Pablo Ortúzar: “Una elección Boric-Kast sería como el repechaje entre los derrotados del 88”

En su último libro, un diálogo imaginario entre Jaime Guzmán y Carlos Peña le permite a Ortúzar explorar las secuelas de la dictadura que, según él, aún pesan sobre la política y la sociedad chilenas. Aquí perfila esas contradicciones no resueltas, visualiza el escenario electoral como un eterno retorno y explica por qué la idea de pecado original lo alejó del anarquismo.




“Una crítica de la razón pinochetista”. Así, nada menos, define Ortúzar lo que trató de hacer en el breve y curiosísimo libro que acaba de publicar: El precio de la noche. Diálogo imaginario sobre la tiranía (Tajamar Editores).

En efecto, se trata de un diálogo al estilo platónico (“aunque mis dotes literarias son ninguna maravilla”) que tiene lugar en el café del GAM. Allí, un sociólogo que investiga las claves intelectuales de la dictadura entrevista al “primer pinochetista”, personaje que viste, habla y piensa como Jaime Guzmán. Para más señas, bebe un agüita de menta. Más adelante se suma un tercero: “el rector”, espectro de Carlos Peña que escuchaba desde la mesa contigua y no resistió la tentación de intervenir.

“Después de 30 años de democracia, se ha perdido la conciencia sobre lo coherente que puede ser un régimen autoritario, las bases de sentido sobre las que puede operar”, prosigue Ortúzar, antropólogo de la U. de Chile e investigador del IES, hoy terminando un doctorado en Oxford. “Tanto es así que el pinochetismo es leído hoy desde la caricatura, pese a la potencia, sofisticación y masividad que adquirió ese discurso. Y en este libro, de origen bastante anterior al estallido, traté de condensar un montón de preguntas que tenía hace tiempo sobre los efectos de largo plazo que eso dejó en la derecha −aunque también en la izquierda−, lo cual se cruzó con muchos años de estudio e interés por la figura de Jaime Guzmán. Porque obviamente hay una tensión moral entre su catolicismo y la dictadura, tensión que luego se convierte en una carga para la derecha por el tiempo que viene”.

La tesis que propone el libro es que Guzmán pudo consentir la destrucción del otro porque, desde su catolicismo, identificó al comunista con el demonio. No le haces buena propaganda a tu religión.

Es que justamente intento mostrar que ahí hubo una confusión de planos. La tradición cristiana establece que los humanos hacemos el mal por error, porque no entendemos las consecuencias últimas de muchos de nuestros actos. Por eso es tan central la idea de pecado original, que nos define desde nuestra condición caída y no haciendo el mal por amor al mal. Los demonios, en cambio, entienden el juego completo y saben lo que va a pasar. Ellos sí eligieron, por orgullo, la perdición. Por eso es tan raro este elemento aberrante de Guzmán cuando se refiere a los comunistas como la descendencia del demonio. Desde el punto de vista teológico, está diciendo que no son personas sino ángeles. Yo creo que él estaba muy influido por Julio Philippi, con quien conversó harto sobre el demonio.

¿Qué planteaba Philippi?

Se supone que era un demonólogo experto, lo que es medio invento, pero leía sobre estos asuntos y en sus textos mezclaba el folclor semirrural del Chile antiguo con la idea de gente que hace el mal por amor al mal. Y me parece que Guzmán termina identificando esa idea con la figura del comunista. Es un error de consecuencias gravísimas, porque finalmente está asumiendo que la salvación se juega en la política, idea que toda la tradición condena porque implica que te crees capaz de borrar el pecado original. A San Agustín le tocó ejercer como juez del Imperio romano y persiguió gente, usó la fuerza contra herejes, metió las manos al barro. Pero nunca, jamás, creyó que a través de eso estaba extirpando el mal ni castigando al demonio en persona. De partida, porque uno mismo está marcado por el pecado, entonces ya es un instrumento defectuoso y penca para dar esa pelea. Pero además, porque esa pelea no se gana aquí, la redención siempre viene de arriba. Esa es la claridad que Guzmán pierde por su anticomunismo. En el libro de su hermana, del que se dice que es superficial, lleno de recuerdos ingenuos, hay muchas claves un poco escondidas. Y una de ellas es que su ideología política es el anticomunismo, más que cualquier otra cosa, y que lo mezcla con ribetes metafísicos que confunden el plano temporal y el espiritual.

