Los chips que conectan a los niños hospitalarios con sus familias

Los menores con cáncer son un grupo de riesgo que requiere especial atención. Evitar que se contagien de coronavirus es clave. Como medidas de precaución, a los niños de la Fundación Nuestros Hijos se les han restringido las visitas y se les suspendieron las clases presenciales. La donación de chips de telefonía móvil abre una ventana para que hoy se conecten con sus seres queridos y no se sientan aislados.




Casi seis meses pasó Juan José (9) alejado de su mellizo y su hermano menor (4). Ellos quedaron bajo el cuidado de su abuela materna, en San Fernando, mientras Juan José y su mamá, Elizabeth Pino, se alojaban a 135 kilómetros de distancia, en una de las casas de acogida de la Fundación Nuestros Hijos. El niño es parte de la organización desde la última semana de febrero de este año, justo después de que le diagnosticaron linfoma de Hodgkin, un cáncer que afecta al sistema inmunológico, limitando la capacidad del cuerpo de combatir una infección a medida que se expande.

Juan José pasó todo febrero hospitalizado, al lado de su mamá. En marzo, cuando le dieron el alta y le autorizaron poder volver a casa, llegó la pandemia y le sugirieron que no se fuera, pues los niños con cáncer, al estar inmunosuprimidos, son un grupo de riesgo. Él y su mamá estuvieron desde marzo hasta finales de agosto en la casa de acogida de la Fundación Nuestros Hijos sin poder ver al resto de la familia.

Ni Juan José ni su mamá pensaron que su estadía en las dependencias de la fundación se podía extender tanto. Elizabeth reconoce que había días en que se sentía como en un hoyo: sobrellevar la enfermedad de su hijo no era fácil, pero enfrentarla sin la compañía de su familia lo hacía aún más complejo. El niño siempre fue apegado a sus abuelos. Los echaba mucho de menos y se lo hacía saber a su mamá.

La donación que conecta a los niños hospitalarios

Con el objetivo de que los niños puedan conectarse fácilmente a sus clases y con sus familias en caso de que estén hospitalizados, la empresa de telecomunicaciones Entel donó a la Fundación Nuestros Hijos 70 chips con planes de internet, que garantizan conexiones estables y gratuitas para los menores. A Juan José le sirvió para conectarse a las clases y estar en contacto con su papá, su abuela y hasta con sus hermanos mientras estaba en Santiago. Ahora, ya de vuelta en San Fernando, disfruta de conectarse a su clase favorita, Matemática, desde su casa.

Jazmine Fernández (63) ha trabajado un tercio de su vida en la Fundación Nuestros Hijos. Es enfermera, y actualmente se desempeña como coordinadora de servicios médicos, sociales y de cuidados paliativos. Ella explica que la entrega de los chips fue de gran utilidad, porque permitió que los niños mantuvieran la telerehabilitación y la teleeducación en los colegios hospitalarios.

Si bien antes de la donación algunos niños podían conectarse, la enfermera reconoce que, en general, la conexión era precaria. Con anterioridad les donaron tablets y celulares, pero muchos no tenían un plan de internet. Solo tenían acceso aquellos menores con papás que podían financiar uno por sus propios medios. “Los niños se frustraban mucho, porque no tenían internet. Conseguían que les compartieran, pero no era de buena calidad y la comunicación no era estable”, dice la profesional.

El rol de la comunicación en la rehabilitación

Antes de recibir el chip, Anaís (17) se conectaba a sus clases gracias a su mamá, Daniela Aravena (35). Sin embargo, debido a la pandemia, comenzaron a tener problemas económicos y no podían pagar su plan de datos en las fechas correspondientes. La madre trabajaba como garzona, pero le suspendieron el contrato. Anaís, quien padece de cáncer y participa en la Fundación Nuestros Hijos desde hace dos años, debía avisar a sus profesores que no podría conectarse a clases, pues la compañía móvil les cortaba el servicio por no pago.

Desde que Anaís es parte de la fundación, participa de la escuela hospitalaria que realizan, aunque por motivos de salud el año pasado no pudo ir. Este año sería su regreso a la escuela, pero solo alcanzó a ir durante los primeros días de marzo, hasta que suspendieron las clases presenciales debido a la pandemia. Al igual que la adolescente, los demás estudiantes de la fundación, aproximadamente 70 menores, debieron continuar el proceso de aprendizaje desde sus hogares o en las casas de acogida.

Desde entonces, Anaís ha pasado la pandemia en casa. La fundación le hizo llegar uno de los chips de Entel para que pudiera conectarse a clases vía remota. “Ella es entusiasta siempre. Le cuesta ver, porque tienen problemas a la vista, pero le ha servido estar conectada, ver a sus profesores. La distrae del encierro en que está y aprende, le sirve mucho”, cuenta Daniela Aravena, su mamá.

La enfermera Fernández explica que el rol de la comunicación en la recuperación es fundamental, pues cuando no se puede comunicar de forma no verbal, ya sea a través de abrazos, besos, o simplemente de un saludo cariñoso, se debe emplear una comunicación por teléfono, o por donde sea. “Privarse de comunicar es muy fome. Hace que los niños y adolescentes con cáncer que están en tratamiento activo se desanimen. Cuando se desaniman, entra la tristeza y disminuyen las posibilidades de enfrentar bien el cáncer, porque va ligado con la inmunidad”, explica.

Anaís disfruta especialmente de recibir clases de Arte a través de Zoom. Las tareas logran mantenerla ocupada y entretenida durante los días de encierro. Aprovecha las clases para conversar con su profesora y con sus compañeros. También tiene sesiones grupales con una psicóloga, en la que habla con otros pacientes sobre cómo ha sido sobrellevar la cuarentena y el tratamiento. “El aporte de los chips mejoró la calidad de vida, y a eso apunta la fundación: a que puedan enfrentar el cáncer en igualdad de condiciones, y poderles dar conectividad es igualar las condiciones”, sostiene la enfermera Fernández.

Distraerse del encierro

En 2019, Sebastián (10) entró a la fundación Nuestros Hijos sin recordar muy bien lo que había aprendido en el colegio. En “la escuelita” de la organización, como la llaman los apoderados, el menor debió aprender nuevamente a leer, escribir e incluso a tomar objetos, como un lápiz. Él iba a clases presenciales con los demás niños y su mamá lo acompañaba, pero la pandemia interrumpió su rutina. La madre del menor, María Eugenia Gutiérrez (46), es dueña de casa y se dedica completamente a cuidar a su hijo, que enfermó en 2017.

Sebastián fue a la escuela por última vez el 13 de marzo. Desde entonces, ha tenido que conectarse a clases desde su casa en Puente Alto. En un principio se conectaba por el celular de su mamá, pero a veces los datos no les alcanzaban. Sebastián tiene un tablet, pero necesitaba que su mamá le compartiera internet para funcionar, con los mismos escasos datos que ella tenía en su celular.

Tras recibir el chip, Sebastián no solo ha podido ver sus clases, sino que se ha conectado mucho a YouTube para ver tutoriales de dibujo y pintura, algo que no hacía antes de la pandemia. Pasa varias horas al día en eso. Vigila atentamente la técnica de distintos youtubers e intenta recrear lo que hacen en su casa. De esta forma, evita sentirse aburrido en los días de encierro.

Según explica la enfermera Jazmine Fernández, inicialmente la entrega de los chips era para que los niños hospitalizados pudieran comunicarse con sus familias. Pero cuando disminuyeron las restricciones propias de la pandemia y se reanudaron las visitas en los hospitales y los niños volvieron a las casas con su cuidador principal, los niños también les han dado un uso recreativo.

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