Crisis en Irán: claves para entender el grave conflicto que va mucho más allá de la religión
En las últimas semanas, una serie de enfrentamientos entre la población y el régimen iraní –que, se calcula, dejan hasta ahora unos 20 mil muertos– han vuelto a poner sobre la mesa un malestar que el mundo occidental suele relacionar con el islamismo. Y una de las aristas más incomprendidas es la de los movimientos feministas iraníes, que no funcionan bajo la misma lógica que los de nuestro lado del mundo. Aquí, una guía para entender de qué hablamos cuando hablamos de Irán.
Durante las primeras semanas de 2026, la cobertura occidental sobre Irán puso sus ojos en las protestas que desde el 28 de diciembre del año pasado han movilizado a sus habitantes a raíz de la crisis política, económica y social que arrastra esa nación.
Un conflicto que data desde hace varios años y que, más allá de las contingencias, apunta a un malestar general de los iraníes con el régimen islámico. Especialmente por parte de las mujeres, quienes han protagonizado un choque frontal entre el Islam y el femeninismo.
Las imágenes de miles de jóvenes desafiando el uso obligatorio del hiyab (el velo que cubre la cabeza y pecho de las mujeres, por parte de la sharía, la ley islámica), que se han intensificado con fuerza tras de la muerte de Jina Mahsa Amini en 2022 durante una protesta, son quizá el símbolo más visible –y el más llamativo a ojos occidentales– de un conflicto que, sin embargo, es mucho más complejo que la díada religión-feministas, y que funciona como una bomba de tiempo.
Irán enfrenta hoy un escenario económico particularmente complejo. La inflación anual se mantiene en niveles más que elevados, la moneda local continúa perdiendo valor frente al dólar y el costo de los bienes básicos, sean alimentos, transporte o energía, impacta con fuerza a los sectores medios y populares.
A esto se suman años de sanciones internacionales, dificultades para acceder a divisas y un mercado laboral sin capacidad de absorber a una población joven altamente educada, pero con expectativas cada vez más frustradas.
La crisis, entonces, no aparece como un evento aislado ni simbólico, sino como uno de los mayores puntos de saturación de una serie de tensiones estructurales profundamente arraigadas en la sociedad.
Así, las restricciones políticas, la falta de horizontes económicos y la percepción de un Estado ajeno a las problemáticas de la población y abiertamente coercitivo, conforman un escenario donde cualquier detonante –una decisión administrativa, un episodio de violencia policial o una medida moralizante– puede convertirse en pólvora para una protesta más amplia. Y el cuerpo de las mujeres, altamente regulado por el poder político, termina entonces funcionando como uno de los lugares más visibles de ese descontento.
Para el analista internacional Marcelo Pérez, académico del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello, el punto de partida es claro: el conflicto no debe entenderse tan solo como una escalada feminista, sino como la expresión de tensiones acumuladas durante décadas.
“En esta ocasión, el motor del movimiento es económico”, señala, apuntando como detonantes a la inflación, al deterioro de las condiciones de vida y a la imposibilidad de encontrar una salida al bloqueo económico impuesto por Occidente. En ese contexto, las reivindicaciones de las mujeres, históricamente relegadas, emergen con fuerza en el espacio público, pero no como una causa única o aislada.
Un Estado que controla todo
Leer lo que sucede en Irán exclusivamente como un enfrentamiento entre religión, conflicto económico o feminismo implica perder de vista el funcionamiento del Estado y rol que en él cumple el cuerpo religioso chiita, corriente del Islam que reconoce como líderes espirituales exclusivamente a los descendientes del profeta Mahoma (imanes), versus los sunitas, que se adhieren a los mandatos de los califas (líderes políticos). De ahí que en Irán religión y Estado vayan estrechamente de la mano.
El de Alí Jamenei, líder supremo de la nación, es un régimen cuya estabilidad no depende de consensos amplios ni de mecanismos democráticos clásicos, sino de una estructura de poder que ha hecho de la represión una herramienta política central.
El analista UNAB Marcelo Pérez recuerda que, a diferencia de los parámetros occidentales, en Irán la protesta social no opera bajo las mismas reglas. “Un gobierno no va a caer simplemente por movilizaciones. Si es necesario matar miles de personas, el régimen lo hará”, advierte. De hecho, durante las protestas de enero pasado, se calcula que murieron entre 10 mil y 20 mil personas producto de la represión del Estado.
“Uno de los principales errores es intentar leer Irán desde categorías políticas occidentales que no dialogan con su historia ni con la forma en que se ejerce el poder en ese país”, plantea.
Para entender un poco más sobre la razón del gran malestar: en Irán, el Estado no sólo regula la economía y el orden público, sino también la vida cotidiana, los códigos morales y el espacio simbólico, lo que amplifica el impacto de cualquier crisis material. Así, economía, sanciones, represión y aparato estatal limitan cualquier posibilidad de cambio a corto plazo, haciendo que el conflicto se reproduzca en ciclos más que resolverse de manera definitiva.