¿Y crees que eso operó como una especie de teología inconsciente de la dictadura, o un respaldo espiritual de la Doctrina de Seguridad Nacional?

Yo no sé qué calado tuvo esto en el resto de la dictadura. Pinochet usa mucho las imágenes religiosas, pero siempre son la Virgen y Dios, no el demonio. Tampoco Jesús, porque de algún modo él mismo se pone en la figura de Jesús. Pero no tengo claro si la dictadura se entendió a sí misma combatiendo al demonio tanto como Guzmán. Sí te podría decir que en esa época hay otros escritos que juegan con ideas parecidas. Una figura importante ahí es Miguel Poradowski, un sacerdote polaco que vivió el comunismo en Polonia y obviamente tenía un trauma feroz.

Ortúzar acaba de publicar su libro "El precio de la noche. Diálogo imaginario sobre la tiranía" (Tajamar Editores).

En el campus Juan Gómez Millas, donde fuiste un activo anarquista de izquierda, se contaba que te fuiste a la derecha porque leer a Guzmán te iluminó.

No, no es verdad. Pero sí fue importante la idea de pecado original.

¿Para dejar de ser anarquista?

Sí. Porque la idea de revolución era un horizonte muy importante para mí, al que uno también llega por la educación cristiana desde niño, si estas cosas están muy relacionadas. Pero me fui desencantando al darme cuenta, primero, de mi propia precariedad moral. Segundo, yo estuve cuatro años estudiando a Marx y la historia de las revoluciones, todos los días. Y los niveles de barbarie que dejaban las grandes revoluciones te hablaban de que no hay ese salto ético el revolucionario espera: no existe, no viene. Ese era otro llamado a la humildad. Pero nunca tuve una experiencia de conversión. Más bien fui quedando a la deriva y me terminé moviendo hacia la derecha a través de otras lecturas.

Y más allá de lo intelectual, ¿no te costó sentirte parte de la derecha como grupo social? Porque en tus años de anarquista debiste detestar a ese grupo profundamente.

Claro, pero desde lejos, porque en Gómez Millas no conocí a nadie de derecha. Y como crecí en el sur, tampoco entendía muy bien lo que era la derecha santiaguina. Y terminé en la derecha, en buena medida, porque lo que sí odiábamos era el mundo de la Concertación, por tenerlo más cerca. O sea, nunca se me pasó por la cabeza pasarme para allá, que podría haber sido, porque al final mi posición no era tan incompatible. De hecho, el otro problema que siempre me acomplejó mucho eran sus éxitos económicos.

¿Por qué te acomplejaban?

Porque según nuestra formación, el triunfo del socialismo iba a mejorar mucho las condiciones materiales de las clases explotadas. Pero, de nuevo, estudiando las revoluciones veías que eso resultaba falso casi siempre, y que los teóricos marxistas incluso justificaban ese sufrimiento como una transición necesaria. En cambio, los avances de la Concertación en ese mismo sentido eran históricamente brutales, y nosotros no teníamos respuesta para eso. Podíamos decir que seguía habiendo problemas, lo que era muy cierto, pero había una cierta deshonestidad en desconocer que esos problemas surgieron de soluciones que aliviaron problemas mucho peores. Nuestro estatismo era bien irreflexivo, además. Nadie sabía cómo íbamos a cambiar las relaciones sociales. Y el resto era supremacismo moral: estos son malos, nosotros buenos. Lo cual se sostenía, en buena medida, en las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.

