El presidente que no fue

Alejandro Guillier fue por años el rostro televisivo más creíble de Chile. Pero en 2013 cambió su rumbo y se convirtió en senador. A pesar de ser resistido, fue la carta presidencial oficialista para el balotaje. Este es el perfil que se había preparado para la eventualidad de que el independiente ganara. Una historia que cuenta la desconocida vida del hombre que entró a los hogares del país y que el domingo 19 protagonizó uno de los fracasos más duros para la centroizquierda.

–¡Alejandro! ¡Apúrate!

La escena se repetía todos los días en la casa de los Guillier-Álvarez. Corría el año 1970 y Alejandro estaba en tercero medio. Era época de elecciones y postulaba a la presidencia del centro de alumnos.

–¡Alejandro, ya poh!

Era habitual que el hoy periodista se encerrara en el baño. Sospechosamente, se demoraba mucho. Eso, hasta que su hermano Francisco, molesto, empezó a escuchar detrás de la puerta. Allí, recuerda, Alejandro practicaba sus discursos. Ponía las caras que correspondían para dar los énfasis, sabía cuándo había que hacer un silencio. Todo mirándose en el espejo.

Cuarenta y cinco años después, en abril de 2015, Guillier volvía a recordar el espejo.

El senador iba junto a Juan Carlos Soto y José Miguel Latorre en una camioneta camino a Sierra Gorda, una comuna en la Región de Antofagasta. En ese momento se enteraron de que Guillier había salido por primera vez mencionado en una encuesta Cadem. Lo ubicaba en el cuarto lugar de las preferencias presidenciales, detrás de Sebastián Piñera, ME-O e Isabel Allende. Entonces, Guillier, recuerda Latorre, lo miró y le dijo una frase que repetía siempre:

–No hay senador que no se levante en la mañana, se mire en el espejo y no se vea con la banda presidencial.

Aterrizaje forzoso

El 29 de abril, según sus colegas y amigos, fue uno de los días más amargos para Alejandro Guillier. Ese día, la Democracia Cristiana anunció que Carolina Goic sería su candidata presidencial y con eso se esfumó la idea de hacer primarias en el oficialismo. Ninguno de los esfuerzos del senador sirvió.

-Alejandro se sintió muy solo. Lo vi sufrir muchísimo, la gente ninguneó su candidatura. Cuando recién comenzaba este proceso él no era querido, no era aceptado por sus propios pares. Este fue un cariño casi obligado. Él estaba muy decepcionado –recuerda el senador Carlos Bianchi.

Pero la frustración venía desde los primeros días en que Guillier llegó al Senado.

El 11 de marzo de 2014, el periodista y sociólogo asumió como senador. Los primeros seis meses –cuenta César Trabucco, uno de sus mejores amigos- fueron muy difíciles. Recuerda que Alejandro le decía que lo consideraban un outsider.

–Para él lo más terrible era que en la mañana podía estar tomando desayuno con un colega y que en la tarde ese mismo colega lo estaba haciendo pebre en televisión –dice Trabucco.

El Congreso, dice José Miguel Latorre –asesor del senador– se convirtió en un circo romano para Guillier. Latorre recuerda que le decía: “¿Por qué me metí a esto?”.

Con quien sintió de inmediato afinidad en el hemiciclo fue con Bianchi, quien le propuso que se uniera al comité independiente. Los primeros meses, Guillier se quedó en el piso del PPD. Tres meses después decidió tomar la oferta del magallánico. Y se fue al piso 9, el de los independientes. Allí estaban Carlos Bianchi, Antonio Horvath y Manuel José Ossandón.

Danilo Díaz –periodista deportivo– fue alumno de Guillier en la Universidad Diego Portales. La difícil adaptación de su ex profesor la explica así:

–El problema es que él no va a Cachagua, no va a Maitencillo, no va a Pucón. No estudió ni en la Católica ni en la Chile. Tampoco estudió en la red de colegios tradicionales. Él encarna el Martín Rivas, ese chileno que surge a partir de esa clase media emergente, que estudia, que se ilustra. Él no es del lote.

Vida de nómade

Alejandro Guillier Ossa era ingeniero civil y siempre trabajó en el Ministerio de Obras Públicas. Se especializó en el tema de aguas y recorrió varias ciudades. Hasta que paró en Vicuña y conoció a María Raquel Álvarez. Se casaron y tuvieron cinco hijos: Raquel, Alejandro, Francisco, Carlos e Ilse. Por el trabajo de su padre, los Guillier-Álvarez tenían una vida nómade.

