Ante una catástrofe, la salud mental no es un lujo que deba postergarse
"En Chile seguimos cometiendo el mismo error una y otra vez: tratar la salud mental como si solo fuera un problema secundario (...) Si no planificamos continuidad de cuidados, seguimiento y acceso oportuno a tratamientos para quienes los requieren, estaremos hipotecando la recuperación futura", dice Cynthia Zavala, directora de la Escuela de Medicina de la Universidad Andrés Bello.
Cada vez que una catástrofe golpea a una comunidad, como el incendio que ha afectado la Región del Biobío y del Ñuble, la respuesta institucional y social es asegurar la sobrevida: primero salvar vidas, luego preservar lo material. Es una reacción totalmente lógica y necesaria.
Sin embargo, en Chile seguimos cometiendo el mismo error una y otra vez: tratar la salud mental como si solo fuera un problema secundario, como si fuese algo que pudiera esperar hasta que “pase la emergencia”.
Aquí, la evidencia es clara en señalar que esta omisión tiene costos humanos y sociales profundos, que no usualmente vemos de inmediato, pero que siempre terminan emergiendo.
“La salud mental no es un lujo ni mucho menos una etapa posterior de la reconstrucción. Debería ser parte de la primera respuesta. Por el contrario, ignorarla no solo aumenta el sufrimiento individual, sino que debilita considerablemente la capacidad de recuperación de comunidades completas que fueron afectadas”.
Aun así, persiste la idea de que abordar la salud mental en contextos de desastres es complejo, costoso o reservado solo para especialistas. Nada más alejado de la realidad. Las intervenciones de primera línea, como los primeros auxilios psicológicos, son simples, efectivas y ampliamente recomendadas a nivel internacional. Se basan en escuchar, validar, dar seguridad y ayudar a resolver necesidades concretas. Además, no requieren sofisticación tecnológica, sino voluntad, formación básica y, muy importante, decisión política.
No todas las personas enfrentan las catástrofes de la misma forma. Hay grupos que sabemos están en mayor riesgo de desarrollar problemas de salud mental: niños, personas mayores y quienes ya viven con trastornos mentales. Ante esto, se requiere una mirada focalizada en estos grupos. Por ejemplo, en el caso de los niños, acciones como mantener rutinas, anticipar lo que ocurrirá durante el día, proteger espacios de juego y limitar la exposición constante a imágenes de lo ocurrido pueden marcar una diferencia significativa en cómo sobrellevan lo ocurrido.
“Tampoco debemos olvidar a los equipos de primera respuesta. Bomberos, personal de salud, voluntarios y trabajadores de emergencia sostienen a otros mientras deben enfrentar situaciones de muy alto impacto emocional. Proteger a quienes protegen, cuidar a quienes cuidan es indispensable”.
Las catástrofes no afectan solo a quienes lo pierden todo; afectan a comunidades completas. Vecinos, amigos, familiares y personas que observan cómo su entorno se transforma en un escenario de destrucción también experimentan miedo, angustia e incertidumbre.
Pensar la salud mental solo en clave de “damnificados directos” es una mirada reducida que desconoce cómo opera el trauma a nivel comunitario. Por ello, es necesario generar acciones dirigidas a las comunidades afectadas, que las consideren en su integralidad.
La emergencia no termina cuando se apaga el fuego. Ahí recién comienza otra fase, más silenciosa y prolongada, donde aparecen el duelo, la ansiedad, el insomnio y el desgaste emocional. Si no planificamos continuidad de cuidados, seguimiento y acceso oportuno a tratamientos para quienes los requieren, estaremos hipotecando la recuperación futura.
Incorporar la salud mental como un eje central de la respuesta a desastres no es solo una decisión técnica; es una definición ética y política sobre el tipo de sociedad que queremos reconstruir después de la tragedia.
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