La discusión del año 2018 sobre el Museo de la Memoria, que reactivó los conflictos de la derecha al respecto, parece estar entre las motivaciones de este libro.

Sí. Todo el proceso del Museo de la Memoria a mí me influye harto, porque su finalidad nunca termina de quedar clara. Yo pensaba al principio que preservar esos hechos sólo como hechos no era problemático. Y todavía me parece muy valioso. O sea, la otra vez una constituyente que es bióloga me decía que ya no cree en el método científico, porque “la pluralidad de epistemologías” y qué sé yo. En ese contexto, decir “estos son hechos y no pueden ser refutados por ninguna epistemología alternativa”, me parece bien. Pero luego la pregunta era cómo obtenemos lecciones de estos hechos brutales. Y ahí siempre aparecía una traba: que la Concertación derivaba buena parte de su legitimidad política de la legitimidad sacrificial de las víctimas de la dictadura. Y no digo que los responsables del Museo lo hayan querido así, pero era un poco inevitable que cayera en esa órbita, lo cual impedía que las preguntas más complicadas pudieran tener lugar.

¿No crees que atestiguar esos hechos te lleva a preguntarte cómo se evita que ocurran?

Puede ser, pero creo que no es lo normal. Cuando uno ve cosas terribles, lo que en general se pregunta es “quién hizo esto”. Genera más bien emociones, “los odio, gente perversa, maldita”. Por eso, cuando se estrenó la película La caída, se criticó que los nazis parecían personas normales. Pero esa era la gracia, mostrar que estos tipos no eran demonios venidos de otro planeta y por lo tanto estas cosas pueden volver a pasar. Porque la mente se resiste brutalmente a eso. Hay una idea de progreso moral que te dice “no, esto ya lo superamos, seríamos incapaces de hacerlo”. Y creo que la mera experiencia de estos memoriales no te saca de ahí. El Museo de la Memoria no te hace pensar, por ejemplo, que las brutalidades ahí expuestas pueden venir de cualquier bando político. Pero decir eso parecía una relativización, porque explicar sería lo mismo que justificar. En parte por eso construí el libro como un diálogo. Es un género que te permite mostrar los límites de los argumentos, pero también exponerlos con toda honestidad, y con toda brutalidad, sin que el lector tenga que espantarse.

El pinochetismo es leído hoy desde la caricatura, pese a la potencia, sofisticación y masividad que adquirió ese discurso. Y en este libro, de origen bastante anterior al estallido, traté de condensar un montón de preguntas que tenía hace tiempo sobre los efectos de largo plazo que eso dejó en la derecha −aunque también en la izquierda−, lo cual se cruzó con muchos años de estudio e interés por la figura de Jaime Guzmán”.

Pablo Ortúzar.

¿Por qué lo titulaste “El precio de la noche”? ¿Cuál fue, al final, ese precio?

Cuando Portales dice “el orden se mantiene en Chile por el peso de la noche”, se refiere a que sólo existe el orden que dejó la monarquía. Y se me ocurrió jugar con esa frase porque la idea de restaurar ese peso de la noche siempre estuvo presente. La fronda aristocrática de Alberto Edwards promueve básicamente eso: Portales restauró ese orden con un contenido republicano y ahora hay que parchar de nuevo el mismo programa. Y con la idea de “precio” intento plantear dos preguntas. La primera, cuáles son los costos morales e intelectuales que paga una persona por involucrarse en una empresa como esa. Y la segunda es cuál fue el costo, para la sociedad completa, de que esa restauración se haya apoyado en un reformismo liberal durísimo, que usa los mercados formadores de precios –de ahí el doble juego con la palabra− como herramienta de coordinación de la mayoría de las esferas de la vida.

Siguiendo tu reflexión sobre la tiranía, creer que las libertades económicas atenuaron la opresión del régimen es no captar muy bien qué pasó ahí.

