El debate por el efecto del uso de celulares en baja de la natalidad
A medida que no solo los países ricos, sino también aquellos “en desarrollo” están bajando ostensiblemente sus tasas de natalidad, hay quienes optan por culpar a los smartphones. En un mundo con guerras, crisis económicas e inflación, otros expertos aseguran que los celulares son más bien una excusa.
Algunos dicen que es el problema más importante de nuestra era. La baja en las tasas de natalidad, que en un principio se asociaban a países como Italia y Japón, hoy se ha expandido también a los países en desarrollo. Más de dos tercios de los 195 países del mundo están por debajo de la “tasa de reemplazo”, o sea, 2,1 nacidos por cada mujer.
En 66 de estos países, este número está más cerca de 1 que de 2. El ritmo y la magnitud del descenso están superando las expectativas. Hace apenas cinco años, por ejemplo, la ONU predijo que habría 350 mil nacimientos en Corea del Sur en 2023. Aquella cifra fue sobreestimada: solo alcanzó a 230 mil.
En este contexto, un estudio reflota una teoría que parece sacada de una sobremesa familiar: detrás de la caída en los nacimientos estaría la aparición de los smartphones.
¿Correlación o causalidad? Hoy por hoy, hasta los países “en desarrollo”, como México, Brasil y Túnez tienen caídas graves en su natalidad. Y algunos comentaristas llegan a identificar el 2007, año de la salida del primer iPhone, como el punto de quiebre en el que la declive se aceleró.
Ahora bien, el Financial Times había analizado previamente, entre otras cosas, que el cada vez más difícil acceso a la vivienda podía influir en la formación de familias nuevas. Según un análisis del diario británico, hasta la mitad de la disminución de las tasas de natalidad en esos países desde la década de 1990 se explica por la reducción de la propiedad de vivienda y el aumento de jóvenes adultos que viven con sus padres.
Insatisfechos con las explicaciones puramente económicas, algunos investigadores comienzan a señalar a un nuevo culpable: los dispositivos y plataformas digitales que desempeñan un papel preponderante en la vida de los jóvenes en todo el mundo.
Nathan Hudson y Hernan Moscoso Boedo, de la Universidad de Cincinnati, publicaron el mes pasado un artículo que analiza las tasas de natalidad desde la perspectiva del despliegue de las redes móviles 4G en Estados Unidos y Reino Unido.
El número de nacimientos disminuyó primero y más rápidamente en las zonas que recibieron conectividad móvil de alta velocidad con mayor antelación. Los autores argumentan que los teléfonos inteligentes han transformado la forma en que los jóvenes interactúan entre sí, reduciendo drásticamente la socialización presencial y provocando el desplome de su fertilidad.
Elizabeth Nolan Brown, periodista editora de la revista Reason, desafió esta perspectiva en un artículo, apuntando a otros factores: “Una drástica disminución de la mortalidad infantil (la gente tiene menos hijos cuando le preocupa menos que varios mueran). Aumento del precio de la vivienda. Una grave crisis financiera. Sin embargo, un aumento de la riqueza material. Mayores expectativas sobre el nivel de comodidad y supervisión adulta que deben tener los niños. Una pandemia mundial. Medios de comunicación y cultura globalizados. Mayor acceso a la anticoncepción y al aborto”.
En su opinión, una de las cosas que deberíamos estar celebrando es que, en los últimos 20 años, ha habido una efectiva caída en los embarazos adolescentes, un temor muy presente, por ejemplo, en la televisión de los años 2000.
“Uno de los principales factores que impulsan el descenso de las tasas de natalidad en Estados Unidos es la disminución de los embarazos adolescentes. Hemos pasado de más de 80 nacimientos por cada 1.000 chicas de entre 15 y 19 años en 1950 a poco menos de 50 nacimientos por cada 1.000 en 2000 y a tan solo 12,7 nacimientos por cada 1.000 en 2024. La drástica disminución de los nacimientos adolescentes es motivo de celebración, aun cuando implica una disminución general de la natalidad”, explicó.
