedrina, a mil por hora. ¡Ese libro está editado por todos lados! En esa mitología de los beatniks hay también un elogio de la improvisación jazzística, eso de “primer pensamiento mejor pensamiento”, como decía Ginsberg. Pero después de ese primer momento, ellos trabajaban sus textos, sacaban, agregaban, pulían, discutían con el editor, eliminaban personajes… Lo mismo que hacen todos. Pero querían exaltar su genialidad y le hicieron creer a mucha gente que la intensidad del momento era la clave para llegar a producir algo auténtico.

Recomiendas mantenerse en guardia contra “el triunfalismo de la palabra”.

De la palabra que te seduce con odiseas del espíritu, sobre todo. Es que hay mucho chamullo, mucha cháchara dando vueltas en nombre de lo que parece intenso o apasionante. Ahora, yo también lo veo así porque me tocó ser un escéptico congénito. Pero de modo instintivo, no por razones filosóficas. Detecto impostura en casi todos lados, hasta donde no la hay, lo que es un exceso. Entonces me cuesta sumarme a la pasada de revoluciones colectivas en torno a algo. Tarde o temprano miro las cosas como de costado, desde la vereda, como un observador que se queda al aguaite. Y muchos de los discursos elaborados para asignarle valor a algo, partiendo por la literatura, al poco rato me parecen una forma de engrupimiento. Es que hay demasiada gente vendiendo una pomada para obtener algún beneficio a cambio: plata, poder, reconocimiento, autoestima.

Se te podría ubicar entonces en una línea estoica o epicúrea, pero eso también lo boicoteas: “No sirve de nada imbuirse en la ética despreocupada de Epicuro”.

Lo que pasa es que yo leí mucho a esos autores en los años 90, sobre todo a los estoicos. Y no por un interés erudito, sino porque andaba buscando por dónde salir de una situación de mucho abatimiento, con la melancolía a full. Entonces pensé que esas lecturas me podían ayudar a salir a flote, pero no logré nada de eso. El cuento me resonó intelectualmente, digamos, pero no prendió en términos espirituales. Lo mismo intenté alguna vez con el budismo zen, sólo para darme cuenta de que jamás iba a poder formar parte de eso. Era como otra galaxia y yo estaba totalmente atado de manos y pies a la tierra.

Más allá de tu experiencia fallida, ¿te parece que son remedios ya no se la pueden con el tipo de ansiedad o angustia contemporáneas?

Yo tengo mis dudas sobre el carácter tan contemporáneo que le damos a la angustia o la ansiedad. Si tú lees a Séneca o Marco Aurelio, hay desolación, la vida era mucho más brutal que ahora. Quizás el problema es que nosotros externalizamos el manejo del asunto: recurrimos a la medicación, más que a una tradición o una filosofía de vida. Porque si uno quiere lograr cierta paz interior, pero sin contarse cuentos, tiene que hacer un trabajo sobre sí mismo que hoy escasea. La vida tarde o temprano te pega un chancacazo y la serenidad no llega sola. Y estos autores tenían clarísima la película, no la estaban edulcorando. Pero intentan encontrar en sí mismos, no afuera de ellos, la fuente para sobrellevar eso. Y siguen siendo unos compadres por los cuales hay que pasar, sin ninguna duda. Son acompañantes, por decirlo así, en momentos de crisis personales o históricas, cuando se empieza a desmoronar un poco la situación y uno se enfrenta a cierta precariedad.

El historiador, Manuel Vicuña.

Dedicas interesantes páginas al fenómeno de la paranoia, entre cuyas víctimas te incluyes.

Lo que creo es que todos leemos el mundo de manera paranoica, sólo que algunos más que otros. Leer señales ocultas, pensar que hay algo detrás de escena a lo que tú le tienes que descorrer el velo, funciona para interpretar la vida cotidiana, la política, las relaciones con los amigos… El cahuín y la copucha muchas veces derivan en relatos paranoicos. Y la paranoia aísla, pero también reúne. Puede enviciarte y meterte en delirios de interpretación, cuando empiezas a ver consistencia donde sólo hay inconsistencia, como ocurre con los celos. Pero los relatos conspiranoicos también crean complicidad, logran comprometer a la gente.

Dices que el paranoico es “un metafísico en potencia”.

Es que ese impulso de leer entrelíneas, de sentir que algo se está escondiendo y yo lo tengo que descubrir, también es un atributo de la inteligencia. Pero ese mismo impulso nos hace ver confabulaciones en curso y cada quien ve las suyas. En mi caso tiene que ver con la hipocondría. No soy como Bertoni, que va a los hospitales creyendo que tiene ataques al corazón, pero sí vivo con esa sensación de que en tu propio cuerpo se está tramando algo.

