Un cadáver perdido y 5 años de libertad vigilada: el final del caso del médico que mató y enterró a su hermano en el desierto

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Doce años después de concertarse con su madre para deshacerse de un hermano impedido de valerse por sí mismo, y al que ella cuidó durante casi 50 años –crimen que callaron durante una década- Juan Marambio Smith hoy fue condenado en un juicio abreviado como autor de homicidio calificado. La mujer, formalizada por parricidio, espera un informe del Servicio Médico Legal para saber si podrá o no enfrentar proceso. La víctima jamás fue encontrada.




"Los mineros dicen que el desierto se mueve".

Esa es una de las escasas explicaciones de por qué casi doce años después –la fecha exacta se cumple el domingo 2 de febrero- el cadáver de Luis Roberto Marambio Smith sigue sin aparecer. Supuestamente está enterrado a un metro y veinte centímetros de profundidad en medio del desierto, en una zona conocida como "La Negra" cerca de Antofagasta. Es lo que relató su hermano, el médico cirujano Juan Andrés Marambio Smith: que esa mañana de 2008 le pegó un tiro en la cabeza con el revólver calibre 22 Smith & Wesson de su madre, Evelyn Smith Hunter; que ambos cerraron la boca de común acuerdo y le echaron cal al crimen durante diez años, hasta que ella se autodenunció el 2018 y ambos confesaron.

Dos años más tarde, y en una audiencia que ha tardado cincuenta y cinco minutos, el imputado, aka el "doctor Marambio" -como le llaman los fans que acumuló durante este tiempo en una cuenta de Facebook donde posteaba videos acerca de lo que estaba pasando y donde recibía mensajes de apoyo de pacientes y ex pacientes suyos "durante el momento difícil que está pasando"- fue condenado. El abogadés, esa lengua que hablan tal cual como se escribe en el Centro de Justicia o Mall del Crimen, dice que la pena fue de presidio menor en grado máximo.

Marambio nunca pisará una celda ni engrosará ninguna población penal. La sentencia consiste en cinco años de libertad vigilada: deberá reunirse con un delegado de Gendarmería cada cierto tiempo, y punto. Eso fue lo que convinieron los fiscales Francisco Lanas y Caterina Pontarelli con los sus abogados defensores para llegar al procedimiento abreviado que expiró hoy en la sala B 902 del complejo de Avenida Pedro Montt, entre las 10:37 y las 11:32 horas.

También se consiguieron tres atenuantes: la "irreprochable conducta anterior", que Marambio aceptara el abreviado, que implica aceptar los hechos de que se le acusaron a cambio de dicha pena, y una rebaja de grados. Además de que pesó la media prescripción por el tiempo transcurrido, el tribunal precisó que se abona –se descuenta- de la pena el período que viene cumpliendo bajo arresto domiciliario, desde el 14 de agosto del año pasado.

Esa fue la única novedad. El resto de la audiencia fue un trámite en que cada parte hizo su papel. Solo se interrumpió diez minutos porque la magistrado dispuso un receso, dijo "por la salud de esta magistrado, porque tengo mucho frío". Habrá sido el aire acondicionado u otra razón: la jueza leyó todo el papeleo a ratos con balbuceos, a ratos con sucesivas pausas. Marambio escuchó todo con su abogado Juan Pablo Hermosilla a su derecha, y de espaldas al típico cartel de "Derechos del Detenido". Estuvo mudo, mirando a veces fijamente a los fiscales relatar los hechos que ya sabe de memoria, bajando a veces la vista cuando llegaban a la parte de la película en que ultimaba a su hermano, reclinándose otras hacia atrás.

En la sala no estaba su madre, Evelyn Smith Hunter, una mujer de casi 90 años que está formalizada por parricidio y que –en una de esas- podría no enfrentar un juicio si es que, si es que, el Servicio Médico Legal dictamina que es inimputable penalmente. La historia que cuentan las declaraciones de ambos, y de Jorge, el otro hermano del médico condenado, es que la señora Smith se gastó casi todos los 49 años y fracción que vivió Luis Roberto, o "Robertito", como le llamaban, cuidándolo a tiempo completo porque a los pocos meses había quedado impedido de valerse solo luego de una meningitis derivada de un accidente.

