Victoria Andreu: "Me casé con el hombre que me atropelló"

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#CosasDeLaVida: "Cuando iba en la ambulancia con mi hermana, lo primero que le dije fue: "Averigua quién es él, el amoroso que estuvo conmigo durante todo este rato". Ella me mira extrañada y me dice: '¡Estúpida, él te atropelló!'"




Pasó el sábado 14 de marzo del 2009, lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Unos meses antes yo había vuelto a mi antiguo departamento en Vicuña Mackenna con Diagonal Paraguay, después de haber terminado una relación.

Esa mañana conversé con mi hermana y quedamos de juntarnos en su casa en Ñuñoa. Iba a ayudarla con los trámites para sacar la nacionalidad española. Para almorzar, siempre comprábamos comida china en un local cerca de su casa, pero esa vez, como andaba pensando en los papeles que tenía que llevar y en llegar puntual, compré en una tienda al lado de mi departamento. Nunca había entrado ahí y tampoco sé por qué ese día lo hice.

Al salir, vi que la micro que me servía se estaba yendo, así que caminé al otro paradero para tomar otra y no esperar tanto. Me paré frente al semáforo para peatones, esperé la luz verde y crucé sin mirar a ningún lado porque era mi turno.

Iba con la mochila llena de papeles, comida china y cartera en mano, cuando de repente sentí un golpe muy fuerte en el lado derecho de mi cuerpo y me caí sobre el capó de un auto. Volé, yo sentí que en cámara lenta, como seis metros hacia la vereda. Lo primero que me dio fue vergüenza, tenía el pelo lleno de dientes de dragón y la blusa llena de pollo, así es que traté de levantarme inmediatamente, pero la gente me rodeó altiro y varios me decían que no me parara porque me habían atropellado. Traté de ver quién había sido y me di cuenta que el auto se estaba yendo. En ese momento pensé: "Desgraciado infeliz que se está escapando. Ojalá alguien haya anotado la patente".

Al principio me sentía bien, pero a los minutos me vino un dolor general en todo el cuerpo. Llegó bomberos con una camilla, vendas y un cuello inmovilizador. "¿Qué le duele?", me preguntaron. "¡La espalda, la espalda. La tengo llena de almendras de la comida china y se me están enterrando. Por favor, sáquelas!", fue lo primero que les dije. Pero nadie se atrevió a moverme.

Un hombre se me acercó y me tomó la mano. Lo miré y no sabía quién era, pero lo único que hacía era hacerme cariño y decirme que todo estaría bien. Incluso me ofreció llevarme a la clínica. Yo pensaba: "¿Por qué es tan tierno y preocupado conmigo?". Un bombero muy molesto le dijo que no, que tenía que esperar una ambulancia pública y a carabineros. Mientras yo seguía acostada en la camilla y con un cuello ortopédico en medio de la calle, alguien me pasó mi celular para llamar a mi hermana, quien llegó con mis papás y se subió a la ambulancia conmigo. Ahí lo primero que le dije fue: "Averigua quién es él, el amoroso que estuvo conmigo durante todo este rato". Ella me mira extrañada. "¡Estúpida, él te atropelló!", me dijo. Ahí entendí todo, por qué era tan cariñoso conmigo, pero me tranquilizó que no se hubiera escapado.

En el hospital no había mucho personal y estaba repleto, así que tuvimos que esperar mucho. En ese tiempo muerto, el que me atropelló se acercó, junto a un carabinero que lo escoltaba, para saber cómo estaba. Sentí algo cuando lo volví a ver y por fin supe su nombre: Iván.

Conversamos un rato e incluso él me llevó a tomar las radiografías y exámenes. Tuvimos una complicidad inmediata y me encantó que me acompañara en todo momento. Yo me hacía la que no me dolía nada y cuando él desaparecía, me ponía a llorar de puro dolor con mi hermana, pero él volvía y era como si no hubiese pasado. Además, seguía pasada a comida china.

Mientras esperaba el alta, a Iván se lo llevaron detenido hasta que no se descartara que yo tuviera alguna lesión grave. Antes de irse a la comisaría me pidió mi teléfono. Se lo di altiro.

Recién a la medianoche me pude ir a la casa de mis papás, sin ninguna lesión. Sólo tenía leves contusiones en mis piernas y brazos, por lo que se contactaron con Carabineros para que Iván quedara libre. Al otro día, a las 10 de la mañana, me llamó. Me preguntó cómo me sentía y conversamos mucho rato. Antes de cortar, me preguntó si me podía ir a ver esa tarde. No tuve problema. Ese domingo estuvo conmigo y conoció mejor a mis papás. Al otro día nos volvimos a juntar, esta vez en mi departamento, y desde ese día no nos separamos nunca más.

A la semana siguiente fuimos al juzgado a hacer la declaración del accidente y la jueza, cuando nos vio juntos como pareja, no lo podía creer, no sólo pensó, sino que incluso dijo que estábamos locos. No fue la última vez que recibimos ese comentario. Al mes de conocernos ya estábamos viviendo juntos y viajamos de vacaciones a Perú. Mis amigos me decían que cómo me podía ir con un desconocido, que quizás era un violador o un traficante de personas, pero yo sabía que no. Desde que lo vi me encantó porque supe que era una persona con buen corazón.

Siempre he pensado que no existe ningún plan de éxito para las relaciones ni tampoco que las parejas que se conocen mucho y que después se casan son las más felices. El ejemplo viene de cerca: mis papás se conocieron, pololearon tres meses y se casaron, así que ellos fueron los primeros en apoyarnos. Después de un año juntos, nos casamos por el Civil, yo embarazada de siete meses de mellizos.

Han pasado ocho años desde que nos conocimos y todavía siento que Iván es el hombre de mi vida.

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