11 de septiembre: bibliotecas rotas

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Luis nació el 27 de octubre de 1973, pocas semanas después del golpe de Estado que derrocó al gobierno de Salvador Allende., a quien se ve en esta foto saliendo del palacio presidencial de La Moneda, en pleno golpe. Derechos de autor de la imagenLUIS ORLANDO LAGOS VÁZQUEZ/KEYSTONE/GETTY IMAGES

Las bibliotecas nunca son lugares estáticos y pensar en esa fractura implica imaginar un incendio o una forma de la ausencia, acaso otro avatar de La Moneda bombardeada. Pienso en mi propia experiencia, mientras crecía leyendo la biblioteca familiar donde, por ejemplo, la línea natural que unía a las novelas del boom, Onetti o Cortázar, con los libros de Quimantú había sido interrumpida o arrancada de cuajo.



Siempre he pensado que entre las múltiples imágenes que aspiran a resumir el golpe de estado de 1973 está la de una biblioteca rota. Para quienes trabajamos con libros ese corte se nos antoja ineludible y atroz. Las bibliotecas nunca son lugares estáticos y pensar en esa fractura implica imaginar un incendio o una forma de la ausencia, acaso otro avatar de La Moneda bombardeada. Pienso en mi propia experiencia, mientras crecía leyendo la biblioteca familiar donde, por ejemplo, la línea natural que unía a las novelas del boom, Onetti o Cortázar, con los libros de Quimantú había sido interrumpida o arrancada de cuajo.

De este modo aprendí (o aprendimos, no creo que me haya pasado a mí solamente) a leer entre sospechas y ausencias, uniendo fragmentos que carecían de sentido por sí mismos, tratando unir puzzles inesperados. Solo quedaba la huella de lo que había sido roto, las pistas de una literatura hecha con lo que no estaba ahí. Nos pasó a todos, supongo. Crecimos tratando de encontrarle sentido a lo que había sido destruido mientras buscábamos señales de reconocimiento ahí donde no las había. Quizás por eso me interesa el modo en que Juan Luis Martínez convierte a su propia biblioteca (viñamarina y mutante) en una historia de la cultura, hecha de préstamos, robos e interpretaciones delirantes o cómo Enrique Lihn leía con claridad aquellos años. Estaban en él la rabia, la duda, la sorna, el desaliento, el hálito de muerte en el lenguaje.  "¿Quiénes disparan? Desde un Peugeot 504 / ¿Cómo lo hacen? Dialoguen lo que quieran /¿Cuánto les pagan? Mano dura/ ¿Por qué razón? Tejado de vidrio / ¿Y si se equivocaran? Están en todas partes / ¿Sólo a niños? Es un regalo del servicio / ¿Balas locas? Medidas de seguridad/ ¿Hasta cuándo crestas? Una sola palabra/ ¿Y si llevaran la cuenta? Cumpliremos con lo prometido/ ¿Los cadáveres? De una sola línea / ¿Qué hacen? Bum, bum. Te llamabas", anotó en uno de sus poemas de los 80.

De este modo, podíamos leer el 11 de septiembre como un poema que se devoraba a sí mismo, un alfabeto sometido a la tormenta de una violencia que lo desencajaba y que apenas resistía el peso de sus propias palabras. Los que tenemos entre 40 y 5o años estuvimos sometidos a aquella radiación, que nunca pudimos quitarnos de encima del todo por más en la década del 90 -que Pinochet siguió definiendo desde la línea de la sombra- otro Chile emergía. Ese país  aspiraba a que olvidáramos la violencia del ambiente y la cultura que inundó nuestra infancia gracias a un mundo nuevo y ultramoderno, hecho de una justicia en la medida de lo posible, y construido con autofelicitaciones de todo tipo; todo gracias a un nacionalismo que mezclaba las teleseries de Vicente Sabatini, los cánticos de estadio y que estaba presidido por los rostros de Frei Ruiz Tagle y Kike Morandé, que eran dos caras de la misma moneda.

Anoto esto porque, de modo inverosímil, ahora mismo el viejo dictador es presentado como una suerte de héroe por la misma derecha que venera a Kast y Bolsonaro. Pero Pinochet -de perla en la corbata y lentes negros- solo puede ser un espectro atrapado en el horror de esa biblioteca interrumpida: un monstruo que nos devuelve a lo que se perdió, a lo que no tuvimos, a una literatura que nunca existió pero sobre la que avanzamos y leemos a tientas, como un recuerdo inventado. No es raro. Algunos de los que podían haber explicado las complejidades de ese horror con propiedad y contundencia (pienso en Manuel Rojas, Pablo de Rokha o Joaquín Edwards Bello) murieron antes o en el borde exacto del 73. Otros (Parra, Eltit, Millán, Zurita, el mismo Lihn, entre muchos) aprendieron a usar los escombros para atravesar y comprender la catástrofe.

Pero no hay nostalgia acá. La biblioteca de la que hablo está hecha de puro presente. Hay momentos en los que pienso que quizás mi generación escribe los libros que aspiran a completarla cuando se sumerge en los laberintos del yo o ficciona distopías imposibles. Ahí, reinventar la imaginación puede ser lo mismo que trazar el mapa de la propia intimidad. Pero se trata de un espejo sucio, de puro dolor fantasma. La efeméride del 11 de septiembre reafirma esa extrañeza y nostalgia por lo que nunca pasó o lo que fue cortado de raíz, por aquello que muchas veces tuvimos que inventarnos para poder leerlo mientras usábamos los materiales volátiles que teníamos a mano: nuestros reflejos y nuestras pesadillas.

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