Efectos secundarios de las cuarentenas: el miedo de salir de casa

Ilustración: Gabriel Ebensperger.

Tras un año y medio de pandemia del Covid-19, la alta tasa de vacunación ha provocado un descenso en los contagios y fallecidos, lo que ha derivado en un relajamiento de las medidas por parte del Minsal. Pero solo ahora se están evidenciando los efectos colaterales de los largos confinamientos, con personas que se acostumbraron a la seguridad de sus casa y temen salir y retomar sus rutinas previas al coronavirus. Algo que los expertos llaman "Síndrome de la Cabaña".




Eduardo, de 36 años, es diseñador gráfico. El año pasado, en la primera etapa de la pandemia, fue despedido de su trabajo. Se fue de la capital, se refugió en casa de su madre y prácticamente no salió más. Su ciudad, muy turística, ha pasado de una cuarentena a otra, y él, cuya vida social nunca fue tanta, se acomodó. “Pero con el tiempo me di cuenta de que estaba demasiado cómodo -dice-, que no era normal. No soy la persona más sociable del mundo, pero esto iba más allá: comencé a rehuir del almacén de la esquina, del trámite en el banco, de la visita a mi abuela, que vive a unas cuadras… No sólo tenía miedo a contagiarme, sino que relacionarme con otras personas me costaba mucho”.

Hace poco consultó a una amiga psicóloga y ella le dijo que el suyo es un cuadro ansioso con rasgos fóbicos, exacerbado por el encierro casi absoluto que hizo. Es decir, sentirse tan protegido en su casa le generó miedo a la calle y al prójimo. Lo que padece Eduardo es lo que comúnmente se denomina ‘síndrome de la cabaña’, una situación que afecta a personas que han estado desconectadas por largo tiempo de la actividad social, de la vida fuera de sus cuatro paredes, de rutinas como tomar el transporte público o ir a la oficina, y que ha aumentado en todo el mundo debido a la pandemia.

La directora de la Clínica Psicológica del Campus República de la Universidad Andrés Bello (UNAB), María Carolina Carrera, señala que este fenómeno se dio con mucha fuerza el año pasado, luego de que del confinamiento más largo se pasara al desconfinamiento gradual. “El temor a salir de la casa por miedo al contagio, la seguridad que en muchos casos daba el hogar, lo conocido y lo que era posible de controlar” fueron recurrentes, plantea.

Liliana Romero, de 54 años, no considera que el miedo la paralice, pero aun hoy, con bajos índices de contagios en el país y un regreso anunciado a la “nueva normalidad”, confiesa que tendrá que pasar mucho tiempo para que ella se quite la mascarilla y vuelva a salir de su casa con tranquilidad. Desde que se desató la pandemia no ha vuelto a tomar transporte público. En caso de urgencia, sólo taxis y con mucha protección. Tampoco ha vuelto a reunirse con su grupo de amigas del colegio, sólo con un par de ellas en el último tiempo. “He visto que en Europa los estadios están llenos, pero por más que me digan que están todos con PCR negativos, para mí no es seguro”, admite.

Dejar la seguridad del hogar y salir al espacio público puede desencadenar síntomas físicos como taquicardia, hiperventilación o sudoración excesiva. Todos, signos típicos de una crisis de pánico. El psiquiatra Rodrigo Correa, director del Instituto de Psicofarmacología Aplicada (IPSA) y médico de Clínica Santa María, explica: “El síndrome de la cabaña es un neologismo que describe las conductas de aquellas personas que presentan enormes dificultades para desenvolverse en sus rutinas cotidianas por una elevada percepción de riesgo, prefiriendo permanecer en sus casas”. Suele ser más frecuente en personas con patologías previas en salud mental, con trastornos ansiosos de base, como, por ejemplo, las fobias, pero también en personas con mayor tendencia a la depresión y en quienes presentan patologías en la personalidad.

Gracias del instinto de supervivencia nos acostumbramos el año pasado a vivir en cuarentena. Ante una situación de riesgo potencial para una persona o un ser querido, experimentar temor o ansiedad es normal y forma parte de la respuesta adaptativa que nos permite sobrevivir. “Seguramente usted y yo estamos conversando hoy porque en las diversas pandemias que ha enfrentado la humanidad hubo grupos de individuos con una adecuada percepción del riesgo y se alejaron de este”, indica el doctor Correa.

