¿Vivimos una nueva era de intolerancia? Responden intelectuales chilenos

El poeta y editor Cristian Warnken.

A través de una carta abierta en la revista Harper's, publicada el martes, 150 artistas y escritores abogaron en favor de la disidencia y la tolerancia. La misiva acusa que se ha instalado un ambiente censor entre el pensamiento progresista. Cinco autores locales analizan el problema: el escritor Cristian Warnken, la académica Adriana Valdés, el Premio Nacional de Humanidades Agustín Squella, el filósofo Hugo Herrera y el artista y académico Pablo Chiuminatto.




El ex presidente de Estados Unidos, Barack Obama, lo advertía en octubre del año pasado. En una intervención en Chicago, Obama se refería la ola de indignación que florece en los campus universitarios y estalla en redes sociales: “A veces existe la sensación de que para que yo pueda crear cambio tengo que ser lo más moralista posible con otras personas y que con eso bastará”, dijo. “Si yo tuiteo o creo un hashtag sobre por qué tú no has hecho algo de la forma correcta o por qué has usado el verbo equivocado, entonces me puedo recostar y sentirme muy bien conmigo mismo… Eso no es activismo. Eso no es traer el cambio. Si todo lo que haces es tirar piedras, probablemente no vas a llegar muy lejos”.

En las últimas semanas, la indignación y la intolerancia parecen haberse instalado en el debate público en Estados Unidos y Europa. El asesinato de George Floyd a manos de un policía desató una ola de protestas callejeras y una vigorosa demanda para acabar con el racismo, así como con las desigualdades de clase y género.

Las reivindicaciones de mayor justicia, igualdad e inclusión social se han extendido a todos los ámbitos y han dado lugar a posiciones radicales. Las repercusiones abarcan desde el retiro de la película Lo que el viento se llevó de la plataforma HBO por su contenido racista, para volver con un mensaje que advertía sobre ello, hasta la salida del editor de Opinión de The New York Times, James Bennet (hermano del senador demócrata Michael Bennet y ex director de The Atlantic) tras publicar una columna del congresista republicano Tom Cotton que llamaba a los militares a contener las protestas. Entre tanto, fueron derribados monumentos de los generales confederados, una estatua de Colón fue retirada en Los Angeles, a Churchill le enrostraron su pasado racista y hasta una escultura de Cervantes -que nunca pisó América- fue vandalizada.

En ese contexto un grupo de 150 artistas y escritores firmaron una carta abierta contra la intolerancia y a favor de la disidencia, publicada por revista Harper’s. “El libre intercambio de información e ideas, la savia de una sociedad liberal, está volviéndose cada día más limitado. Si bien era esperable de la derecha radical, la actitud censora está expandiéndose también en nuestra cultura: : una intolerancia hacia las perspectivas opuestas, la moda de la humillación pública y el ostracismo”, dice la carta firmada, entre otros, por Margaret Atwood, Martin Amis, Salman Rushdie, JK Rowling, Francis Fukuyama y Noam Chomsky.

La publicación fue motivo de una nueva controversia en redes sociales. Mientras dos autoras se retractaron de firmar la carta, la activista trans Jennifer Finney Boylan y la historiadora afroamericana Kerri Greenidge, en nuestra lengua, el escritor Javier Cercas la apoyó y aseguró que se ha venido a instalar “un puritanismo de izquierda”.

¿Vivimos una nueva era de intolerancia? ¿La corrección política se volvió problemática? ¿Qué consecuencias puede tener este ambiente para la convivencia? Responden Adriana Valdés, directora de la Academia Chilena de la Lengua; Agustín Squella, Premio Nacional de Humanidades; Cristian Warnken, poeta y editor, el filósofo Hugo Herrera y el artista y académico Pablo Schiuminatto.