Silenciosamente.

Por supuesto, a tus espaldas. También existe la paranoia religiosa. Los misioneros católicos que intentaban evangelizar en México, por ejemplo, se dieron cuenta de que el sincretismo religioso oculta siempre a las antiguas divinidades que entraron de contrabando en los ritos católicos. También descubrieron, al traducir la Biblia a lenguajes nativos como el náhuatl, que si uno trastabilla en una sola palabra, por esa palabra se puede colar un sentido demoniaco. O sea, pensar que en los textos que tú mismo has elaborado se puede esconder una presencia diabólica, es un gesto notable de lectura paranoica. La paranoia es una manera de leer, por eso está muy vinculada a escenas de lectura.

También es un consuelo para el fracaso, o un placebo para las frustraciones.

Totalmente, las dos cosas, porque todo lo que te ocurre y no se ajusta a tus expectativas puede ser atribuible a otros: alguien se interpuso en tu camino, alguien te hizo trampa. Por lo tanto, tú no te tienes que responsabilizar. Ni siquiera puedes.

Tampoco puedo responsabilizar a la vida o al destino, por lo que también protege del pensamiento trágico.

Exacto, no es que la vida sea frustrante en sí misma, son siempre los otros. Por eso genera resentimiento, también. Yo puedo estar tranquilo conmigo mismo, pero al costo de estar hirviendo de rabia contra esa gente que me arruinó la vida. Y que seguramente eligió arruinármela a mí porque yo soy un tipo fuera de serie, el que merecía lo mejor.

Uno de tus delirios de interpretación, según cuentas, ha sido el miedo al Alzheimer. Un temor que se ha masificado en los últimos años, al parecer.

Sí, todos estamos con esa aprensión dando vueltas, porque uno vive lleno de distracciones y se olvida de muchas cosas. Pero yo no puedo culpar a la época, porque fui desmemoriado siempre. Desde muy chico pensaba que tenía algo, porque me olvidaba de las cosas así pero al rato. Sabía que no podía tener Alzheimer a los 16 años, pero siempre ha sido como una presencia.

A un adolescente que se olvida de todo no le recomendaría convertirse en historiador.

Es paradójico un historiador con mala memoria, sí. O tal vez no. Tal vez me convertí en historiador precisamente para amoblar mi cabeza con los recuerdos ajenos que encuentro en los libros. Tener una buena biblioteca a la mano compensa todo: siempre puedes volver, recuperar lo perdido, basta con hojear y tomar notas a las que aferrarse después. Y también, quizá, uno puede consolarse creyendo en la criptomemoria, eso de que los recuerdos no se pierden, que siempre siguen vivos en estado de latencia, actuando por fuera de la conciencia sobre lo que hacemos. Aunque no me convence demasiado la idea.

Haces un breve rodeo por la aristocracia chilena –tema que ya has tratado antes– para mostrar que siempre le ha tenido pavor al escándalo y a la exhibición de la intimidad. Si es así, estos son tiempos imposibles para ser aristócrata.

No tanto, porque ese resquemor es muy de la clase alta chilena. Cuando eres aristócrata en serio, no le tienes tanto miedo al escándalo. O sea, un aristócrata inglés podía tener una vida desvergonzada sin problemas. Vivir siguiendo la norma es un gesto plebeyo, ser aristócrata es precisamente saltársela, porque te sientes tan seguro de tu lugar en el mundo que puedes autorizarte para actuar con desparpajo, haciéndoles ver a todos que estás por sobre la moral de los simples mortales. Pero en Chile nunca hubo esa cabeza aristocrática europea. Acá eran unos burgueses inhibidos, preocupadísimos del qué dirán, cautivos de la opinión de los demás.

¿Y por qué no lograron generar esa confianza del aristócrata en sí mismo? De privilegios no andaban cortos.

No, pero vivían prendados de modelos externos, creyendo que ser distinguido era vivir como. O sea, como las élites de París o de Londres, porque incluso le respingaban la nariz a Madrid. Entonces es un modelo de identidades sustitutas: yo quiero ser otro.

Y un aristócrata arribista no cuadra.

