Chile hoy y rol de las universidades




Enrique Oyarzún es académico de la Universidad de Los Andes

El país ha sufrido, y con él todos nosotros. El sufrimiento se acentuó con las revueltas sociales y ha continuado con la pandemia. Francis Fukuyama en un artículo reciente ha destacado como factores responsables de una respuesta exitosa a la pandemia la capacidad estatal, la confianza social y el liderazgo.

En el Chile actual la confianza no parece existir. Las instituciones han perdido credibilidad, los políticos elegidos para buscar el bien común no ayudan a mejorar las cosas, los logros económicos se ven empañados por la violencia y el pesimismo. Todo permite suponer que la pobreza aumentará y los noticiarios y comentarios periodísticos no han practicado, en general, los principios de la psicología positiva, salvo excepciones. Los rencores y odios que presumiblemente pudieron haber desaparecido luego de décadas, siguen presentes y, entre las revueltas y el Covid, hemos olvidado que cuando hablamos de Chile o de cada una de nuestras instituciones, hablamos de nosotros mismos, de los políticos y gobernantes que elegimos, de la fe que profesamos.

La pandemia favorecerá cambios variados. No es posible predecirlos, ni las direcciones o formas que el progreso científico, tecnológico o social tomará. De hecho, en la Feria Mundial de Nueva York en 1939 se preparó un documento que predecía lo que sería el mundo en los siguientes 50 años, es decir, inicios de la década de los 90. Ni las computadoras, ni el rayo láser, ni la manipulación genética fueron imaginados, al igual que tampoco lo fue la crisis del Covid.

La intolerancia de la cual muchos somos o son acusados, es superada largamente por los que defienden lo indefendible; por los que creen que todo se acaba aquí en la tierra; por los que solo reconocen un extremo, y no ambos, como dictadura; por aquellos que justifican solo la violencia que ellos mismos empuñan contra una sociedad que debe mantenerse indefensa para mantener un estatus moral respetable.

No hay mapas entonces para predecir el futuro; creo que habrá cambios en individuos y también cambios en las formas de comunicación, de docencia, de tecnologías; pero la humanidad como un todo volverá a volcarse al consumismo y a otros dioses terrenales.

Al final del día lo que parece estar mal, y estoy lejos de ser el primero en pensarlo, es el interior del ser humano, el interior propio, el no saber estar con uno mismo, el espíritu del hombre, el alma es la que está en problemas. Y esto se relaciona con enfermedades psíquicas, como la propia tristeza y depresión. El alma enferma antepone el bien propio al bien común y se erige en un dios diferente a Aquel que ejerce la misericordia. Y, obviamente, ningún plebiscito, Constitución o medicina va a solucionar el problema del alma. Es más probable que ayude la poesía, como ha sugerido Cristián Warnken.

Históricamente y en diferentes países, hay admiración por personajes de la propia historia, por poetas, músicos y escritores. En nuestro medio parece ser que los referentes fueran los propios columnistas y opinólogos de diferentes medios. Esto al menos debiera parecernos curioso.

De ahí la tremenda responsabilidad de las universidades en general y de las universidades de inspiración católica en particular. Su mandato, desde el siglo XIII en adelante, es la formación de personas y servir a su comunidad. No es fácil que logre esas metas si no ofrece a sus alumnos un sentido del hombre, de su trascendencia y les entrega las herramientas que les permitirán hacerse responsables del futuro de la naturaleza y de sí mismos. Este es el único modo de que el alma sane y de que la técnica no prevalezca sobre la conciencia y sobre el espíritu humano. Es así que los universitarios serán realmente los “obreros intelectuales de un mundo mejor”.

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