Cristian Warnken: “Estamos ante una nueva intolerancia, ignorante y simplista”

El poeta, editor y columnista advierte que “la historia de la humanidad es la historia de la intolerancia”. Conductor de Radio Pauta y académico, Warnken ha sido objeto de las furias de Twitter por sus opiniones. “La intolerancia puede tomar distintas formas: desde el fanatismo religioso hasta el totalitarismo político del siglo XX. Pero esas son las más evidentes y brutales, porque la intolerancia suele encontrar distintas máscaras para disfrazarse. Y hoy algunos de esos ropajes son los de ciertos activismos ‘progresistas', aunque un progresismo intolerante e inquisitorial ya deja de ser progresismo, en el sentido genuino del término ¡Qué paradoja! Ya no sólo estamos amenazados hoy por la intolerancia reaccionaria, sino también por otra progresista...”

¿La corrección política se volvió problemática?

Hay movimientos cuyas causas pueden ser muy nobles y loables ( como la defensa del medio ambiente y los derechos de la mujer etc) pero si esos movimientos generan un corpus de “verdades” incuestionables, rápidamente se convierten en ideologías : ahí aparecen los “ismos”, y detrás de ellos los inquisidores. Que se quiera censurar ciertos autores (como Neruda, que ya está en “listas negras”), con una mirada moralista sobre el pasado, ya es un signo de que estamos ante una nueva intolerancia, un poco ignorante y simplista, como todas las intolerancias.

¿De qué modo este clima afecta o podría afectar la libertad y la convivencia?

Cuando los intelectuales empiezan a autocensurarse y en las universidades aparecen nuevas formas de censura e intimidación (”funas " y otras..), esa es una señal de alarma y peligro que no debemos desoír. Por algo Karl Popper afirmó que “para mantener una sociedad tolerante, la sociedad tiene que ser intolerante con la intolerancia”

Adriana Valdés: “La intolerancia proviene de un pecado original de profunda desigualdad”

La ensayista y académica es la primera directora de la Academia Chilena de la Lengua. Adriana Valdés aclara que habla a título personal: “Me pareció alentadora la declaración de los intelectuales de Estados Unidos en favor de un clima más propicio para una mejor relación ciudadana, de debate ciudadano, en todos los planos”, dice.

Agrega: “Sin respeto por las personas, sus maneras de vivir y sus creencias, la vida cultural se ve afectada y empobrecida. Y no solo la vida cultural. Es necesario el respeto, la curiosidad y el interés por lo diferente, la disposición de escuchar, para hacer un camino común a una mejor ciudadanía, la disposición a cuidar el desarrollo de las capacidades y los afectos de todos”.

“Ojalá vayamos siendo capaces de crear una nueva ética de participación ciudadana y de cuidado mutuo, más inclusiva y acogedora para todos; porque el clima de intolerancia proviene también de un pecado original de profunda desigualdad, de la que la sociedad chilena ha tenido una conciencia muy limitada”, concluye.

Adriana Valdés, directora de la Academia Chilena de la Lengua.

Agustín Squella: “Los desacuerdos vivifican a una sociedad”

El abogado y Premio Nacional de Humanidades observa que “las virtudes –y la tolerancia es una de ellas- nunca las han tenido todas consigo, porque son cimas que es necesario alcanzar trabajosamente. Ahora sufrimos la amenaza que denuncia esta carta, amenaza que proviene tanto de conservadores, lo cual no es raro, aunque sí lo es que se sumen a ella individuos que se dicen progresistas y que desconfían de las libertades de pensamiento y de expresión, salvo cuando las ejercen ellos, por supuesto. La antiguas guerras de religión terminaron gracias a que se impuso la tolerancia religiosa, esa tolerancia pasiva, algo desacreditada pero muy valiosa, que consiste en decidirse a coexistir en paz, aunque manteniendo la distancia, con quienes piensan de manera distinta, renunciando al uso de la fuerza, por lado y lado, para imponer las propias convicciones o modos de vida”.

¿La corrección política se volvió problemática?

