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¿Por qué se habla de la nueva generación de niños “de cristal” y cuán responsables son los padres y madres?

La crianza actual se debate en intentar no cometer los errores de sus progenitores sin perder la autoridad del rol. Un equilibrio tan complejo, así como frágil, con adultos que según diversos especialistas viene atado a culpas, heridas y otros detalles que hacen evitar el conflicto con sus hijos, provocando que estos crezcan sin límites claros e intolerantes al fracaso. Expertos recalcan que el límite no es castigo ni rechazo, sino una herramienta esencial para el desarrollo emocional seguro.

Tras el fallecimiento de su marido, Gabriela (40) quedó sola a cargo de la crianza de sus tres hijos. Han pasado cerca de diez años desde entonces y no ha vuelto a establecer una relación de pareja. En la casa convive con un joven de 20 años, una adolescente de 15 y un niño de 12.

Dice que, desde la muerte del padre, los ha protegido con especial cuidado. “Es lo único que me quedó”, reconoce, con una pena que aún se asoma. A pesar de eso, con el tiempo esa forma de cuidado también ha ido acompañada de dinámicas y conductas que ella misma no esperaba y que hoy empieza a mirar con cierta preocupación.

Sus hijos, afirma, aún dependen mucho de ella y, ante la ausencia de la figura paterna, ha delegado algunas responsabilidades en el hijo mayor, con tareas que incluso ella misma ha ido postergando.

Por ejemplo, admite que hay días en que la invade la sensación del “no me la puedo”. No cocina y termina pidiendo algo por delivery. Pero, aunque sea comida rápida, la loza se acumula y el cuidado diario del hogar termina recayendo casi por completo en el hijo mayor. A tal punto que, con el tiempo, los más pequeños se han ido restando de esas tareas e insisten en que sea él quien las realice.

Las situaciones se repiten en el día a día. Con la adolescente de 15 años, en plena “edad del pavo”, vive los primeros conflictos asociados al pololeo y se resiste a cumplir reglas básicas. Ambas comparten intereses, gustos y panoramas, como conciertos u otras salidas, pero todo lo que tiene que ver con normas de la casa u horarios de llegada suele ignorarse.

“Tampoco pongo mano dura, y aunque lo hiciera, siento que no sirve de nada”, lamenta Gabriela. Cree, además, que puede permitirles libertades que a ella le fueron negadas durante su propia juventud.

Algo similar ocurre con el menor, a quien, así como en la casa, en el colegio es descrito en ocasiones como “fuera de control”. Todas las semanas va a terapia psicológica y, como Gabriela trabaja fuera de Santiago, la responsabilidad de acompañarlo vuelve a recaer en el hermano mayor. Y, como busca tener control sobre la adolescente, van juntos los tres “para que no esté sola en la casa”.

Con el apoyo de su familia ha cambiado un poco las rutinas y ha podido incluirlos más en su día a día. Ha pedido ayuda, pensando en que así puede “tomar el control” de su vida, que perdió con la pérdida del padre. Pero el de Gabriela es sólo uno entre millones de casos de padres que, por sobreprotección, por temor a cometer errores con los menores o cualquier otro motivo, reprimen y postergan su rol como tutor.

Ejercer la autoridad: sinónimo de culpa

Para la psicóloga clínica y académica de la Universidad Andrés Bello Angélica Bastías, parte de las tensiones actuales en la crianza se explican por una dificultad cada vez mayor para ejercer la autoridad sin sentirse culpable.

“Hoy, muchos padres temen dañar, equivocarse o ser juzgados, y eso vuelve más complejo poner límites”, señala. Con respecto a esto, advierte que el “decir que no”, lejos de ser un gesto punitivo, cumple una función protectora y estructurante, necesaria para que niños y adolescentes puedan desarrollarse con mayor seguridad emocional.

Desde su perspectiva, la confusión no surge de la nada. Actualmente, la sociedad arrastra altos índices de maltrato infantil y la figura de adulto autoritario -o que pone límites- quedó asociada a abuso o negligencias.

“A veces se pierde de vista que lo normativo cumple una función protectora”, explica Angélica Bastías. El límite, plantea, no es castigo ni rechazo, sino un marco de contención, seguridad y referencias para el menor. “Sin ese borde delineado, el niño queda expuesto a un mundo sin estructura”, añade.

​La psicóloga advierte que, en el intento por no dañar, muchos padres o tutores terminan desplazando su propio rol. La contención emocional, entendida como disponibilidad y acompañamiento, puede convertirse en sobreprotección cuando se intenta evitar cualquier experiencia que produzca frustración. “La angustia no es necesariamente algo negativo”, sugiere.

La especialista dice que también es una instancia que permite crecer, elaborar y fortalecer recursos internos. El problema aparece cuando el adulto interviene de forma constante para eliminar todo malestar, evitando que el niño o adolescente pueda desarrollar su propia autonomía emocional.

