Ciudadanía e infancia



Por Yanira Zúñiga, profesora titular Instituto de Derecho Público, Universidad Austral de Chile

Tras la polémica suscitada por el video difundido por la Defensoría de la Niñez subyace una disputa interpretativa que tiene que ver menos con el alcance del mandato normativo de este órgano -cuya independencia funcional está reconocida legalmente- que con los imaginarios sociales sobre la infancia y sus implicancias políticas.

La Defensoría de la Niñez ha dicho que el video pretendía “visibilizar y enfatizar el rol de los niños, niñas y adolescentes como agentes movilizadores de cambio en defensa de sus propios derechos y la necesidad urgente de abrir espacios para que ejerzan su derecho a una participación efectiva e incidente”. Los detractores del video, en cambio, desprenden de la letra de la canción ahí contenida (en particular, de la frase “saltarse todos los torniquetes”) una incitación a la violencia.

Puede decirse que la Defensoría defiende una visión de los niños, niñas y adolescentes (NNA) como seres políticos, que es consistente con la Convención de Derechos del Niño. Esta prohíbe la discriminación de NNA por razones políticas (art. 2) y protege sus libertades de expresión (art. 13), reunión y asociación (art. 15). Sus críticos, en contraste, los conciben como seres esencialmente sugestionables, vulnerables al adoctrinamiento, que requieren ser inmunizados de todo mensaje político.

Del hecho de que los NNA no sean adultos no se sigue que sean una especie de seres liminares, incompletos o defectuosos, carentes de toda capacidad crítica, agencia o razonamiento moral. Si, como postula el filósofo Étienne Balibar, la ciudadanía no es un estatus sino, sobre todo, la capacidad de representar y articular la pluralidad social desde la acción colectiva, demandando ser escuchados por otros; entonces, los NNA son ciudadanos. La “revolución pingüina” y el “salto de los torniquetes” serían expresiones ciudadanas. Por supuesto, todas las acciones y repertorios de protesta pueden ser sometidos a crítica, vengan de donde vengan. Sería absurdo sostener que las protestas de NNA son siempre virtuosas o correctas. Pero esto solo confirma que, a este respecto, los NNA se comportan como los adultos.

Equiparar protesta, desobediencia civil y violencia es un error. Suponer que la acción concertada de estudiantes secundarios para evadir masivamente el pasaje del Metro (“el salto de los torniquetes”) es, en sí misma, violenta, porque ella fue precursora de algunos actos de vandalismo (así como de protestas pacíficas) es disparatado. Equivale a decir que cuando Rosa Parks, una mujer afroamericana, se negó a ceder su asiento en un autobús, desencadenando protestas en E.E.UU. en contra de las políticas segregacionistas, actuó violentamente. Y que quienes, a lo largo de décadas, han homenajeado tal acción, en realidad, hacían apología de la violencia.

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