Mala manera de llamar a lo que es solo miedo, silencio, apocamiento, complicidad, acomodo o insinceridad. Hasta hoy en Chile hay quienes hablan de “pronunciamiento” y no de “golpe de Estado”, de “régimen militar” y no de “dictadura”. Ahora, pero desde cierta izquierda muy confundida, se nos quiere impedir la lectura de La cabaña del Tío Tom o revisitar esa sobrevalorada película que fue Lo que el viento se llevó. Si vamos a ofendernos y a imponer censura y castigos cada vez que alguien dice algo que no queremos oír, acabaremos hablando solo de los nietos y, con suerte, de fútbol.

¿De qué modo este clima afecta o podría afectar la libertad y la convivencia?

La intolerancia, que está haciendo metástasis, afecta no solo a los cineastas, escritores, periodistas, profesores e intelectuales. Lo que intenta es cortarnos las alas a todos. Una sociedad abierta se caracteriza por la pluralidad, o sea, la diversidad de puntos de vista; por el pluralismo, que consiste en dar valor a esa diversidad en vez de verla como un mal o una amenaza; y por la tolerancia, ahora activa, que consiste en no interrumpir y menos censurar el diálogo constante que es preciso mantener a partir de esa diversidad. Los desacuerdos vivifican a una sociedad, mientras que la uniformidad, así sea solo de lenguaje, lo que hace es sepultarla.

Hugo Herrera: “Ya no hay grupo de interés que no se indigne o no vocifere”

Doctor en Filosofía, Hugo Herrera piensa que atravesamos una situación ambigua y compleja. “Constatamos una expansión de formatos de opinión, que se añaden a los medios de prensa más tradicionales. Las posibilidades de emitir opiniones se incrementan radicalmente. Sin embargo, la expansión del acceso a opinar favorece la operación en el modo de hordas. En las redes sociales aparecen como manadas que tienden a emitir sus opiniones o a descalificar una determinada opinión, sin una mediación crítica respecto de las propias opiniones”.

Agrega que en muchas partes predomina “la crítica sin autocrítica”.

“Kant planteaba que el uso público de la razón requería ser hecho con conocimiento y con consciencia de los alcances y límites de las propias opiniones. La crítica, para ser constructiva, ha de estar mediada por la autocrítica. Los formatos breves y estrechos, en cambio, a través de los cuales tienden a transcurrir muchas discusiones, y la posibilidad de que simplemente todos -estén dispuestos a un ejercicio responsable de la opinión o no- participen, vuelve el espacio público, en partes importantes de él, una jungla”, profundiza.

“En este sentido es preocupante el debilitamiento de los medios de prensa tradicionales, que, con todas sus limitaciones, ponen ciertas exigencias a quienes publican. Van con firma. Todo ese formalismo exige un esfuerzo por revisar el mérito de las opiniones y mantienen un cierto decoro y respeto en la discusión, los cuales permiten, a su vez, que el foco quede puesto más en el peso de las opiniones y su justificación que en otros factores aledaños”.

¿La corrección política se volvió problemática?

Se ha intensificado un problema que siempre ha estado presente. No hay sociedad en la que no haya temas prohibidos o intangibles. Lo relevante, sin embargo, es cuán amplios o cerrados son los límites de esa corrección política. Luego de experimentar una ampliación inusitada de los límites, desde el absolutismo que censuraba hasta hoy, sentimos que esos límites se vuelven a cerrar y ya no hay grupo de interés que no se indigne o no vocifere o no reclame por el modo en el que se lo trata. A veces hay que reclamar, indignarse o vociferar, pero es menester también reflexionar, pensar, estudiar, someter a examen las propias posiciones. Hubo un tiempo en el cual había un credo -eclesial o estatal- que definía los límites. Hoy hay una multiplicidad de cofradías y sectas, que tienden a operar con un arrojo, con una falta de autocrítica, con una fe indudable -¡sin humor respecto de sí mismas!-, que se asemejan al prototipo más cerril de clásica mentalidad dogmática. Intentan volver universal su particular concepción del mundo, sin molestarse en revisarse o en convencer con argumentos a quienes piensan distinto.

¿De qué modo este clima afecta la libertad y la convivencia?