Sin embargo, la lectura simplificada que separa estas dimensiones tiende a fragmentar el problema y a perder de vista que, en Irán, la lucha por derechos, bienestar y dignidad se desarrolla dentro de un sistema que concentra poder y restringe severamente los canales de expresión política.
En ese sentido, para muchos analistas en el mundo ha resultado llamativo el silencio de parte del feminismo occidental frente a la represión constante que viven las mujeres en Irán.
Referentes políticas y públicas que se han abanderado al denunciar otros conflictos internacionales, como la exministra española Irene Montero o la actual dirigente de Podemos Ione Belarra, que sí se ha pronunciado cuando Israel ha atacado al país musulmán, no han mostrado el mismo interés en condenar a Alí Jamenei ante la violencia ejercida por el propio régimen iraní contra sus mujeres. Tampoco en Chile, al menos públicamente, se han visto críticas desde los principales espacios feministas o partidos políticos por esta crisis.
Esta ausencia evidenciaría, a la luz del análisis internacional. una preferencia respecto a qué causas merecen indignación y refuerza la percepción de que ciertas luchas importan más que otras según sus marcos ideológicos específicos.
Represión femenina: más que un problema de religión
En este escenario, otro error que suele cometer el mundo occidental es creer que el feminismo iraní sólo se remite a los grupos de mujeres que se rebelan ante el Islam.
La antropóloga iraní Ziba Mir-Hosseini, profesora del SOAS de la Universidad de Londres y una de las principales teóricas del feminismo islámico, declinó conceder una entrevista para este artículo, pero nos remitió a citar a su trabajo más reciente, donde aborda directamente estas tensiones.
En su paper “Reclaiming Justice: Islamic Feminism, Patriarchal Law, and Popular Revolt in Iran” (“Reivindicar la justicia: feminismo islámico, ley patriarcal y revuelta popular en Irán”), Mir-Hosseini, sostiene que gran parte de la opresión de las mujeres en Irán no proviene del Islam en sí, sino de la transformación de interpretaciones jurídicas patriarcales (fiqh) en leyes estatales (y coercitivas) bajo la República Islámica.
En ese marco, la profesora de la Universidad de Londres afirma que “la desigualdad de género no es un mandato divino, sino el resultado de procesos históricos y políticos que han convertido lecturas patriarcales del derecho islámico en legislación estatal”.
La distinción no es menor. Mientras la sharía, entendida como el marco ético-religioso que orienta la conducta del creyente, remite a un ideal moral del Islam, el fiqh corresponde a interpretaciones humanas, históricas y discutibles.
El feminismo islámico, según la académica, no busca abolir la religión, sino disputar el monopolio interpretativo. En su análisis, “el feminismo islámico emerge precisamente como una lucha por recuperar la noción coránica de justicia frente a sistemas legales que han institucionalizado la desigualdad”, cuestionando también así la forma en que el Estado ha instrumentalizado el Islam para consolidar un orden legal que termina siendo profundamente desigual.
Desde esa lógica, la lucha de las mujeres es crítica interna a la apropiación política de la religión. Mir-Hosseini subraya que, en el contexto iraní, “el cuerpo de las mujeres se ha convertido en el principal terreno donde el Estado afirma su autoridad moral y política”, haciendo visible una disputa que excede con creces el uso del velo.
“Las luchas de las mujeres no son una invención reciente ni una importación occidental… Las primeras protestas contra el velo obligatorio en Irán ocurrieron el 8 de marzo de 1979, apenas semanas después del retorno de Jomeini”, afirma el intelectual iraní Hamid Dabashi, profesor de la Universidad de Columbia.
“En Irán y en el resto del mundo musulmán, las mujeres han exigido sus derechos precisamente como musulmanas”, añade. “Figuras como Fatima Mernissi, Nawal El Saadawi o Ziba Mir-Hosseini forman parte de una historia larga de mujeres que conocen sus derechos y luchan para que se traduzcan en leyes”, plantea, destacando a la pensadora iraní.
Para Dabashi, reducir el conflicto iraní a una oposición moral entre religión y derechos de las mujeres no sólo encarece el diálogo en torno al conflicto, sino que resulta funcional a intereses externos. “Las narrativas occidentales instrumentalizan todo lo que tocan… Cualquier acontecimiento en Asia, África o América Latina se convierte en materia prima para sostener una hegemonía imperial”, sostiene.
“El llamado feminismo occidental ha sido absorbido muchas veces por agendas de sanciones, intervención o cambio de régimen: es lo que yo llamo feminismo imperial”, agrega.
Además, advierte sobre los marcos en los que se observa el conflicto. “Cuando las élites hablan de ‘valores occidentales’, lo que suelen defender son jerarquías y visiones supremacistas”, dice el teórico. “Las luchas de las mujeres, como las luchas sociales en general, nacen del hambre, de la injusticia y de la desigualdad, no de etiquetas ideológicas de Oriente u Occidente”, afirma, y luego añade: “El problema no es Oriente contra Occidente, sino las luchas internas por dignidad, justicia y vida vivible que atraviesan todas las sociedades”.
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