Agachar la cabeza y trabajar en silencio

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Todo esto es muy raro y habla de una tremenda desafección. Antes, cuando caía el respaldo popular, los presidentes enfrentaban serias dificultades, tanto para sacar adelante las leyes que querían del Parlamento como para ordenar a sus propios parlamentarios en el oficialismo. Eso fue lo que le ocurrió en su segundo mandato a la Presidenta Bachelet, no obstante haber tenido mayoría en ambas cámaras. Ahora, cuando el gobierno prácticamente no tiene respaldo, puesto que la aprobación presidencial es apenas del 6%, en las últimas semanas han salido del Congreso más leyes y reformas que nunca y nadie diría, no obstante que la relación ha pasado por momentos complicados, que Palacio quemó su ascendiente sobre Chile Vamos.

Como la situación es muy anómala, como caen todos los liderazgos y se hunde el prestigio de todas las instituciones y como, además, todo está distorsionado, porque todavía no salimos de la crisis, no está fácil responder a la pregunta de cómo el gobierno -con tan poco respaldo- podría concluir con alguna dignidad los dos años que le quedan. Parte del problema es que debe hacerlo. Aquí no hay dónde perderse. Toda otra solución -renuncia presidencial, reducción del período u otra salida al margen del libreto constitucional- no haría más que agravar la crisis e infligir una herida irreparable a la democracia.

Establecido lo anterior, lo que primero el gobierno debería hacer es controlar las ansiedades y olvidarse de las encuestas. Olvidarse del todo. En el corto plazo, su rating ciudadano no va a mejorar. El enojo de la gente es profundo y las percepciones no van a cambiar en función de nuevas iniciativas o más intervenciones o puntos de prensa en la agenda oficial.

Segundo, el gobierno tiene que gobernar, tiene que hacer su trabajo lo mejor posible, y la encuesta CEP le señala varios temas de los cuales tiene que ocuparse: pensiones, salud, educación (curiosamente descienden seguridad y empleo, dos variables que antes eran cruciales). Tendrá que concentrarse día y noche en esto y algo serio, grande y delicado tendrá que hacer para controlar las variables de orden público que siguen desbandadas. Es cierto que la situación ha mejorado en relación a los peores días. También es verdad que la encuesta dice que la sociedad chilena aprecia algo menos que antes el orden público. Pero la demanda ciudadana en este plano sigue siendo potente y no hay ninguna razón para que un gobierno de derecha no pueda satisfacerla. Sí, de acuerdo, esto podría tener costos. Pero precisamente por tratar de eludir costos La Moneda, en la práctica, se farreó el poco capital político que tenía y ha quedado completamente a la intemperie.

Tercero, la encuesta entrega algunos soportes de los cuales el gobierno podría afirmarse. El 64% de respaldo a la democracia, sin ser óptimo, sigue siendo robusto y no es un dato para pasar por alto en los días que corren. Otro: no obstante toda la polarización existente, el grueso de la sociedad chilena está bien al margen del fenómeno. Además, la gente mayoritariamente quiere acuerdos. Y si bien la crisis la ha empujado un poco más al protagonismo estatal, una proporción significativa de la población está satisfecha y sigue confiando en su propio esfuerzo como instancia de superación. En estas frecuencias el gobierno deberá sintonizarse. Y ponerse a trabajar en silencio.

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