–Era casi una vida de gitanos –recuerda Francisco Guillier–. A mi papá lo trasladaban mucho. A Santiago, después a La Serena y de vuelta a Antofagasta. Era gracioso, porque de repente llegábamos a vivir al norte y no conocíamos a nadie. Para el Año Nuevo mi mamá y mis hermanas se mandaban a hacer trajes de fiesta, los hombres usábamos terno. Celebrábamos la fecha con toda la elegancia que correspondía, pero sólo los cinco.

Alejandro siempre fue un niño muy curioso. Por esos años, mientras vivían en Antofagasta y el padre trabajaba en la oficina de agua potable, la familia tenía permiso para usar el auto fiscal. Tenían un chofer que era el blanco preferido de Alejandro. Con apenas seis años, se subía al asiento del copiloto, abrazaba del cuello al chofer y lo bombardeaba con preguntas. Cuando el hombre dejaba de prestarle atención, Alejandro lo pescaba del mentón y le decía: “Te estoy hablando, mírame”.

La marca del golpe

El 4 de noviembre de 1970 marcó a Alejandro Guillier. Estaba en cuarto medio, era presidente del centro de alumnos del Liceo de Hombres de Antofagasta y se había hecho muy amigo de César Trabucco. Su relación la selló un viaje: el día que fueron a ver juntos la asunción de Salvador Allende a la Presidencia de la República. Viajaron más de 1.300 kilómetros, durante casi 17 horas, para ver pasar a Allende a una cuadra de la Catedral, arriba de un descapotable y con la banda presidencial puesta.

–Fue un evento muy importante en nuestras vidas. Era la primera vez que Alejandro y yo, dos jóvenes provincianos, veíamos esta ceremonia republicana –recuerda Trabucco.

Durante el invierno de ese mismo año, Guillier había terminado de hacer el servicio militar en el Regimiento Esmeralda, de Antofagasta. Al año siguiente, en 1971, entró a estudiar Sociología a la Universidad Católica del Norte, allí se encontraría nuevamente con César Trabucco.

Luego del golpe militar, en 1973, se instaló un clima de terror en la universidad. Muchos de los alumnos que habían estado junto a Alejandro Guillier resultaron fusilados e, incluso, comenta Trabucco, los cadáveres eran abandonados afuera de la morgue para que todos los vieran. No fue una vida universitaria fácil. La única distracción era estudiar o jugar baby-fútbol.

Por ser alto y maceteado, Alejandro no podía ser delantero. Así que se dedicó al arco. Debía salir a “cortar” jugadas y lo hacía muy bien en su área. Ahí él actuaba como el vigilante: alrededor de las canchas de la universidad, a tan solo unas cuadras, los militares eran los que los vigilaban.

El ambiente se tornó crítico cuando Sociología fue cerrada por los militares. Guillier recién pudo egresar en 1977 de la carrera. Allí se quedó un tiempo como profesor y, además, comenzó a estudiar Periodismo.

Ese mismo año se creó la Academia de Humanismo Cristiano Pueblo, una organización apoyada por los jesuitas que acogía a gente de izquierda, en la que Guillier participaba. También sacaron al padre de Alejandro del puesto en el Ministerio de Obras Públicas. A él lo dejaron cesante y a la familia, sin el hogar y el auto fiscal. Todos debieron acomodarse en una casa de apenas tres dormitorios y Guillier quedó relegado al living-comedor. Era como vivir en un campamento.

La rubia

“Mejor que se aleje de Antofagasta”, recuerda Francisco Guillier que le había dicho un oficial del Ejército a su hermano. Corría el año 1982 y el vínculo que había tenido con el Partido Socialista lo ponía en peligro. Alejandro pensó en viajar, pero no se decidía. Hasta que le hablaron de una rubia.

–Un amigo le contó que había ido a un seminario en Arica y había quedado impactado por una rubia que hizo un baile folclórico. Después de eso, Alejandro se imaginaba a la rubia. Se quedó con una imagen idílica de ella –dice Francisco.

El mismo amigo que le habló a Guillier sobre la misteriosa rubia, días después lo llamó para decirle que había decidido irse a Santiago. Las amenazas eran constantes y un reconocido médico se lo había recomendado. Ese médico -años después sabría Guillier- era Victorino Farga, el padre de su hoy esposa, Cristina.

En 1982, Alejandro partió a Santiago. En Antofagasta había trabajado en La Estrella del Norte y como corresponsal de Cooperativa. Pensó que en la capital tendría mejores opciones, pero eran tiempos difíciles. Postuló a una beca, se la ganó y partió en 1983 a hacer un magíster en sociología en la Flacso, Ecuador.

Un colchón, una cocinilla y una tabla a modo de mesa. Y nada más. Así era el departamento al que llegó Guillier en el Condominio El Inca, en Ecuador, donde vivían varios exiliados chilenos. Tampoco tenía dónde elegir: se había ido con lo justo en los bolsillos.