A mí me impactó mucho leer un diálogo de Jenofonte, historiador contemporáneo a Platón, en el que un poeta le da el siguiente consejo a un tirano: concentrar todo el poder público en su persona, pero a la vez permitir, para que la tiranía funcione y el pueblo no lo quiera matar, que las personas prosperen en sus vidas privadas, sin miedo a que él les quite sus ganancias. O sea, lo importante es construir una esfera privada donde la gente, si no se mete en problemas −si no hace política, en realidad−, pueda entretenerse y preocuparse de su familia. Es muy impresionante leer la receta de la dictadura chilena escrita hace 2400 años. Y comprobar cómo eso funciona y consigue, además, construir un sujeto que ya no concibe la dimensión pública de las cosas. Ahí uno se asusta. Y también se pregunta en qué medida este consumidor enfurecido del estallido social no es el producto de la tiranía que lo crió sin conceptos de lo público.

Caracterizar al sujeto del estallido como cliente y no como ciudadano, ¿podría ser también un atajo fácil para rebatir a la izquierda? ¿No hay en esas reivindicaciones una razón pública que concibe la sociedad en términos más colectivos?

En la retórica del estallido, sin duda. Aunque tampoco tanto. Cuando se concibe a los políticos como puros ladrones o mentirosos, o directamente se rechaza la representación política, diciendo “quién es otro para venir a hablar por mí”, ahí hay pura soberanía individual. Pero en las acciones es todavía peor. Un amigo filósofo decía el otro día que la “pedagogía lenta” de Atria al final es como el moonwalk de Michael Jackson, porque está yendo para atrás.

¿En qué se notaría eso?

Por ejemplo, la izquierda planteó razonablemente que la gratuidad universitaria se retribuyera a través de un impuesto especial a los profesionales, dado que son privilegiados. Esa idea se hacía cargo de otra discusión muy larga de Atria: que el derecho social no es individual, sino una concepción bajo la cual todos dependemos de todos. Pero eso fue arrasado –incluso en la propia izquierda− por el discurso “dame mi derecho sin letra chica, no me hueís con solidaridad de no sé qué”. Ese fue el primer tiro que salió por la culata. Y así hasta los retiros del 10%, donde también se impuso que cobrar impuestos a los privilegiados es letra chica porque “el Estado no me puede quitar esta plata que es mía, yo la ahorré”. Realmente no se entiende cómo la izquierda está avanzando hacia lo que −se supone− pretende construir. Ni ellos lo tienen claro. Y es muy dramático pensar esos discursos a la luz de algo que dice Leo Strauss cuando analiza el diálogo de Jenofonte: la justicia propia de los súbditos de un tirano es la de las relaciones contractuales privadas.

Carlos Peña, en tus diálogos, dice que la modernización capitalista es incompatible con la espiritualidad cristiana, cosa Guzmán intenta rebatir. ¿Quién crees que gana esa discusión?

Creo que Peña deja muy golpeado a Guzmán. Porque Guzmán, con tal de vencer al comunismo, buscó una alianza estratégica con sectores libertarios y estuvo dispuesto a llegar muy lejos en la legitimación cristiana del capitalismo. Pero esa alianza dejó muchas bajas. Una de ellas fue el principio de subsidiariedad, que quedó atado, hasta el día de hoy, al Estado mínimo. Si lees a libertarios actuales como Felipe Schwember, encuentras la vigencia de esa confusión. Entonces el personaje de Peña baja de la ilusión a Guzmán: “Oye, parece que no mediste los efectos de la mezcla que estabas haciendo. La individuación radical sí tiene consecuencias morales y hace muy difícil construir una comunidad de salvación cristiana”.

Pero más que en la individuación como tal, lo arrincona en el costo de haber hecho esa pedagogía social a través del miedo.

