Argentina ilustra el riesgo de una espiral populista, ¿qué pasará en Chile?

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EFE



Los caminos recorridos por Chile y Argentina en las últimas décadas fueron, hasta hace poco, enteramente divergentes: Argentina, que ingresó al siglo XX como el país más rico del mundo, volcada al clientelismo, con un estado interfiriendo discrecionalmente en todas las actividades y desbordando las posibilidades fiscales, deterioró su nivel de vida y sumió en la pobreza a los sectores más débiles de su población; Chile, desde un ingreso per cápita sustancialmente bajo el promedio de América Latina cuatro décadas atrás, fundó una economía libre, y con políticas económicas y sociales ajustadas a su realidad, llegó a liderar en cada indicador de progreso económico y social posible de observar en la región.

Hoy soplan vientos diferentes en nuestro país, y los méritos de un sistema económico libre y un Estado enfocado a atender los problemas sociales urgentes están siendo cuestionados en sus bases. El avance hacia el igualitarismo y estatismo, con la Nueva Mayoría, tuvo negativos resultados que llevaron al rechazo electoral contundente de quienes proponían proyectar esa experiencia. Chile, es cierto, no es Argentina. Predomina el orden propio de una democracia de instituciones libres. Es capaz de reaccionar con mayor eficacia ante la corrupción. A pesar de un gasto público siempre al alza, el Fisco chileno se mantiene solvente. La crisis económica que sufre la población argentina -con alta desocupación, caídas en la producción, e inflación y devaluación desatadas- no existe en nuestro país. Pero, el estatismo y el igualitarismo, que ya avanzaron mucho en educación, siguen siendo promovidos en nuestro país. Más allá de reposicionamientos tácticos, las fuerzas que intentaron sustituir el modelo chileno de libertades no parecen haber recapacitado, y expresan permanentemente su motivación en el campo tributario, previsional, seguridad pública o laboral. Así, sigue latente la amenaza de encaminarse a un deterioro institucional severo.

Una vez que los países caen en la espiral populista -cediendo a la concesión de beneficios sin importar la sustentabilidad fiscal, o pasando por alto principios esenciales del Estado de derecho-, salir de ello es extremadamente difícil, tal como ilustra el caso argentino, donde los intentos de rectificación de Macri parecen haber sucumbido. Evitar estas arenas movedizas requiere entonces de gobiernos empeñados en gestiones eficientes y dispuestos a arriesgar capital político para hacer las reformas necesarias, teniendo a la vista por sobre todo el interés del país, y no únicamente un objetivo electoral. El gobierno de Chile Vamos, más allá de éxitos puntuales, al mostrar indefinición en la defensa de sus propuestas clave ha generado confusión; pero quizás aún más desconcertante es la actitud de algunas de sus figuras mejor posicionadas en la carrera presidencial, que al plegarse a propuestas populistas -en algunos casos abiertamente hostiles hacia la actividad empresarial- abren una interrogante sobre cuál sería el sello de una futura administración suya. Así como una izquierda recalcitrante es dañina para el país, lo propio ocurriría con una derecha populista.

A la luz de las consideraciones anteriores, es necesario promover ante todo el compromiso con el bien común y la visión de largo plazo que pueden asegurar que Chile avance hacia el progreso. El drama argentino ilustra la importancia de priorizar un acuerdo nacional con esta orientación.

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