En Occidente, agrega, hay un problema muy grande con verbalizar que se siente temor o preocupación por alguna situación, pues habitualmente esto se interpreta como debilidad, subvalorándose la prudencia o el legítimo sentimiento de temor. “Si yo le dijera a alguien: ‘Mire, hay un agente infeccioso viral, de transmisión aérea, del cual no sabemos casi nada, para el que no hay medicamentos efectivos ni vacuna conocida y que puede terminar con su vida’, tal como ocurrió durante la mayor parte del año 2020… Bueno, si en esa situación esa persona no se preocupa o no siente temor, entonces sí tiene un problema y sus posibilidades de sobrevivencia se reducirán. El punto es que esa respuesta de preocupación o temor, que es completamente adaptativa, puede extenderse en el tiempo y transformarse en una forma de enfermar en salud mental. El problema surge, en definitiva, cuando este mecanismo se hace mal adaptativo y afecta el funcionamiento psicosocial de la persona”.

Repercusiones en la salud mental

Personas que viven solas tienen mayor propensión a presentar el síndrome de la cabaña, pero todos, independientemente de su edad, han debido adecuarse a una manera diferente de vivir, y el aprendizaje no ha sido fácil. Un grupo especialmente golpeado es el del adulto mayor, el más afectado en un principio por las muertes provocadas por el virus. “Un 30% de la población mayor de 75 años vive solo o con otro adulto mayor, y fueron ellos quienes tuvieron más tiempo de confinamiento y restricciones·, dice la directora de la Clínica Psicológica República de UNAB, María Carolina Carrera. “Considerando, además, sus condiciones de vida, la sensación de soledad, aislamiento y sentir que lo que les queda de vida lo pasarán encerrados, podemos decir que la pandemia ha tenido fuertes repercusiones en su salud mental y que, por ende, debe ser un grupo prioritario de preocupación para las políticas de salud mental”, añade.

Cuando el confinamiento ha sido por más de 50 días se asume como natural el síndrome de la cabaña. Es lo que se ha visto siempre en países nórdicos, por ejemplo, donde el mal tiempo hace estragos. Si bien es cierto que la salida a la calle puede ser un tema para quienes lo experimentan, la clave está en la gradualidad. La meta, señalan los especialistas, es recuperar de a poco la seguridad y la sensación de control. “Avanzar progresivamente hacia una normalización de las actividades que se desarrollan fuera de casa, cada persona a su ritmo, con acompañamiento psicológico y, de ser necesario, con manejo farmacológico de los síntomas, pero también con el acompañamiento y empatía del grupo familiar y del entorno del paciente”, dice el doctor Rodrigo Correa.

“Costará un tiempo retomar la relación con los otros”, dice el doctor Gonzalo Cuadra, integrante de la Comisión de Salud Mental del Colegio Médico. Esto, asegura, porque ha sido muy fuerte el impacto de la pandemia en la sociedad, sobre todo en las relaciones sociales y la cohesión con otros.

¿Cómo avanzar hacia una normalidad que no es tal porque ya nada será exactamente igual que antes? Hay métodos de trabajo que se arraigaron para bien y para mal, duelos que procesar, relaciones que se quebraron y certezas que terminaron. ¿Cómo hacer esa transición? Paso a paso, aseguran los especialistas. La directora de la Clínica Psicológica del Campus República de la UNAB, María Carolina Carrera, lo detalla en seis puntos:

· “No esperar volver a las mismas condiciones de vida que se tenían previo a la pandemia, es decir, esto no es un paréntesis, es importante reconocer que hay cambios que llegaron para quedarse”.

· “Aprender a convivir no sólo con el covid, sino que con nuevos virus que pueden aparecer y que están apareciendo, y hacerlo sin el nivel de terror con que se vivió el covid por lo desconocido y ajeno que nos era”.

· “Es importante volver a socializar, a vivir en comunidad sanamente. En muchos casos, la pandemia permitió conocer a los/as vecinos/as, a ayudarse mutuamente, pero también dio cuenta del individualismo y potenció las pulsiones agresivas en otros casos respecto del ámbito de la convivencia social”.

· “Es fundamental pedir ayuda a profesionales de la salud mental para enfrentar el estrés postraumático que deja la pandemia en muchas personas, estar atentos a las reacciones de los otros, en especial de sintomatología que pueda aparecer en niños/as y adolescentes, así como en adultos mayores, o en cualquier edad de quienes nos rodean o componen el núcleo familiar”.

· “Propiciar espacios de diálogos, de colaboración en todos los niveles: familiares, escolares y vecinales”.

· “Hacer el duelo de esta idea de ‘una vida anterior’ no de forma dramática, sino que bajar las expectativas respecto a una vuelta a la normalidad y enfocarse en proyectos de corto y largo plazo”.

La especialista agrega que la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) plantea que el Covid-19 ha causado un trauma más grande que la Segunda Guerra Mundial y que pasarán muchos años antes de recuperarnos. “No creo que se pueda hablar de volver a la ‘normalidad’ como aquello que era conocido -explica Carrera-, con rutinas establecidas, con menos niveles de incertidumbre. Hay cosas que probablemente se mantendrán, como el teletrabajo, y es posible que el futuro de las clases sea una modalidad híbrida, una combinación de lo presencial con uso de plataformas tecnológicas”.