Este fenómeno no se manifiesta de la misma manera en todas las edades. En la temprana infancia puede volverse dependencia excesiva; en la adolescencia, en una dificultad para tolerar el límite externo. Bastías destaca que no se trata de tener modelos rígidos o autoritarios, sino de recuperar o instalar una autoridad reflexiva, que sea capaz de sostener el malestar sin colapsar ante él. “Acompañar no significa reemplazar”, resume la académica UNAB.

Un reflejo de la ansiedad parental

Eso sí, reducir el problema a una dificultad individual o familiar no es suficiente. Para el sociólogo y académico de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago, Dante Castillo, la discusión sobre estos “hijos de cristal” debe leerse como un síntoma cultural más amplio.

“La fragilidad emocional no es un rasgo innato de esta generación”, advierte, y añade que en gran medida es un reflejo de los miedos y ansiedades de los adultos, que las proyectan sobre sus hijos.

Castillo comenta que los niños necesitan aprender a interpretar el mundo a través de la mirada de sus cuidadores, sean sus padres o tutores. Pero cuando ese entorno es percibido como uno de constante amenaza, sea por inseguridad, fracaso escolar, enfermedad o exclusión social, los niños incorporan ese estado de alerta como forma habitual de vinculación con el entorno.

“Si el adulto evita sistemáticamente el conflicto o la frustración del menor, este aprende que el malestar es peligroso”, afirma Dante Castillo. El resultado, entonces, es una menor capacidad de afrontamiento frente a dificultades cotidianas.

Desde esta perspectiva, la sobreprotección no solo reduce la autonomía, sino que limita la percepción de autoeficiencia. Al bloquear los obstáculos, se priva a los niños y adolescentes de la experiencia de sentirse capaces de superarlos.

“El deseo de que los hijos sean siempre felices termina produciendo intolerancia al aburrimiento y a la tristeza”, señala Dante Castillo, apuntando a que esas emociones son fundamentales para su madurez psíquica.

El sociólogo apunta al rol de las redes sociales. Según comenta, estas han instalado una forma de vigilancia constante a la crianza, generando la denominada “panoptización” del rol parental.

“Hoy no solo se cría… también se es observado”, explica. El temor al juicio público, a la crítica o incluso a la cancelación hace que muchos padres eviten conflictos en espacios públicos o visibles, cediendo ante demandas para no ser catalogados como autoritarios o negligentes.

Ese miedo, dice, debilita la autoridad adulta. La exposición permanente convierte a los hijos en una extensión de la imagen pública de los padres, y cualquier dificultad es vista como un fracaso personal. “Se elimina el conflicto necesario para el aprendizaje social”, advierte. Al mismo tiempo, esa transición de modelos de autoridad vertical a relaciones más horizontales, de uno a uno, aunque han ampliado el diálogo, también diluyeron jerarquías que son relevantes en otros ámbitos de la vida social.

En este contexto, el sociólogo identifica otro factor relevante, como el agotamiento parental. Días larguísimos, presiones económicas y sobrecarga emocional bajan la capacidad de mantener normas.

“No siempre es una elección ideológica, sino que muchas veces es cansancio”, señala. Papás agotados divagan entre enojos repentinos y permisividad extrema, instalando reglas inestables que aumentan la inseguridad en sus hijos.

El lugar de la crianza

El verdadero problema es desde dónde están criando los padres. Para el psicólogo clínico y académico de la Universidad Andrés Bello, Nicolás Núñez, uno de los nudos del problema es la confusión entre las necesidades emocionales de los adultos y las de los hijos.

“Muchos padres utilizan la crianza como una forma de reparar su propia infancia”, explica Núñez sobre aquellos tutores que buscan cercanía, intimidad y vínculos que no tuvieron, pero que en ese proceso se arriesgan a desdibujar los límites del rol parental.

El especialista plantea que poner límites siempre generará frustración, y que parte de la dificultad se sostiene en la baja tolerancia que tienen los adultos a esas emociones.

“Algunos padres sienten el malestar de sus hijos como propio”, afirma Nicolás Núñez. Esa empatía, lejos de ayudar, puede llevar a evitar los límites para no experimentar esa culpa o incomodidad.

Esto es más fuerte en madres y padres que trabajan fuera de casa y cargan con una “deuda emocional” sobre el tiempo compartido.

En este contexto, aparecen prácticas como la “hiperdisponibilidad”, la flexibilización constante de normas y la creación forzada de “tiempo de calidad”. El problema, dice Núñez, es que ese modelo construye una imagen poco realista del mundo. “Un entorno sin consecuencias no prepara para la vida social”, apunta.

El especialista también alerta sobre la tendencia a patologizar comportamientos normales del desarrollo. Vivimos en una cultura obsesionada con el diagnóstico, por lo que reacciones propias de la infancia o la adolescencia son etiquetadas como trastornos, cuando no lo son.

“El diagnóstico es una herramienta clínica seria, pero cuando se usa fuera de contexto, puede estigmatizar y reducir la complejidad de la experiencia humana”, puntualiza.

El psicólogo destaca la relevancia de la autorregulación adulta. “Lo que más protege a niños y adolescentes no es una estrategia perfecta, sino la capacidad de los padres para tolerar el estrés, el conflicto y la frustración”, sugiere.

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