Alejandro comenzó a hacer vida de barrio. Por las tardes jugaba a la pelota con dos niños. Se llamaban Andrés y Cristóbal y eran hijos de una chilena exiliada, que se había separado hacía poco tiempo. Guillier se acercó a ella y comenzaron a ser amigos. De a poco, Alejandro se fue enamorando de ella, una rubia que lo había encantado. Esa rubia era la misma que había bailado en Arica, la hija de Victorino Farga: Cristina Farga.

Afuera de la casa de adobe de dos pisos en la que hoy vive Alejandro Guillier junto su esposa, en la Comunidad Ecológica de Peñalolén, hay árboles frutales y muchas plantas. Cristina es experta en hierbas medicinales, como el boldo, el canelo y el llantén. Los fines de semana se dedica a cuidar, junto a Alejandro, los distintos tipos de rosas que tienen cultivadas en el jardín.

Se casaron en Chile en 1983, y primero vivieron en una casa de Ángel Cruchaga con Irarrázaval. Allí criaron a Andrés y Cristóbal Almeida -hoy periodista y profesor, respectivamente-, hijos del primer matrimonio de Cristina con el ecuatoriano José Almeida-Vinueza, y Alejandro Guillier, el hijo menor.

La vida familiar de los Guillier-Farga cambió por completo en 2000, cuando a los 42 años Cristina fue diagnosticada con el síndrome de fatiga crónica. Alejandro, en paralelo a su trabajo de periodista y profesor, tuvo que hacerse cargo no solo de su esposa y la casa. También de sus tres hijos.

–Él hacía las compras, él cocinaba. Le tocó preocuparse de los niños, ir a las reuniones de apoderados cuando podía. Por un tiempo, tuvo que hacer de mamá y papá –recuerda su hermano Francisco.

Cercanos dicen que hubo un tiempo en que Alejandro Guillier no ocupaba celular. Había que ubicarlo en el teléfono de su oficina o en el fijo de su casa. Pero cuando se convirtió en senador, y tuvo que alternar sus estadías entre Santiago, Valparaíso y Antofagasta, se rindió y compró uno.

–En el día siempre tenía que llamar a su señora, necesitaba saber cómo estaba la “flaca” –explica José Miguel Latorre.

Cuando Guillier se refiere a la “flaca”, todos saben que habla de su esposa. No es extraño verlo llamando en el Senado. La preocupación es recíproca. La cercanía con su mujer, según el senador Carlos Bianchi, es lo que lo ha mantenido en pie frente a los ataques.

–Él se guarda muchas cosas, muchos dolores. Tuvo que resistir hasta insultos, porque hubo senadores que lo trataron pésimo en el hemiciclo. Fue brutal. Pero todo ese dolor se pasa cuando abre la puerta de su casa, ve a su señora y le lleva un tecito. Esa es una enorme válvula de amor, de escape que tiene Alejandro. Si hay una socia que le permite revertir los malos días es la Cristina.

Alma de periodista

El primer Guillier que llegó a Chile lo hizo a mediados del siglo XIX. Alexander Guillier trabajó como docente en la Escuela de Artes y Oficios, antecesora de la Universidad de Santiago. Por eso no fue raro que el primer trabajo de Alejandro Guillier fuese como profesor. Luego vendrían sus primeros pasos en el periodismo.

En 1983, luego de su vuelta a Chile desde Ecuador y ya instalado en Santiago, comenzó a trabajar en Radio Chilena y también en la revista Hoy.

Luego vino la cárcel.

Fue en 1988 cuando esa revista publicó un artículo sobre la fuga del capitán Armando Fernández Larios, partícipe confeso del crimen contra Orlando Letelier. La conmoción en el Ejército fue profunda y se decidió procesar a los tres protagonistas: Genaro Arriagada, como entrevistado; Abraham Santibáñez, como director de Hoy, y Alejandro Guillier, como redactor. Los tres terminaron detenidos. Primero en la ex Penitenciaría, luego en Capuchinos.

–“No se preocupe, jefe”, me decía Alejandro. Quería tranquilizarme. A él, además de recordarlo como un gran periodista, lo recuerdo como mi compañero de celda. Hay pocas situaciones que acerquen tanto a dos personas, a pesar de estar en una habitación con 14 catres, 11 de ellos vacíos –recuerda Abraham Santibáñez, premio nacional de Periodismo en 2015.

A fines de febrero de 1988 salió un aviso en el diario: la Universidad Diego Portales abría su Facultad de Periodismo. Estaba a cargo de Lucía Castellón, quien de inmediato pensó en Alejandro Guillier como uno de los profesores. Al tercer día el hoy senador ya tenía reporteando en terreno a los estudiantes. Cinco meses después, el 30 de agosto, profesor y alumnos se encontraron en medio de las protestas contra la proclamación de Augusto Pinochet como candidato para el plebiscito de octubre. Ahí Guillier estaba reporteando para la Revista Hoy, pero se había quedado encerrado en el radio entre Bandera, Huérfanos, Ahumada y Agustinas.

