Ignacio Guerra renuncia a la jabalina

El recordman chileno de esta disciplina se retira, a los 29 años. El ingeniero asume que no puede llegar en condiciones a Tokio 2020.

Ignacio Guerra y François Pouzet son amigos, se sientan en la misma oficina de la empresa Bethwines y tienen un trabajo similar llevando el vino chileno al mundo. Hace 20 años también solían compartir el espacio, pero era distinto: un campo atlético donde luchaban torneo a torneo por ser el mejor en el lanzamiento de la jabalina. Cada uno batía la marca del otro y, de esa manera, mejoraban.

El que llegó más lejos fue Guerra, quien se fue becado a estudiar a Estados Unidos y alcanzó unos Juegos Olímpicos (Beijing 2008), donde fue 24º (73,03), el mejor latinoamericano, y batió dos veces el récord de Chile, en 2008 (78,54) y 2011 (78,69). Hoy, a los 29 años, Guerra decidió dejar la actividad.

No es por apoyo. “No me quejaría de eso, apoyo hay, lamentablemente hay que tener medallas y hay deportes donde es imposible obtenerlas y eso falla, no hay un sistema más complejo, que se vea en conjunto el deportista”, asegura el ingeniero comercial.

No es por malos resultados, pues la marca nacional aún le pertenece. “Me retiro, me hubiese gustado que las cosas hubieran sido diferentes. En los últimos dos años he estado tratando de recuperarme físicamente, pero no fue posible”, comenta.

Es porque ve imposible, en las actuales condiciones, llegar a otros Juegos Olímpicos y clasificar a una final era su nuevo objetivo. Lo cierto es que repasando su historia, Guerra se da cuenta de que pocas veces tuvo esas condiciones externas. “En Chile hay mucha improvisación, nadie te puede decir si alguien tiene talento, no se escucha a los que saben, se hacen las cosas por cumplir y la federación está preocupada de otras cosas”, señala.

Tampoco en Estados Unidos, donde Guerra fue becado a estudiar, entre 2011 y 2013: “Los gringos son muy buenos en lo que llamo juegos, o sea béisbol, fútbol americano, pero en cosas técnicas, los europeos les dan mil patadas. Mi hermano (Tomás) estuvo en Finlandia, lo corregían con sensores… Yo debería haberme ido allá, como la Kristel Köbrich a Argentina o Bárbara Riveros a Australia”.
De su paso por Norteamérica tiene el mejor recuerdo, estuvo primero en el ranking del país, se puso noveno del mundo. Claves fueron su primer entrenador, el uruguayo Esteban Sosa y, luego de su regreso, el preparador físico de Meds Carlos Burgos.

“Tuve una fractura por estrés en la espalda y un esguince severo en el tobillo. Él me rearmó, trabajamos la biomecánica, nutrición, cosas que no sabía, con él recién sentí que estaba haciendo una carrera deportiva, estaba aprendiendo de kinesiología, a conocer mi cuerpo, cuándo entrenar fuerte, cuando no. Y eso fue después de haber conseguido mis máximos logros”.

Enseñar, un objetivo

La decisión está tomada y el adiós, asumido. Sabe que habrá poco reconocimiento, como pasó con Rodrigo Zelaya (a quien le batió el récord de 77,28) o con Pouzet, o con buena parte de los atletas de su generación. “Me gustaría retribuir lo que aprendí, el deporte me dio tanto que me gustaría una clínica, dar la opinión, tengo mi punto de vista, pero nunca me han llamado, ni del colegio”.

¿Cómo sería su presente ideal? Guerra dice que es “de otro prensamiento”. Y agrega: “Lo importante fue ser el mejor latinoamericano en unos Juegos y lo logré. Nunca me proyecté tan a futuro, siempre tuve el hambre del conocimiento, aprender un idioma, nuevas técnicas, ir integrando todo; nunca me vi yendo a seis olimpiadas”.

El récord que él batió tenía 10 años y ya van a ser seis del suyo. Sobre cuánto durará, Ignacio Guerra responde que “es difícil… saberlo”.

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