Sí, eso es, la individuación a través del miedo y de la violencia. Esto queda muy bien retratado en la serie Los 80: ese retraimiento de Juan Herrera, que durante mucho tiempo no cuenta la firme, hasta que dice “mira, al final cuando queda la embarrada a los ricos no les pasa nada y nosotros pagamos el pato”. Y si yo construyo un sujeto que teme ocupar el espacio público, y que desconfía profundamente de las personas que lo ocupan, el resultado es que evito el comunismo, pero también la posibilidad de comunidad. Y con esto no pretendo condenar al capitalismo, sino ponderar que así se modernizó Chile y hay que ver qué huellas quedan de eso. El propio Guzmán, cuando le decían “en Chile no hay democracia”, a fines de los 80, respondía que hay otras formas de democracia como el mercado, donde yo expreso mis preferencias a través del uso del dinero. Y que entonces la democracia política, cuando viniera, ya no iba a ser tan importante, porque la gente conoció una democracia donde tiene una libertad de elegir mucho más amplia.

¿En qué medida traer a colación a Guzmán es una forma de decirle a la izquierda “cuidado con parecerse”?

Como te decía, este libro surgió antes del estallido, así que no estaba pensando en la izquierda de la Convención. Pero creo que esa misma izquierda –parte de ella, siendo justos− se mete en ese saco cuando usa un argumento mimético para justificar los tintes cada vez más autoritarios con que se comporta: “Ustedes tampoco respetaron esto en el pasado, así que no vengan a darnos lecciones”. Es como el viejo de El señor de los anillos, cuando ya agarra el anillo dice “bueno, por qué no me lo quedo”. Y en el plano más teórico, en la argumentación de schmittianos de izquierda como Atria hay algo que se parece bastante al ánimo revolucionario de Guzmán. Creo que están ocupando las categorías de Carl Schmitt de una forma peligrosa y que no han discutido en serio esos riesgos. El tema no es si Schmitt era nazi, es que el horizonte de su teoría es construir un Estado sobre el asentimiento total de los súbditos y la destrucción de los cuerpos intermedios, entendidos como los gusanos que corrompen el cuerpo político.

¿En qué posiciones se refleja esa supuesta aversión de la izquierda a los cuerpos intermedios?

Aparece, por ejemplo, en los debates sobre la prioridad de los padres en la educación de sus hijos. O cuando se dice “el problema del Sename es que hay privados dando las prestaciones y eso corrompe todo”, pese a que muchos de los abusos más brutales se dieron en casas de acogida del propio Sename. Esa evidencia les da lo mismo, porque la idea es que lo privado y las organizaciones intermedias son perversas de por sí, sólo motivadas por el lucro o la exclusión. Y en el debate sobre libertad educacional, que al parecer ya es una mala palabra, muchos sectores de la izquierda consideran ilegítimo que ciertas comunidades de sentido −por ejemplo, de orientación religiosa− pretendan reproducirse a través de comunidades educacionales.

Han cuestionado los colegios selectivos o con espíritu de lucro, no tanto a los religiosos.

Yo diría que están las dos cosas mezcladas. El ánimo de que un consenso construido desde arriba defina lo que está bien o está mal, y que el Estado libere al estudiante de sus ataduras familiares o comunitarias, también existe. Pero como la nueva izquierda asume que ya superó la vocación homogeneizante que tuvo en otro tiempo, no se da cuenta de que en su discurso sobre la diversidad hay una disonancia brutal.

¿Cómo así?

Por ejemplo, si tú defiendes que el Estado pueda subvencionar colegios cristianos, te lo reducen al absurdo: “Cómo una comunidad que cree que la Tierra se creó hace 6 mil años va a poder hacer un colegio”. Pero si yo dijera que mañana voy a crear un colegio mapuche, que sólo hará clases en mapudungún y que va a exigir tener el primer o el segundo apellido mapuche, muchos de ellos dirían que es estupendo, que eso preserva la cultura ancestral y que el Estado tiene que financiarlo. Entonces, por un lado incentivan el pluralismo, el multiculturalismo y el multi cualquier cosa, pero en otros asuntos siguen anclados a la visión absolutista del Estado. ¡Y esas dos visiones no interactúan en ningún punto! Ahora, la derecha también mezcla las cosas. Muchas veces salió a defender la libertad educacional para defender la libertad de empresa, en el fondo.