Natalidad y formación de parejas
En entrevista con La Tercera, Peter Brookes, del Centro por la Familia y la Educación en Reino Unido, asegura que la conectividad y los smartphone sí afectan, en una manera cultural, al modo en que se decide tener hijos: “Cuando se introdujeron los teléfonos en los países africanos, la gente empezó a pensar más en el número específico de hijos que les gustaría tener, un cambio de mentalidad que comenzó en Gran Bretaña en el siglo XIX, en la época de la primera transición demográfica, por lo que probablemente se trate de un caso de difusión cultural entre países que tenían una alta tasa de natalidad y que luego sufrieron grandes caídas tras la introducción de los teléfonos inteligentes”.
En sí, Brookes argumenta que los celulares no solo han afectado la natalidad, sino a la formación de parejas en sí. “Podrían ser las aplicaciones de citas las que tienen un efecto adverso en las relaciones estables, o podrían ser las malas ideologías que se difunden en las redes sociales. Una posibilidad muy probable, para la que hay más evidencia, es que se trate de cómo las personas emplean su tiempo. Un mejor acceso al teléfono equivale a mejores oportunidades para llenar todos los momentos libres con el teléfono en lugar de salir, hacer amigos y encontrar pareja”, especula.
Melissa Kearney, catedrática de economía de la Universidad de Notre Dame, declaró al Financial Times que es “bastante plausible que el entorno digital actual haya tenido profundos efectos en la sociedad, provocando una disminución en las relaciones de pareja”. De hecho, la tesis de Hudson y Moscoso Boedo, según la cual el factor clave es la menor cantidad de tiempo dedicado a socializar en persona, está respaldada por datos de decenas de países. En Corea del Sur, la interacción social presencial entre jóvenes adultos se ha reducido a la mitad en 20 años.
Nolan Brown, por su parte, considera que ha habido un cambio cultural donde tener hijos ha dejado de ser una “obligación”: “Hay mejores opciones económicas para las mujeres y menos estigma en torno a la soltería, lo que hace que casarse y tener hijos sea innecesariamente costoso y culturalmente. Esto va de la mano con el aumento de las oportunidades educativas para las mujeres y otros factores que propician matrimonios más tardíos y, por consiguiente, una maternidad más tardía”.
Desde Finlandia, la profesora del Population Research Institute, Anna Rotkirch, comenta a La Tercera: “No se trata solo de los teléfonos inteligentes, sino que, según investigaciones anteriores, la expansión de la televisión se asoció con una menor fertilidad. He argumentado que los teléfonos inteligentes y las redes sociales aceleraron aún más estas tendencias. Los teléfonos inteligentes son, sin duda, una versión ‘en esteroides’ de la televisión, ya que las aplicaciones suelen buscar maximizar su uso, personalizarlas y fomentar la conexión emocional de maneras que han calado hondo en nuestro tejido social”.
Respecto a los distintos modos en que los smartphones afectarían, hay distintas explicaciones. “Creo que el efecto de los teléfonos inteligentes en las relaciones de pareja entre los jóvenes adultos es un mecanismo clave: estas relaciones se han vuelto más frágiles, lo que conlleva una disminución en los primeros nacimientos, una tendencia importante en el actual descenso global de la fertilidad. Otros mecanismos son la salud mental y la adicción a los teléfonos inteligentes, que se entrelazan con las relaciones románticas (¿tienes pareja?, ¿eres feliz con ella?), pero también con el deseo y la posibilidad de ser padre o madre”, detalla Rotkirch.
Por último, hay un asunto de nuevas perspectivas. “Influye en los valores y la percepción: ¿cómo cambiaría mi vida tener un hijo?, ¿cuáles son las ventajas y desventajas?, ¿sería un buen padre o madre? Muchos jóvenes adultos afirman que las redes sociales promueven visiones muy extremas sobre la maternidad en particular: o bien la madre perfecta (lo que eleva aún más el listón de la buena crianza), o bien la idea de que la maternidad es un sacrificio y que una mujer está mejor sola”, comenta la investigadora.
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