Él podía caminar pero no hablar. Su madre contó alguna vez que podía escuchar música y hasta distinguir olores de la comida, pero hasta ahí no más. Ella tenía que mudarlo varias veces al día, bañarlo y sacarlo a pasear. Hubo capítulos de su vida en que lo dejó al cuidado del Pequeño Cottolengo, pero siempre volvía a su brazos. Después de que enviudó nunca se volvió a casar.

Smith y su hijo médico fueron íntimos y cómplices por años. No era lo mismo con su hijo Jorge. Hacia el 2008 el doctor se fue a vivir con ella, y ahí fue cuando ambos convinieron que ni la vida de ella daba para más en esas condiciones, y que algo debían hacer con Robertito. Los hechos que ambos narraron, y que se repasaron hoy en la audiencia, son similares. Solo se diferencian en quién comenzó con la idea.

Cuando se autodenunció en mayo del 2008, cansada ya de que su hijo Jorge le preguntara que había sido de su hermano enfermo, y luego que la esposa de éste –que le manejaba la cuenta corriente a la mujer- se fijara en que no había gastos de mantención de Roberto, Smith dijo que:

"Hasta que un día, me dijo 'mamá yo he pensado mucho en esto y creo que podemos tener una solución. Fíjate que yo conozco un lugar donde Roberto podría descansar y tú llevar una vida normal'. Hubo varias conversaciones en que él me insistía en eso. Yo me sentía querida y apoyada por él. Su insistencia entonces me logró convencer de que podíamos llevar a Roberto a ese lugar para desaparecerlo. Esto no se lo íbamos a decir a nadie. Juan ideó todas las cosas cómo hacerlo. Juan temía que me arrepintiera, y estaba muy mal, muy delgada y muy nerviosa y me insistió y presionó hasta que me convenció, pienso que pasó poco tiempo entre que lo hablamos la primera vez y nos fuimos a Antofagasta".

Al mes siguiente, cuando declaró, añadió que

"Juan, ya viviendo en el departamento comenzó a decirme que le molestaba que tuviese tanta preocupación por Roberto y sus cuidados básicos. Juan en una oportunidad me dijo que conocía un lugar donde Roberto podría estar bien, lo cual mencionó en reiteradas oportunidades, sin embargo nunca mencionó algo relacionado con la muerte de Roberto ni nada por el estilo".

Juan Andrés Marambio declaró otra cosa el 6 de agosto del año pasado: una suerte de historia rocambolesca en la que salió hasta Hugo Chávez al baile.

"El día 8 de enero de 2008, recibí un llamado de Ana Elisa Osorio, una autoridad dentro del gobierno Venezolano, quien me dice que el presidente de Venezuela, el señor Chávez, pedía que estuviera antes de un mes en Venezuela a objeto de ayudar en un nuevo programa de gobierno".

"Esto se lo comenté a mi madre el día 9 en que tuvimos una conversación en el living de la casa. Le conté esta buena noticia y su importancia, mi madre en un primer término se puso feliz, y se fue arreglar para salir a almorzar y celebrar. Después de un rato ella vuelve, pero su actitud había cambiado y me preguntó cuánto tiempo duraba el proyecto, en alusión a que yo nuevamente iba a salir del país. Traté de disminuir el impacto y le señale que iba estar volviendo a Chile constantemente pero no podía precisárselo".

"Y ahí ella se vino a sentar a mi lado y me dice 'tenemos que resolver la situación de Roberto'. Le dije a mi madre que entendía y que me dejara pensar que hacía. Estaba implícito en ese momento que ambos queríamos o coincidíamos que había que poner término a la vida de Roberto. En un momento ella me dice 'contrato a alguien', mi respuesta fue 'no mamá, yo me encargo' ".

A fines de enero el médico arrendó una camioneta y se reunió con su madre y su hermano cerca del Jumbo de Bilbao. Sentaron a Roberto o Robertito en el asiento trasero, él condujo y ella se fue de copiloto. Llevaba varios cedés de música para que no tuvieran que conversar tanto. Hicieron noche en Copiapó. Se abasteció de herramientas y luego siguieron a Antofagasta. Conocía bien la zona porque había trabajado en la minería.

