María de los Ángeles Fernández

María de los Ángeles Fernández

Cientista política

Opinión

#8M y la nueva frontera

Manifestaciones en España por el Día Internacional de la Mujer. EFE

Lejos está el reciente Día Internacional de la Mujer de convertirse en una fecha más, como sucede con otras de Naciones Unidas. Los últimos años muestran su carácter de punta de lanza de la que es vista como “la primera guerra cultural global”, tal como señala Manuel Arias Maldonado en su libro (Fe)Male Gaze.

En Chile, según el balance realizado por la Coordinadora #8M, se habrían movilizado alrededor de 800 mil mujeres en la última huelga. Se ha conseguido cambiar la agenda, tanto de actores políticos como del propio gobierno. Mientras algunos partidos se apuran en declararse feministas (como en el caso del PS), el propio Presidente Piñera intentó surfear la ola feminista con una agenda de género en 2018 y, este año, se suscitó un debate -antaño inimaginable- acerca de si se puede ser feminista y de derecha.

Desde la perspectiva de los cambios que traen los movimientos sociales, resulta evidente que las demandas femeninas van siendo incorporadas en las estructuras y procedimientos existentes, aunque más lento de lo deseado y sin alterarlas mayormente. Dicha incorporación, con impacto en la opinión pública y en las policy, está lejos de cambios sustanciales en la división sexual del trabajo, lo que traería una real transferencia de poder. Sin desconocer los avances, Chile se encuentra todavía en el lugar 54 del Índice de Brecha Global de Género del Foro Económico Mundial (WEF), desde donde se recuerda que se necesitarán 108 años para cerrar la brecha de género en el mundo. El reporte más reciente advierte, además, que la nueva frontera para la disparidad de género se encuentra en la ciencia.

El asunto se ha ido enfrentando por varias vías. Desde la promoción de vocaciones femeninas en las disciplinas STEM, hasta el desafío de los estereotipos existentes, por medio de la visibilización de mujeres que han roto el “techo de cristal” tecnológico como referentes, hasta contemplar cuotas, esta vez para hombres, según lo planteado en un reciente debate de la Fundación L´Oreal.

Replicar acríticamente medidas utilizadas para incrementar la participación femenina en otros ámbitos puede resultar voluntarista. Si bien las cuotas han contribuido a aumentar la presencia femenina en la vida política, ésta poco o nada ha cambiado en su esencia. Reconocer las oportunidades para cerrar la brecha de género, al mismo tiempo que no perder de vista las complejidades de la transformación digital, resultan clave si se aspira a enfrentar lo que Meredith Broussard señala en Artificial Unintelligence: los algoritmos esconden sesgos raciales y de género, reproduciendo las desigualdades del mundo real. Súmese a ello la denominada “paradoja tecnológica” de la igualdad de género: cuanto más igualitario es un país, menos mujeres estudiarían ciencia y tecnología.

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