Jorge Navarrete: “Una declaración como la del ministro de Salud no puede sino devenir en la presentación de su renuncia"

Foto: Reinaldo Ubilla

El abogado y columnista cree que los dichos de Jaime Mañalich relativos a que desconocía los niveles de hacinamiento en sectores de la Región Metropolitana, deben desembocar en su salida del gabinete. “Es tan elocuente y demoledor el desconocimiento que el propio Mañalich reconoce de la situación social y económica de muchas de las familias que viven en la RM, que no veo otra alternativa”, dice.




En pausa. Así define su estado actual el abogado y columnista, Jorge “Pirincho” Navarrete. A fines de febrero, y después de casi 14 años, dejó de escribir columnas para este diario para -dice- leer más y “especialmente para tratar de entender mejor lo que nos está ocurriendo”.

Sin embargo, se integró a un proyecto “más alternativo” como él mismo lo define: el programa político transmitido por YouTube llamado “Comando Jungle” donde, una vez por semana, discute junto a Camilo Feres, Mirko Macari y Gonzalo Müller sobre la actualidad política de forma relajada y distendida.

En esta entrevista, Navarrete hace una pausa de la pausa, aborda -por escrito- la crisis sanitaria actual y entrega su análisis sobre cómo está quedando parada la política en estos días. Cree que el ministro de Salud debe renunciar por sus últimos dichos, señala que la oposición ha caído en pequeñeces y mezquindades y reitera varias veces un concepto: el miedo.

¿Cómo has visto a la política -tanto gobierno, oficialismo y oposición- durante esta pandemia?

Sería algo pretencioso hacer un juicio muy generalizado, más todavía cuando entiendo que la política es un ámbito y dominio que no sólo está reservado para los políticos profesionales. Entonces, y a modo también de autocrítica, mi mayor preocupación y desvelo es que ninguno de los actores hemos estado a la altura de las circunstancias. No lo estuvimos con motivo del “estallido social” -para entender sus causas, complejidad y así mejor intentar conducirlo- como tampoco para esta pandemia. Lo que ha primado es la mirada corta, la ventaja pequeña, la respuesta fácil, cuando no a ratos el gustito y la frivolidad. Lo que ha faltado es carácter o “talante”, como dirían los españoles.

Hay quienes critican que mientras en las casas de las y los chilenos se vive en plena incertidumbre, los políticos estén debatiendo el límite a la reelección. ¿Qué nos dice sobre la sintonía de nuestra clase política con lo que está ocurriendo?

Por una parte, el último numerito en el Senado sólo viene a confirmar una tendencia que observamos hace mucho tiempo en nuestros dirigentes, y que no sólo revela un profundo deterioro, descrédito y desconexión del proceso político; sino también refleja la imagen de una suerte de club, más preocupado de sus privilegios y prebendas, y menos de representar a las personas que muy mal lo están pasando por estos días y de servir a Chile. Pero, por la otra, y en un momento donde la política más parece un concurso de popularidad, se intenta resolver lo anterior con discursos y acciones que sólo agravan más la confianza y credibilidad hacia las posibilidades de la política y sus instituciones, confundiendo voluntad con voluntarismo, persistencia con porfía y popularidad con populismo.

En ese sentido, ¿cómo ves el llamado a un acuerdo por parte del Gobierno? ¿Responde a esta urgencia o no?

El miedo es uno de los movilizadores más importantes en el proceso social y político. Fue el miedo lo que hizo arrasar a la derecha en la última elección presidencial; fue el miedo lo que paralizó a la elite durante el estallido social, y también fue el miedo lo que desencadenó el Acuerdo por la Paz que fijó un nuevo itinerario Constitucional. Ahora no es muy diferente. Es el miedo a lo que viene, lo que motivó este repentino cambio de tono en el gobierno y también será el miedo lo que convoque y discipline al resto de los actores políticos de la oposición.

Ante ello, ¿qué actitud debiera tener la oposición y qué ves hasta ahora?

Es más complejo todavía, ya que incluso resolviendo las mezquindades y pequeñeces que se observan en la oposición, y suponiendo que pudieran sentarse todos a la mesa, me parece que eso es una condición necesaria pero no suficiente para el éxito de un acuerdo nacional. Por eso creo que se equivoca Carlos Peña, o acierta sólo en parte, en su última columna. Es de tal magnitud y gravedad el proceso de deterioro y desconfianza hacia nuestra arquitectura institucional, que por si misma no está en condiciones de proponer y convocar con éxito a los ciudadanos para transitar un determinado camino. Por lo mismo, el método es el mensaje, es decir, la forma y manera en que abordemos esta discusión primero, y la implementemos después, resulta central para el éxito de la misma. Los viejos códigos parecen chocar con un nuevo paisaje y manera de entender el proceso político, donde nos ha costado mucho aquilatar la centralidad de conceptos como horizontalidad, fragmentación, transparencia, participación o deliberación colectiva.

A pesar de las pequeñeces y mezquindades que le atribuyes a la oposición, ¿qué solución plausible ves para que en las próximas elecciones coseche triunfos?

No está fácil. Por de pronto, debe buscar un equilibrio entre la legítima crítica y la necesidad de colaborar en un momento especialmente difícil. Hoy la oposición es un bloque político absolutamente irrelevante, cuya unidad formal sólo se justifica por motivos electorales. De hecho, y salvo en las elecciones de concejales, para el caso de los alcaldes, y más todavía los gobernadores, el ir juntos es un imperativo de sobrevivencia. Con todo, la verdadera solvencia y proyección de una coalición política depende de la capacidad de ordenarse detrás de un diagnóstico común y de un proyecto de reforma consecuente con el mismo, el que pueda seducir a los ciudadanos configurando una mayoría social y política. Por lo que aún encontrado un liderazgo que pudiera temporalmente congregar los apoyos desde la DC al FA para la próxima elección presidencial -Izkia Siches, por ejemplo- eso será, a falta de lo fundamental, y al igual que Guillier en su momento, pan para hoy y hambre para mañana.