"Llegamos a Copiapó alrededor de las 7 de la mañana, pasé por el centro de dicha ciudad y escogí unas cabañas casi a la salida hacia el norte de la ciudad. Estábamos cansados así que ella se quedó descansando, mientras que yo salí a comprar cosas para comer y otras que iba a necesitar. Fui a una ferretería y un supermercado, ya que necesitaba un chuzo, un cincel, un combo, un escobillón, una pala, sacos de escombro, guantes, cinta para proteger mis manos, ya que me imaginaba que esto iba a ser duro. Esto fue el día 1 de febrero de 2008 en Copiapó".

A la mañana siguiente llegaron a un sector desértico, una suerte de pequeño valle fuera de la vista de la carretera. Estacionó la camioneta de espaldas al sitio. Dejó a su madre a bordo con el motor encendido y la música puesta. Cavó una tumba durante casi tres horas. Volvió a buscar a su hermano, al que había sedado previamente con "alguna benzodiacepina y/o clorfenamina. Le di una dosis normal para que se durmiera. La idea de que se durmiera era para que no sintiera nada".

En la audiencia de hoy recordaron que el condenado tuvo delicadezas con su hermano que él ya había relatado. Que luego de colocarlo en posición fetal y semitaparlo con arena para que no se moviera, le disparó

"…a la cabeza de mi hermano, justo en la unión de los parietales con la occipital, fue un disparo hacia la base del cerebro…"

Y que luego, como dijo el fiscal Lanas "no lo sepultó con piedras, sino que chancó y apisonó el terreno para que no cayeran trozos de piedras sobre su hermano y que fuera más suave su sepultación".

Nada de lo que se relató esta mañana fue sorpresivo para los iniciados y expertos en el caso. Ya se ha contado antes, ahí están las declaraciones judiciales y otros detalles que por meses fueron pasto de matinales de televisión. Tal vez, tal vez, detalles como que después de la confesión de la parricida madre de la víctima y del homicida, al condenado le interceptaron el teléfono, pero no escucharon ni hallaron nada que lo comprometiera. Para qué, si ya tenían la confesión de ambos.

Pero lo que no se ha podido aclarar, y tal vez nunca se aclare, es dónde está el cuerpo de Roberto. Aunque Marambio y su madre confesaron y colaboraron, no lo han hallado. Entre el 2 y el 7 de septiembre del año pasado, la Brigada de Homicidios de Santiago, junto a la de Antofagasta, buscaron hasta con perros siguiendo las indicaciones del condenado, experto en el sitio. Cavaron varias veces en el duero suelo, acordonaron y demarcaron. Nada.

"Lo cierto es que no se pudo dar con el cuerpo. Se hace casi imposible ubicarlo sin referencia de GPS", dijo en la sala el fiscal Lanas.

¿Cómo es posible que haya desaparecido, enterrado apenas a un metro veinte de profundidad, si su hermano, el mismo que lo mató, sabe dónde lo dejó? Esa es la parte de la película en que Juan Pablo Hermosilla responde que "los mineros dicen que el desierto se mueve".

Marambio Smith ha seguido todo este tiempo de arresto domiciliario trabajando en su casa. Tiene una consulta allí. Hoy apenas respondió con frases cortas las preguntas formales del tribunal. Un "ehh, sí, magistrada" por aquí, un "sí, estoy consciente" por allá. Al salir de la sala, se paró ante las cámaras. Sacó su celular y se puso a leer un mail titulado "Palabras":

"Yo… quisiera aprovechar esta oportunidad para agradecer, en especial a todos mis pacientes, a sus familiares, quienes por muchos días y masivamente han tenido múltiples manifestaciones de apoyo. Y quienes, por el hecho de conocerme como médico, y luego como persona, han intuido o entendido cuál mi intención. Esta ha sido la disquisición más terrible de mi vida, y es algo que nadie querría vivir. Ni el largo proceso de enfermedad y cuidado prolongado hasta casi los cincuenta años por parte de mi madre, ni este final trágico, absolutamente indeseado… eso. Nunca mi intención fue hacer el mal, sino todo lo contrario. Estoy muy arrepentido… de esta evolución que tuvieron las cosas. Mi madre quedó viuda muy joven y tuve que asumir el reemplazo de mi padre, a los 13 años. Fui el compañero, el consejero, el médico no solo de mi madre, sino que también… gracias por entender esta circunstancia".

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