Izquierda y Derecha unidas han sido vencidas

Congreso

Así las cosas, mientras la comunicación política y electoral no se aboque en serio a explorar nuevas identidades políticas más incluyentes y complejas en sus subjetividades, no encontrará más camino que seguir apuntando a la polarización entre ese escaso 36% que aun siente algún grado de afección con las etiquetas políticas de la revolución francesa.


El origen de las identidades políticas pivotando en un espectro oscilante entre izquierda y derecha tiene más de dos siglos.

Se remonta a los días posteriores a la toma de la Bastilla, en plena revolución francesa, a finales del siglo 18. Tras ese evento, a Luis XVI no le queda más opción que convocar a los tres estados de la sociedad francesa a una asamblea constituyente para que, por medio de una nueva constitución, se genere un nuevo pacto social y se restaure el orden social. Concurrieron representantes del Clero, la Nobleza y la Burguesía. De manera espontánea, los dos primeros estamentos defensores de la monarquía se ubicaron en el ala derecha de la sede de la asamblea. Los representantes de la burguesía y el pueblo, republicanos anti monárquicos, se sentaron a la izquierda. Quienes tenían posturas intermedias entre un régimen monárquico y uno republicano se ubicaron al centro de la sala.

Desde ese momento se asentaron los conceptos de izquierda, centro y derecha y en los siglos siguientes se fueron poblando de sentidos asociados a su origen: una izquierda más proclive al igualitarismo, más estatista y promotora de un Estado laico, en contraposición con una derecha promotora de la diferencia, libremercadista y más conservadora en asuntos morales.

Por más de dos siglos este clivaje ha servido para segmentar electores y alimentar la comunicación política. Sin embargo, hoy no sirve para interpelar a las nuevas identidades políticas surgidas a partir del fin de la guerra fría y, en el caso chileno, tras el término de la dictadura.

Concretamente: seguir apuntando a despertar el voto a partir de las tipologías izquierda-centro-derecha, es menos eficiente que matar gallinas a cañonazos. Así de claro: frente a la pregunta del CEP "En esta tarjeta representamos las distintas posiciones políticas: Izquierda, Centro izquierda, Centro, Centro derecha o Derecha. Por favor, indíqueme, ¿con cuál usted se identifica o simpatiza más?", 64% de los ciudadanos respondió que ninguna.

Esta maciza respuesta es tan elocuente en lo cuantitativo como lo es en lo cualitativo la declaración de la arquera de la selección femenina de futbol Christiane Endler, quien, en una reciente entrevista, contó que se define como de centro derecha pero que en lo esencial aboga por el aborto libre, la adopción homoparental y la legalización del cultivo de marihuana, aunque está contra del lenguaje inclusivo por considerarlo "una estupidez".

Así las cosas, mientras la comunicación política y electoral no se aboque en serio a explorar nuevas identidades políticas más incluyentes y complejas en sus subjetividades, no encontrará más camino que seguir apuntando a la polarización entre ese escaso 36% que aun siente algún grado de afección con las etiquetas políticas de la revolución francesa.

En Criteria realizamos un ejercicio analítico a partir de encuestas propias para explorar nuevas identidades políticas. Entrecruzamos un grupo de preguntas para construir dos ejes identitarios; las tensiones entre actitudes conservadoras y liberales por una parte y, por otra, las preferencias en torno al rol del Estado versus el mercado en el bienestar ciudadano.

No es objeto de esta columna detallar los resultados completos del análisis, pero, entre otras conclusiones, destaco dos. Primero, las nuevas segmentaciones logran incluir, a diferencia del clivaje clásico, a un amplio número de encuestados resultando claramente más eficientes; segundo, Joaquín Lavín está tan bien y transversalmente posicionado precisamente por entender como ningún otro político que las nuevas identidades transcurren por carriles que ya poco tienen que ver con los contornos de las tradicionales izquierda, centro y derecha.

El origen mismo de esas identidades nos remite a una lección que la comunicación política y electoral aún puede aprender: las opciones de poder que no lean a tiempo el cambio cultural y sus contenidos arriesgan morir guillotinadas.

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