La falta de certezas hace difícil pronosticar cuánto tardaremos en replicar algo de la normalidad que teníamos. “No sabemos qué sucederá con el comportamiento del virus en los siguientes meses o años -dice el doctor Mauricio Bonilla, máster en eHealth y director del Centro de Salud Digital Saluta-, pero podemos inferir que cuanto más pronto se retome la actividad laboral, escolar y social habitual, más fácil será que retomemos la sensación de bienestar, la posibilidad de planificar el futuro y la percepción de control”.

Es lo que ansía Ignacio, estudiante de tercero medio: “Las clases presenciales en mi colegio son voluntarias, pero sí volveré a ellas. Me hacen falta para retomar lo que no he aprendido en clases virtuales y también porque extraño a mis amigos, no me acostumbro a las clases estando en casa. No tengo temor de volver, confío en los protocolos del colegio y en mis cuidados personales”.

Nacer en pandemia

El pasado mes de abril la Asociación Chilena de Seguridad y el Centro de Encuestas y Estudios Longitudinales de la Universidad Católica publicaron la tercera edición del ‘Termómetro de la Salud Mental en Chile Achs-UC’, un estudio que comenzaron el año pasado en 1.400 personas de entre 21 y 68 años con el objetivo de indagar cómo están los chilenos en salud mental a raíz de la pandemia. Las mismas personas, elegidas de forma aleatoria, fueron entrevistadas en las tres versiones para evaluar avances o retrocesos. En agosto se hará un nuevo levantamiento. En el más reciente, “un 46,7% exhibió síntomas suaves a severos de depresión, mayormente en personas de entre 45 y 54 años, personas desempleadas, con una caída en sus ingresos, con niveles de deudas importantes y, sobre todo, en quienes cuentan con un diagnóstico psiquiátrico previo”, explica Nicolás Orellana, psicólogo consultor de Riesgos Psicosociales de la ACHS.

De acuerdo con la información entregada por los encuestados, las tasas de problemas de salud mental subieron en todos los grupos respecto de noviembre de 2020, cuando se realizó la segunda ronda de entrevistas.

¿Qué ha sido peor: el virus o el confinamiento? María Carolina Carrera, de la UNAB, sostiene que ambos han sido muy complejos para la salud mental. Al temor al contagio se le suma el miedo al otro que puede transmitir el virus, y el terror se instala cuando alguien de la familia contrae la enfermedad. “Han aumentado los síntomas ansiosos y depresivos, los trastornos del ánimo y del sueño, y de la misma manera ha habido un aumento de la violencia intrafamiliar, porque mujeres y niños/as deben vivir el confinamiento con sus agresores”.

Adolescentes y niños/as también presentan irritabilidad, ansiedad y problemas del sueño. “Más de dos tercios de ellos están con síntomas significativos”, indica el doctor Cuadra, del Colegio Médico, quien enfatiza que para superar todos estos malos índices se necesitará de todo el apoyo del sistema de Salud y del gobierno.

Clemente nació casi un mes antes de que se declarara la pandemia. Cumplió su primer año en pandemia también. En octubre del año pasado recién lo pudieron conocer sus abuelos. A pesar de todo eso, su padre, Sebastián, ve el vaso medio lleno. “Nunca nos cuestionamos cómo la pandemia podría afectarlo. La verdad es que para nosotros estar con él todos los días, por la posibilidad que tuve de trabajar desde la casa, fue un regalo. Ver cómo crece y hace cosas nuevas, ir a sus controles, observar cómo se genera ese vínculo entre él y nosotros… La pandemia nos facilitó la relación, estamos más unidos que nunca y eso es gracias al contexto”.

De a poco, y cuando el tiempo lo permite, lo han ido relacionando con el mundo externo. Lo llevan a parques y a cumpleaños de primos. Y tienen sueños: “Viajar con él a la playa, que entre al jardín para que conozca a otros niños y otras formas, que pueda ser lo más autónomo posible”, manifiesta Sebastián.

Marcia, de 45 años y mamá de Nicolás, de 12, sufrió al principio con las clases online de su hijo. Cambiaban a menudo las plataformas y la tecnología no es lo suyo. Pero se acostumbró y aprendió a ver el lado positivo, porque ahora conoce la manera en que enseñan los profesores y ella la ha adoptado. Aunque sabe que las clases presenciales pueden ser infinitamente más positivas que las telemáticas, no quiere enviar a su hijo al colegio mientras la situación no esté bajo control por completo: “Sé que el colegio tiene muchos protocolos, pero temo que los niños se saquen la mascarilla o compartan colación en recreo”.

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