“El Presidente ha sido fiel a su máxima de querer capitalizar las ganancias y socializar las pérdidas”

Esta semana parece haber habido una inflexión en el tono del gobierno respecto del manejo de la pandemia, sobre todo cuando llevamos dos semanas de cuarentena total en la Metropolitana y números que sólo ascienden. ¿Llega a tiempo o ya es tardío ese cambio de tono?

Llega tarde y, peor todavía, parece más motivado por la resignación que por la convicción. Sin ir más lejos, y pese a las dramáticas circunstancias por las cuales transitamos, no ha existido un reconocimiento explícito por los múltiples errores que se han cometido. Aquí, y para variar, se generaron expectativas que fueron defraudadas más temprano que tarde; se ninguneó y ridiculizaron muchas de las legítimas críticas que se le hicieron al gobierno; éste intentó prematuramente cosechar un inexistente éxito; y, como si fuera poco, después de señales tan contradictorias como la “nueva normalidad”, pedir que se abriera el comercio u ordenar que los funcionarios públicos volvieran al trabajo, se intenta traspasar la mayor responsabilidad a la conducta de los ciudadanos. Por supuesto que nuestro capital cívico ha dejado a ratos mucho que desear, pero el Presidente ha sido fiel a su máxima de querer capitalizar las ganancias y socializar las pérdidas.

¿Cómo interpretas las declaraciones de Mañalich, cuando dijo que se le derrumbó el castillo de naipes de lo que creía al principio?

Tanto la declaración de Sebastián Piñera, que ahora afirma que no estábamos preparados, después de haberse vanagloriado de todo lo contrario; como Jaime Mañalich, cuya seguridad inicial y tono despectivo se derrumbaron también como un castillo de naipes, son la flagrante evidencia de la derrota total. Y no sólo del gobierno sino, mucho peor, de todos los que están y estarán pagando las consecuencias. Ya no sólo es la perplejidad, sino también el miedo, los que se han apoderado del gobierno y quizás probablemente de todos nosotros. De hecho, yo tengo miedo de pensar que deberemos empezar de nuevo, miedo a no saber qué hacer, miedo a no tener en quien confiar, y especialmente miedo a las consecuencias de no haber hecho a tiempo todo lo que pudimos y debimos.

Ayer Mañalich dijo en un matinal que “en un sector de Santiago hay un nivel de pobreza y hacinamiento, perdón que lo diga así, del cual yo no tenía conciencia de la magnitud que tenía. Esa es la verdad". A tu juicio, ¿qué denotan estas aseveraciones?

Desde el punto de vista personal y humano, le creo; es decir, lo asumo como una sincera confesión a partir de lo que le ha tocado ver, entender y aprender durante estos meses. Desde la perspectiva profesional y política, una declaración como esa no puede sino devenir en la presentación de su renuncia. Dicho de otra manera, si el funcionario público a quien se le encomendó el diseño y operación de la estrategia para enfrentar esta crisis -y cuyas decisiones impactan en la vida, bienestar y seguridad de millones de ciudadanos- no tenía conciencia de la condición social de las personas afectadas por el plan que él mismo coordina, creo que no tiene otra alternativa que dar un paso al costado.

¿Qué tan conveniente es cambiar al ministro de Salud en plena pandemia?

Efectivamente, y a estas alturas, cualquier cambio contribuye a una mayor incertidumbre, más todavía si se trata de aquella persona a la que se le encomendó el diseño y la ejecución del plan para enfrentar esta pandemia. Con todo, es tan elocuente y demoledor el desconocimiento que el propio Mañalich reconoce de la situación social y económica de muchas de las familias que viven en la RM -cuestión que es decisiva y central para adoptar las decisiones- que no veo otra alternativa. Por tanto, la pregunta es otra: ¿con qué autoridad y legitimidad el Ministro de Salud puede seguir al mando, esperando que los ciudadanos confíen en lo que dice y acaten lo que ordene?

¿En qué pie nos va a encontrar el proceso constituyente?

Es difícil y temerario hacer predicciones, más todavía cuando nos hemos equivocado tanto y seguramente lo seguiremos haciendo en el futuro. Con todo, y reconociendo que los sucesivos procesos electorales generan incertidumbre -10 elecciones en menos de dos años- y más todavía cuando se trata de una Constitución, me manifiesto esperanzado respecto de este tránsito que se nos viene, por básicamente tres razones. Primero, porque siempre es bueno reemplazar las piedras por los lápices en las manos de los ciudadanos. Hemos asistido a escenarios de mucha violencia e intolerancia, por lo que confío que el convocarnos a decisiones colectivas pueda contribuir a aquilatar los ánimos. Segundo, porque también creo que a ratos hemos confundido la opinión pública con la opinión “publicada”; que evidentemente no son lo mismo. En toda democracia siempre los intereses intensamente perseguidos por una minoría tienen más atención y visibilidad que el interés común, el que, por definición, es más difuso y silencioso. Por lo mismo, creo importante que nos volvamos a contar y que en la encuesta más fiable y sólida que conocemos en una democracia -a saber, las elecciones- podamos mejor conocer qué opina la gran mayoría de los ciudadanos y proceder en consecuencia. Y tercero, con motivo del proceso constituyente, porque creo que, en la historia de todo país, no hay una decisión más importante que la de colectivamente definir qué derechos y bienes, y en qué calidad y cantidad, estamos dispuestos a garantizarle a todos los miembros de la comunidad política.

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