Claro, no funciona. Por eso siempre le tuvieron mucho miedo al resentimiento, porque el resentido te baja del pedestal. O si te deja arriba, es para tenerte como un blanco fácil. El resentimiento que empieza por la década de los 20, cuando ya les pueden pegar una topeadura en la calle y no mostrarles deferencia, los descoloca. Hay una anécdota que me encanta de Joaquín Edwards Bello, por los años 30. Cuenta que está en la casa de un prominente hombre liberal, fumando puros y tomando coñac, y de repente el sirviente le avisa a este señor que lo están esperando unas personas de su partido que son de provincia, si recuerdo bien. Y este señor se cambia de abrigo, sale a recibir a esta gente con una ropa más penca. Cuando vuelve, Edwards Bello le pregunta “qué te pasa, por qué hiciste eso”. Y él dice “no, es que uno tiene que parecer como poca cosa, porque si no genera resentimiento”. Edwards Bello le llama a esto apequenarse, hacerse el poquita cosa. Y que en parte tiene que ver con toda esa tradición de austeridad que fue tan común en los sectores altos en Chile. No ostentar.

Se supone que esa austeridad era un precepto católico.

Tiene algo de católico, sin duda, pero también es un mecanismo de resguardo. Igual al gesto de ir moviéndose por la ciudad hacia el oriente, tomando distancia.

En ambientes respetuosos de esa tradición se culpa un poco a los nuevos ricos de haber enrabiado a las masas con tanta ostentación.

Claro, como que quebraron un pacto tácito, que era no refregarle en la cara a los otros lo rico que soy y lo exquisita que es mi vida, al menos en términos materiales.

Manuel Vicuña.

¿Hay agenda política en tu trabajo de historiador?

No una agenda definida, al menos. Puede haber un interés político, pero de otro tipo. Cuando me puse a escribir sobre la élite del siglo XIX y comienzos del XX, lo que imperaba en ese momento era la historia social, que se refería a los peones, los labradores, los mineros, los gañanes. Escribir sobre las élites era mirado con suspicacia, como si uno fuera cómplice. Y a mí me parecía que desestimar esa historia era no sólo un desacierto intelectual, sino una torpeza política. Era dejar de lado la historia de la reproducción del poder: cómo se establecían las alianzas, cómo se perpetuaban las familias en posiciones de privilegio, cómo su historia estaba tramada con la historia de la ciudad, qué pasaba entre los hombres y las mujeres. Lo único malo de meterme en ese tema fue que quedé como el “experto en la aristocracia”, como esa gente que es experta en la realeza. Siempre tengo que hablar del tema y la verdad es que ya no me interesa mucho.

Durante la última década emergió una voluntad de “resignificar la historia” que encontró mucho eco en el estallido social y en el trabajo de la Convención. ¿Cómo te llevas con ese ánimo?

Si hablamos de la idea de que “los 30 años” son la fuente de todos los males y casi el polo opuesto del Chile que soñamos, a mí me parece una interpretación mañosa de los hechos, muy maniquea. Es la típica postura de superioridad moral del presente respecto del pasado. Aburre repetirlo, pero parece necesario: en 1990, el cambio de gobierno no acarreó una transferencia plena del poder. Pinochet siguió al frente de la situación y los llamados poderes fácticos –piensa nomás en los empresarios– maniobraron para bajarle intensidad a la democracia y custodiar el modelo económico. Sí creo que la Concertación dejó de lado reivindicaciones importantes de los años 80, políticas y sociales. Y tampoco les prestó atención a los costos de una sociedad de consumo estresada por la expansión del crédito. Pero hay mucho general después de la batalla.

Pero el ejercicio retrospectivo, más allá de los 30 años, relee la historia de Chile en su conjunto como un régimen de injusticias que hoy estaría siendo desafiado.

Sí, también hay de eso. Si uno piensa en las obras de historiadores no profesionales que han logrado armarse un público masivo, en el fondo plantean que el pueblo chileno siempre ha sido traicionado y abusado por unos dirigentes que sólo trabajaban para sí mismos. Pero yo diría que ese relato es otro ejemplo de lectura paranoica, en este caso de la historia: aquí siempre se estuvo tramando un complot en contra de las mayorías. Son visiones muy dicotómicas, que meten al mismo saco cosas muy diversas. En Chile también se hicieron cosas muy buenas y hubo gente súper notable que formaba parte de los sectores dirigentes.

Una crítica de moda a esta ola revisionista, en el debate más global, es que se pasó de largo: por desmitificar a los héroes, terminó mitificando a las víctimas.