Lo que nunca termina de quedar claro, cuando el IES critica que la derecha sólo cree en el mercado y la izquierda en el Estado, es qué significa para ustedes, en una sociedad plural, promover los cuerpos intermedios.

Lo que le da energía al IES es, justamente, tratar de resolver ese problema. Porque en verdad tampoco lo teníamos muy claro. Sí entendíamos que entre el libremercadismo de la derecha y el estatismo de la izquierda queda un resto, y ese resto queríamos teorizarlo y entenderlo mejor, pero ha tomado muchos años. De hecho, yo me fui a Inglaterra a estudiar los orígenes del principio de subsidiariedad, porque al profundizar en él quedaba sumamente perdido. Y claro, en realidad no es un principio neutro, porque se construyó desde una cierta identidad entre Iglesia y sociedad, en oposición al poder político y también al económico. Entonces, cuando los cristianos decimos “aquí hace falta subsidiariedad”, en realidad estamos diciendo que hace falta crear las condiciones para que la comunidad de salvación pueda desplegarse. En versión más secular, uno dice que las asociaciones generan valores positivos, vínculos entre vecinos, son más eficientes, etc. Y todo eso es cierto, pero en otro nivel, lo que uno está diciendo es que aquí no hay espacio para que germine y florezca la comunidad de salvación, desde el punto de vista cristiano. Y obviamente, compatibilizar las dos versiones en un contexto moderno es difícil. Ese es el enredo en el que uno está.

Por lo mismo, se podría sospechar que en realidad quieren que el Estado subsidie iniciativas de la sociedad civil según criterios culturalmente arbitrarios.

Sí, este es un diálogo problemático entre el pluralismo moderno y la tradición cristiana. Pero creo que tiene salida. Y al racionalismo tampoco le conviene ignorarlo. Por ejemplo, José Luis Villacañas, un filósofo de izquierda muy cercano a Íñigo Errejón, plantea que la división de poderes nació de la tradición judeocristiana y que sólo va a existir en sociedades que en alguna medida reconozcan esa herencia. Y uno dice “pero esto es muy raro”, porque obliga a una sociedad a afirmar esos principios –incluida la separación entre Iglesia y Estado− en una tradición que en apariencia los contradice. Es la misma incomodidad de la Unión Europea cuando, para afirmar su pluralismo, intenta definirse sin remitir al pasado cristiano de Europa, lo que al final es absurdo porque ese mismo pasado dio origen a las visiones pluralistas.

¿Pero por qué sería necesario reconocer la herencia judeocristiana para preservar la división de poderes?

Porque la idea de un poder político que no puede reclamar la totalidad del poder, puesto que hay una comunidad cuya legitimidad no depende de que él la reconozca, nace cuando los judíos le dicen al Imperio romano: “Ya, les aceptamos que nos dominen políticamente, pero nosotros no creemos en sus dioses así que vamos a seguir siendo una comunidad religiosa y en eso no se pueden meter”. Y ese principio se transfiere al mundo cristiano, Jesús y Pablo de Tarso están muy marcados por esa idea. Entonces, dice Villacañas, la división de poderes que después racionaliza la tradición republicana no puede olvidar del todo que proviene de ahí, porque de algún modo correría el riesgo de volver juntar lo político y lo sagrado en un mismo núcleo de poder. Hay un capítulo de South Park que ilustra esto muy bien, porque van al futuro y resulta que ya todos son ateos, pero están en guerra por cuál es el verdadero ateísmo y se están matando por eso. Por eso yo soy un convencido de que la relación entre razón y fe es problemática, pero mucho menos de lo que la gente más racionalista piensa. Finalmente, una vida reflexiva, basada en el autoexamen y la observación del mundo, es muy compatible con una vida espiritual que acepta y comprende los elementos de la revelación.

