2020: el año que viviremos en peligro

La multitudinaria marcha del viernes 25 de octubre vista desde el aire.

La multitudinaria marcha del viernes 25 de octubre vista desde el aire. Foto: Patricio Fuentes



Este fue un año extremadamente complejo, pero el próximo quizás sea peor. El respiro de las fiestas podría rápidamente verse interrumpido por un primer hito que se avecina y que se refiere a la prueba de selección universitaria. A las continuas postergaciones, que más de alguna preocupación y ansiedad han generado en esos varios miles de estudiantes que se juegan su futuro en una evaluación de escasas horas, se suma ahora el natural temor por lo que pueda ocurrir esa jornada.

En el ámbito económico y social se vienen tiempos extremadamente difíciles y dolorosos. Más allá de lo que reconocen las cifras oficiales, al terminar el 2019 tendremos a unas doscientas mil personas que habrán perdido su trabajo y ese número irá en aumento para marzo del próximo año. Es enorme la cantidad de proyectos que se han paralizado y más todavía la sideral cifra de inversión asociada que se ha postergado.

La economía está prácticamente paralizada y pese al enorme esfuerzo fiscal que haremos por inyectar más recursos y dinamismo a los mercados, todo será insuficiente. Nuestro margen de maniobra se hace cada vez más estrecho y pudiéramos estar llegando al límite del esfuerzo.

De hecho, esa incertidumbre estará muy marcada por el proceso político, ya que solo el 2020 enfrentaremos cinco procesos electorales. A la habitual decisión sobre alcaldes y concejales, sumaremos la elección de los gobernadores regionales y, como ya todos sabemos, nos pronunciaremos sobre la posibilidad de contar con una nueva Constitución, y su mecanismo, para después elegir a los ciudadanos que deberán abordar dicho desafío, de cuya trascendental importancia no requiero explayarme.

Y, como si fuera poco, todo ese camino estará rodeado de dos grandes incógnitas. La primera, referida a la urgente necesidad de recuperar el orden público y terminar, o al menos aplacar, a la violencia que irrumpió en nuestra convivencia. El desafío no es solo aislar y combatir a los grupos que no quieren o pueden razonar; sino también poner fin a los abusos de las fuerzas policiales, que tanta legitimidad le han robado al actuar de la autoridad. La segunda apunta a la conducción de este proceso por parte de la clase política en general y muy en particular por un gobierno profundamente debilitado, desorientado y voluntarista; adjetivos que se amplifican en el caso del Presidente de la República, cuyos desequilibrios hacen pensar que nuestra peor pesadilla es que la solución está en manos del problema.

Con todo, quiero pensar -y no puedo creer otra cosa- que el dolor y sufrimiento de tantos y por tanto tiempo, solo puede valer la pena si es que en algunos años más tenemos un país mejor. Y eso sigue dependiendo de todos nosotros.

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