En la medida en que se asume sin autocrítica un conjunto de creencias como evidentes, emerge la tendencia a la discriminación: a un lado estamos los buenos, los otros son o ignorantes o malos. Al volverse dominante este dispositivo, él afecta efectivamente la libertad y la convivencia. Es tan difícil a veces la tarea de vivir, son tantas las maneras en las que se puede experimentar sentido en la vida propia y de los más cercanos, son tantas las preguntas. La existencia humana es eminentemente un misterio. Emergemos desde un fondo de misterio. La muerte nos deja remitidos a un misterio. Reparar en esos aspectos de la existencia es el primer paso de una actitud que puede ser religiosa, pero que es también abierta al otro, a otras mentalidades y modos de sentir y pensar. No es en el apresuramiento, en el tráfago de las redes donde podemos mirar al cielo inmenso callando y sobrecogernos y pensar en lo que significa existir y en lo frágiles que aparecen ante ese hecho palmario y apabullante, las opiniones, la mentalidad sectaria, las seguridades de mi cofradía. El ánimo de cofradía y la exagerada seguridad lucen ser, al final, esfuerzos por evadirnos del misterio de la existencia y procurarnos un ámbito de aparente seguridad.

Pablo Chiuminatto: “Me inquieta el fanatismo en la revisión retrospectiva”

Para el artista y académico vivimos un período de procesos revisionistas que generan confrontaciones. “Sin duda las corrientes globales de revisionismo cultural tensionan el ámbito público, así como tienen un efecto potente en la esfera privada de la creación y el pensamiento. Estamos viviendo los efectos cotidianos de tendencias –especialmente impulsadas por las redes sociales– de linchamiento o apoteosis. Con una intensidad desproporcionada vemos que se busca corregir lo que parecieran, desde la actualidad, injusticias históricas. El surgimiento de estos juicios debe impulsar una reflexión profunda por lo que la propia cultura, en otros momentos, ha validado y valorado, más que encumbrarse como ejemplares correctivos. Creer que porque se elimina un monumento cambias el punto de vista sobre los hechos o que con ese gesto enjuicias a personajes oscuros del pasado me parece, primero, iconoclasta e irracional y, segundo, linda en el animismo psicomágico. Por otra parte, me parece preciso diferenciar cuando se trata de individuos o grupos, de cuando esa política la ejerce un Estado o un gobierno, eso es distinto.

¿La corrección política se volvió un problema?

La corrección política ha sido siempre un problema, es una cuestión histórica, a veces se pagaba con la cárcel, la condena, la hoguera, el requisamiento de obras, el borrado de imágenes o la censura directa. Esto es y fue una cuestión propia de la relación entre la cultura y el poder. No solo es una cuestión actual y propia del contexto occidental, sino mundial. Dicha tensión nos debe hacer pensar en las condiciones de la cultura y en esa misma medida en la noción de libertad a la que se adscribe, más que por una cuestión de estatutos y leyes, por las convenciones propias de la comunidad a la que se pertenece y que inevitablemente debemos compartir y respetar. Ahora, que la noción de respeto haya perdido valor me parece también objeto de reflexión.

¿De qué modo este clima afecta la libertad y la convivencia?

Lo más preocupante, además de cómo esta situación afecta a artistas e intelectuales, me inquieta el fanatismo en la revisión retrospectiva, no solo de la historia sino de las obras que fueron parte de las manifestaciones propias de otro tiempo. La idea de que de ciertas escenas, palabras o imágenes sean ofensivas hoy, al punto de precisar su cancelación, cincuenta, cien o mil años después, es aberrante. Me impresiona que algunas personas o grupos se sientan con el derecho de revisar ese pasado cultural, más aún cuando a veces esto coincide con que quien ejerce este revisionismo se escandaliza si sus propias obras e ideas son siquiera rozadas por ese mismo ejercicio, llamémoslo, crítico. Es fundamental estar pensando constantemente cómo se desplazan los límites en las manifestaciones culturales y no preocuparse tanto por corregir lo que hoy nos parece insoportable del pasado.

El artista y académico Pablo Chiuminatto.

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