Sí, total. Lo que pasó, en el fondo, es que se trasladó al pasado lo que está pasando en el presente: descrédito de las élites, crisis de representación, animadversión contra las instituciones y sus figuras de autoridad. Y al extender esa desconfianza al pasado, claro, cualquier héroe lo era por motivos equivocados. Creo que de ahí viene este juicio histórico permanente donde el presente es como el fiscal que denuncia al pasado. Es una actitud medio odiosa, porque no comprende que el mundo del pasado es la alteridad absoluta, es obvio que va a estar en falta si le exiges tus valores de hoy. Y eso de exaltar a las víctimas es parte de lo mismo, porque la víctima es como la gran figura del momento, el lugar más concurrido hoy en día. Incluso como recurso político, porque la víctima tiene autoridad, tiene derecho a escucha, es muy difícil ponerla en cuestión. Ahora, esto no pasó por nada: había víctimas de todo tipo de abusos que necesitaban sacar la voz y lograr atención. Pero ha tomado una deriva que transforma el victimismo en un vicio. Y también en una forma, a veces, de convertirse en victimario.

En tu calidad de académico, ¿te parece justo decir que las universidades son la vanguardia de la cultura de la cancelación?

Bueno, hay universidades y universidades, y no es igual en todos los países. Pero esto también tuvo un origen comprensible: grupos violentados por mucho tiempo, a veces por siglos, que encontraron en lo políticamente correcto una manera de hacer valer sus derechos. Después eso se volvió una manía y ahí empezó a tomar forma la cultura de la cancelación, que ya es pura inhibición de la crítica, clausura de los debates, desautorizar al que opina distinto en vez de discutir con él. Pero no es que haya una mayoría que te impida hablar con soltura: son minorías beligerantes que empiezan a forzar un consenso opresivo, elevando el costo de disentir para que la mayoría acate aunque no esté convencida.

¿Hasta qué punto podría decirse que es un fenómeno nuevo?

Cancelación ha existido siempre. En ninguna sociedad puedes decir lo que se te antoje sin poner en riesgo tu reputación o tu trabajo o tu bienestar. Quizás lo nuevo es que ahora funciona a través de internet y de las redes sociales, lo cual deja muy poco espacio para sustraerse de la vigilancia de esas minorías beligerantes. Entonces todo lo que digas, hasta la simple tontera de un momento, se comporta como una ola expansiva que compromete toda tu vida, estés donde estés.

Desde causas más afines a la corrección política se reclama un cierto lloriqueo en esa crítica, porque la libertad de expresión sigue siendo mayor que en casi todo tiempo pasado.

Ya, pero hay climas que favorecen esa expresión y otros que no. La funa coarta esa libertad y la funa existe. Por algo John Stuart Mill, en el siglo XIX, dijo que no sólo hay que tenerle miedo a la tiranía de los gobiernos, sino también a la “tiranía de las mayorías” que silencian el disenso a través de la presión social. Y nosotros creíamos vivir en la época más liberal, donde podemos hacer todo lo que nuestros padres o abuelos no podían hacer, pero la verdad es que estamos llenos de inhibiciones por todos lados. Digo esto en general, no sólo por el miedo a ser cancelados. No es tan intensa esa libertad que pensábamos tener.

¿Dirías que hoy, en las universidades chilenas, hay una presión sobre los académicos por parte de los estudiantes que los lleva a cuidar sus palabras más de lo razonable?

Existe esa sensación de estar pisando huevos, digamos. Pero también les pasa a los profesores de enseñanza media, porque el campo de la educación pone en juego la relación entre las generaciones y el problema de la autoridad. O sea, ¿qué significa hoy, para un profesor, ser una autoridad en un mundo que desconfía de las jerarquías por principio y reclama tratos horizontales? ¿Cómo expresar la verdad sobre el desempeño de los estudiantes cuando la cultura del victimismo está a la orden del día en toda la sociedad? ¿Cómo tratar todos los temas con perspectiva crítica sin que nadie se ofenda más de la cuenta y arme alborotos que cohíban la libertad de cátedra? Nadie sabe muy bien dónde están esas coordenadas ahora. Pero es evidente que los términos de la conversación pública cambiaron y uno también tiene que encontrar el modo, el tono.

Aunque a veces los profesores, cuando les incomoda salir en defensa de un colega funado por sus opiniones, se agarran de eso: “Es que se equivocó en el tono”.

Bueno, hay casos y casos. Pero sí debería estar claro que sentirse incómodo u ofendido no son motivos suficientes para taparle la boca a alguien. Entre otras razones, porque hay barbaridades que sí son inadmisibles, pero la facilidad para situarse en el lugar de la víctima lo termina equiparando todo: todo puede ser dramático, por lo tanto nada es tan dramático. Se está produciendo una especie de homogenización entre todas las causas, que impide jerarquizarlas. Y eso al final nos hace más insensibles, lo que podría ser un resultado paradójico de esta época de piel fina.

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