El repechaje

En el plano estrictamente terrenal, las tres encuestas publicadas esta semana dejan a Kast pasando a segunda vuelta. ¿Qué te parece?

Justo hace un rato pensaba que venimos hablando hace mucho de que el ciclo del Sí y el No ya se agotó, que ese “clivaje” –palabra que siempre odié− ya no divide aguas, etc. Pero parece que se empieza a armar un remake, porque en cierta medida una elección Boric-Kast sería como el repechaje entre los grupos derrotados del 88: la izquierda que quería ganarle a la dictadura con una lucha más frontal y la derecha pinochetista. Puesto a un nivel burdo, de caricatura, sería como el repechaje entre la Avanzada Nacional de Cruz-Coke y lo que eran el PC, el Frente y lo que quedaba del MIR. De hecho, los mensajes de los candidatos –de todos− tienen muy poco futuro, son de horizontes temporales enanos. Son campañas medio apagadas, ninguna tiene un tono de mucha esperanza. La entrada de Yasna Provoste a mí me generó un shock anímico muy negativo. Parecía una alternativa de transición razonable y con visión de Estado, pero entró como una luchadora de la WWF, a puras patadas y combos.

La campaña de Boric, con la simbología del árbol, ha instalado con cierto éxito un mensaje centrado en la consideración por el otro. ¿Ese tampoco sería un tono de esperanza?

Puede que en el caso de Boric me esté fijando más en el halo de irrealidad que hay en esa promesa, dada la situación económica y las posiciones de su coalición política. Pero su discurso, y el de muchos que lo rodean, sí me devuelve al 88 porque está muy basado en la tesis de que la dictadura en realidad nunca terminó, porque la Concertación sólo la administró y Piñera repite a Pinochet y ahora sí vamos a terminar con todo eso. Lo divertido es que la derecha más dura cree algo muy parecido: la Concertación no dejó la cagada porque las instituciones de la dictadura todavía los tenían cortitos, pero ahora van a destruir eso y sí la van a dejar, porque es lo único que la izquierda sabe hacer, entonces nosotros tenemos que preservar el legado del régimen. Ese sería el choque en ese partido de repechaje.

¿Podrías votar por Kast? ¿O si esa es la segunda vuelta tendrías que volver a la izquierda?

No, ahí prefiero irme directo a la entrada del Infierno, lugar que Dante destinaba a la gente que no toma posición en momentos de crisis. Justamente porque ambos defienden esa premisa. Al final, he terminado identificándome fuertemente con el proyecto de la Concertación: con su visión del Estado, de la historia de Chile, de la política social bien hecha. Es interesante, porque al mismo tiempo que la Concertación renunció a su herencia, parte de la derecha se vio obligada a abrazar ese legado para no quedar atada a Pinochet para siempre. Y me parece el único camino para una centroderecha con futuro. Fue lo que en su momento salvó al Partido Conservador inglés, cuando la Revolución francesa dividió a la “izquierda” de entonces, que era hegemónica hacía más de un siglo, y el Partido Conservador se reinventó a partir de los que se alejaron de la izquierda revolucionaria. De lo que estamos viviendo ahora puede salir una centroderecha muy razonable construida a partir de los concertacionistas que no se dejaron llevar por el octubrismo.

Haces decir a Guzmán que el Frente Amplio “son los hijos de las promesas de la Concertación, pero no de sus verdades”.