–Ese día vimos al Guillier reportero, que se metía donde estaba la acción. Sabíamos que dejaba, literalmente, las patas en la calle, porque de repente iba a reportear con lluvia y con un hoyo en el zapato –recuerda su ex alumno y periodista Danilo Díaz.

Los estudiantes de esa época de la Portales recuerdan que en su oficina, Guillier tenía una Olivetti azul en la que tomaba apuntes. Era uno de sus objetos más preciados. El resto, dicen, denotaba que era un periodista que recién partía. No tenía mucha ropa. Una corbata azul con rayas, una café con rayas; una chaqueta gris, una azul y una café. Ese era todo su clóset. Con ese mismo partió su primera incursión en la televisión: un programa artesanal realizado por estudiantes de la Portales y que Guillier conducía.

Televisión y política

Su gran salto a la pantalla vino con TVN, en 1992. Primero comenzó como lector de noticias en el horario AM y luego como conductor de Medianoche. En esa época, Gonzalo Rojas trabajaba como productor del programa. Recuerda que Guillier llegaba a las cinco y media de la mañana, directo a conducir. Luego, el hoy senador se tomaba un café y seguía todo el día en el canal, hasta el noticiario nocturno.

Pero fue en Chilevisión, adonde llegó en 1999, donde cimentó su carrera televisiva. A pesar de haberse negado a cortarse la barba y a usar trajes más a la moda, como director de prensa del canal, rostro del noticiero central y miembro fundador de Tolerancia Cero, se convirtió en el hombre más creíble de la televisión. Fernando Paulsen recuerda el paso del hoy senador como una etapa de transición para los conductores de noticias. Él, dice, es de los primeros periodistas que además de leer noticias comienzan a meterse en la pauta. Por esos años, 2005, CHV pasó a ser propiedad de Sebastián Piñera.

–La relación de Guillier con Piñera era casi inexistente. En términos de trato era muy cordial, a los panelistas de Tolerancia Cero nunca nos limitó ni dijo nada -dice Paulsen.

Cuando en 2008 emigró a 24 Horas de TVN perdió protagonismo. Le habían prometido ser rostro, tener un programa en señal abierta, estar a la cabeza de tres noticiarios. Pero nada de eso pasó. Su estilo opinante y más político no era del agrado de los directores. Y en 2011 partió a La Red. Allí se reencontró con Beatriz Sánchez para conducir el informativo Hora 20, que marcaba apenas tres puntos. Guillier duró un año.

Y decidió dar el paso: empezar su carrera política.

José Antonio Gómez, en ese entonces senador del Partido Radical por Antofagasta, resolvió no ir a la reelección. Corría el año 2013 y Alejandro Guillier veía, por fin, una oportunidad real por un cupo. Parecía una buena carta, era el hombre que había logrado entrar a todos los hogares del país. Aun así, dentro del partido, fue resistido.

–Él estaba súper dispuesto a ser candidato. Pero hubo gente que dijo “pero cómo le vamos a entregar el mejor cupo que tiene el partido a una persona que no tiene ningún vínculo real con nosotros” –recuerda Ernesto Velasco, presidente del PR.

Finalmente, en marzo de 2014, Alejandro Guillier asumió como senador independiente, apoyado por los radicales.

Carlos Bianchi recuerda que Guillier, durante los primeros días en la Cámara Alta, por las tardes, luego de sesionar en las comisiones, iba a su oficina. Allá se tomaban un té y se ponían a conversar. La primera advertencia del magallánico a Guillier fue tajante: en la política los amigos son de mentira y los enemigos son de verdad. Cuando la candidatura presidencial fue oficial, las conversaciones fueron cada vez más frecuentes.

–Él estaba inquieto y me decía: “Pero Carlos, maestro”. Un día me aburrí y le dije: “Esta cosa llegó a un nivel donde estamos a 10.000 pies de altura, volando arriba de un avión. Si tú abres la puerta nos caemos todos. Tienes que volar hasta que esta cosa aterrice –recuerda Bianchi.

El pasado 19 de noviembre, una hora y media después de llegar a Santiago desde Antofagasta, Alejandro Guillier recibía los resultados de la segunda vuelta presidencial. Estaba rodeado de su familia en una suite del tercer piso del Hotel San Francisco. Sin la televisión prendida ni periodistas que lo rodearan.

Sin políticos, Alejandro había aterrizado.

Nadie había caído. Excepto él.

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