SIMCE: cuando el estancamiento deja de sorprendernos
"El sistema educativo chileno lleva más de una década sin mejorar sus aprendizajes. El problema no es sólo el estancamiento: se suma un fenómeno igualmente preocupante, la normalización de los malos resultados", dice Raúl Figueroa, director ejecutivo del Instituto de Políticas Públicas de la Universidad Andrés Bello.
Los resultados del SIMCE vuelven a mostrar una realidad incómoda: el sistema educativo chileno lleva más de una década sin mejorar sus aprendizajes. El problema no es sólo el estancamiento: se suma un fenómeno igualmente preocupante, la normalización de los malos resultados.
Un pilar fundamental de nuestro sistema educativo es la capacidad de evaluar todas las escuelas según los aprendizajes de sus estudiantes. Esta información permite a los apoderados tomar decisiones, a los colegios orientar su trabajo y a las autoridades focalizar el apoyo pedagógico y diseñar políticas públicas. El SIMCE y la información que genera constituyen hoy una herramienta consolidada, replicada por otros países de la región y, pese a intentos fallidos por desacreditarlo, transversalmente valorada.
Con todo, disponer de información no basta si el sistema no reacciona frente a ella.
Si comparamos los resultados entre 2012 y 2025, la conclusión es inquietante: en la mayoría de las mediciones estamos prácticamente en el mismo lugar que hace 14 años. En matemática de 4° básico el puntaje promedio pasó de 261 a 262 puntos, mientras que en segundo medio incluso retrocedió levemente. En lectura, el avance de 4° básico —de 267 a 276 puntos— contrasta con la caída sostenida en segundo medio, donde el promedio bajó de 259 a 250 puntos.
Más preocupante es la proporción de estudiantes que no alcanza los estándares básicos: cerca de la mitad de los alumnos de segundo medio se encuentra en nivel insuficiente en matemática y en lectura.
Muchas reflexiones se pueden hacer a partir de estos resultados, pero hay dos preguntas fundamentales: por qué el sistema no mejora y qué debemos hacer para salir de esta situación.
Las causas son múltiples, pero resulta difícil ignorar que las reformas impulsadas durante el segundo gobierno de la Presidenta Bachelet desplazaron el foco desde la mejora de los aprendizajes hacia cambios estructurales. La discusión se centró en el financiamiento, la selección o la propiedad de los establecimientos, mientras que lo que ocurre en la sala de clases quedó relegado. Durante años, las escuelas debieron concentrar sus energías en implementar una compleja arquitectura normativa, más que en fortalecer sus prácticas pedagógicas.
Posteriormente hubo intentos por volver a poner el foco en los aprendizajes, con iniciativas como “Todos al Aula” o “Escuelas Arriba”. Sin embargo, esos esfuerzos se vieron interrumpidos por la violencia de 2019, las restricciones de la pandemia y la resistencia de ciertos grupos a recuperar la presencialidad escolar.
No hay atajos en política educativa, sí hay prioridades claras. Los sistemas que logran mejorar lo hacen cuando alinean todo su funcionamiento con un objetivo simple: fortalecer lo que ocurre en la escuela y, especialmente, en la sala de clases. Chile cuenta con evidencia, experiencia y herramientas para avanzar en esa dirección. Lo que falta es algo más simple —y al mismo tiempo más difícil—: volver a concentrarnos en lo esencial.
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