Sí, porque la Concertación dijo todo el tiempo que no podía hacer el socialismo por los amarres de la dictadura. “Oiga, compañero, usted sabe que hacemos lo que podemos, pero tenemos al frente a la derecha de Pinochet, entonces tiene que ayudarnos, si nosotros luchamos juntos contra la dictadura”. Así operaban, en buena medida. Pero en realidad terminaron aceptando mucho de ese orden capitalista por convicción, como lo plasmó Daniel Mansuy en su libro. Algunos, quizás, por conveniencia, pero economistas como Marshall o Marcel no cambiaron porque los invitaron a directorios. Fue porque la lucha contra la pobreza, que era lo que marcaba a esa generación, avanzó de una manera que ellos no tenían idea cómo igualar siguiendo otro camino. Pero esas verdades son inconfesables. Significan reconocer el fracaso total de la tradición económica socialista, por un lado, y peor aún, que parte de la obra de una dictadura militar asesina, que persiguió y mató a tu gente, podía ser algo bueno para el país. Las dos cosas son terribles.

He terminado identificándome fuertemente con el proyecto de la Concertación: con su visión del Estado, de la historia de Chile, de la política social bien hecha. Es interesante, porque al mismo tiempo que la Concertación renunció a su herencia, parte de la derecha se vio obligada a abrazar ese legado para no quedar atada a Pinochet para siempre. Y me parece el único camino para una centroderecha con futuro”.

Pablo Ortúzar.

Si gana Boric, ¿qué te imaginas para los cuatro años que vienen?

Eso le restaría presión, quizás, a la Convención. Uno de mis miedos es que la Convención, como le ha costado mucho alejarse de la contingencia, haga una Constitución distinta según quién sea el presidente. Y Jaime Bassa genera un temor razonable en esa dirección con sus declaraciones. Pero a Boric no van a querer sacarlo en la mitad de su mandato, así que podría haber más estabilidad. Lo preocupante de Boric es que mucha gente de su coalición lo apoya por ser una buena carta electoral, pero intelectual y políticamente no lo siguen, como queda de manifiesto a cada rato. Y un presidente solo es una cosa bien trágica, que en la izquierda remite a la soledad política de Allende. Sabemos que los comunistas, que trabajan para sí mismos, van a tratar de imponerse. Y al frente, si no modera a sus filas, va a tener una derecha cada vez más polarizada. Entonces, tiene dos caminos: o se aleja del PC para construir una alianza con los sectores de Paula Narváez, incorporando al aparato concertacionista para poder gobernar, lo que políticamente sería muy difícil, o se va a ver en la desprotección más profunda.

Participas mucho en los debates públicos y cada tanto armas buenas discusiones, pero también te han criticado harto por ser muy agresivo. ¿Se te carga la tinta más de lo conveniente?

A veces se me arranca la moto para ese lado, pero creo que no es lo más común. Generalmente me pasa cuando identifico mala fe. Ahora, atribuir mala fe es un negocio complicado, porque es muy fácil caer en eso y al final te quedas sin entender al resto y cortas líneas de comunicación. Lo sé por mi experiencia tratando de discutir con Fernando Atria, para quien toda persona que lo critica está actuando de mala fe o es tonta. Por eso ya ningún par discute con él, sólo sus seguidores. Pero es verdad que en el último tiempo he usado mucho en las columnas el registro de jeremiada, la condena moral frontal. Quizás como reacción a esta nueva lógica de no llamar las cosas por su nombre −cuando no conviene− y luego jugar al ofendido si alguien lo hace. Yo prefiero mil veces a Artés, que te dice la firme aunque pierda votos, que a Matías Walker o Pamela Jiles, a quienes no puedo desafiar en el plano de la razón porque no es un plano que les interese, su tema es la apariencia. Y en ese marco, lo que ya me parece tremendo es cómo los legisladores están jugando con la inflación. Como no puedo creer que ignoren el poder destructivo de la inflación, ni la manera en que tortura a los más pobres, tampoco puedo creer que estén jugando con ella de buena fe. Por eso me parecen unos monstruos morales y no me queda más recurso que denunciarlos como tales.

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