Boric



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Uno revisa para atrás, y resulta evidente por qué Boric está en la papeleta y puede que se haga de La Moneda. Cuenta con padrinos, no se le ha intentado neutralizar en serio, y se ha hecho de un hueco indisputado gracias a la degradación en que han devenido la política e instituciones públicas, a lo que ha contribuido. Que él represente las demandas y transformaciones necesarias que hay que hacer -así suele justificársele- suena a excusas para tapar eso otro suficientemente vergonzoso. En consecuencia, de llegar a gobernar, no quedará más alternativa que esperar a que con el tiempo se vuelva aún más patente quién es, a pesar que lo eligieron.

Está visto que se trata de un activista, un político profesional ascendido hace poco a primera división, parte de una camada generacional que podría haber catapultado a otro de ese lote. La primera vez que mencioné a Boric et al. por la prensa fue en junio del 2009 en Qué Pasa, donde anoté: “Como tantos otros que se han tumbado autoridades universitarias en el pasado, ésta no será la última vez que oigamos hablar de ellos”. Advertencias, por tanto, no han faltado. Vínculos con máquinas de poder, proveyéndole apoyo transversal datan de la Escuela de Derecho (v. gr. F. Atria, E. Barros, L. Sierra, D. Harasic, J. Zalaquett…), debidamente acreditado lo que fue su paso nefasto por la Universidad de Chile; ahora último, se agrega a Luis Maira entre sus nexos con generaciones anteriores. Ninguno de ellos son dirigentes de partidos en juego; tampoco estas conexiones suponen un compromiso ideológico sofisticado ni concreto (han ido y venido). Según Gabriel Salazar en The Clinic recientemente, a Boric le hace falta formación intelectual; lo invitó a presentar dos libros, pero “no entendió, no lo[s] leyó, leyó un pedacito y dijo algo que no tenía mucho que ver”; su propósito no ha sido otro que aprender a “ser clase política” (dicho por Salazar, para nada un elogio).

Lo preocupante de Boric, después de un poco más de una década en primera línea, sigue siendo su habilidad casuística y estratégica (según el caso se ubica), también su aprovechamiento de un periodismo condicionado por redes sociales. En repetidas oportunidades ha dado muestras que el Derecho no le importa. Ha justificado la violencia sosteniendo que “una medida de fuerza podrá ser legítima por perseguir un justo fin”. Más grave aún, su afirmación “hay que erradicar de la política a quienes hacen del engaño un arte, tenemos que disputarles el espacio que hoy ocupan” puede que indique que su afán por sustituirlos se extiende al uso del engaño. Su alianza con el PC es muy posible que funcione en esa frecuencia. Con todo, resulta sospechoso que, a pesar de este prontuario que podría seguir puntualizando, se haya llegado al punto en que estamos sin admitirse lo que él es.

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