Colegio de abogados

Justicia, juez



Por Gonzalo Cordero, abogado

Tengo una relación particular con mi profesión, la considero una de las actividades más nobles a las que se puede dedicar una persona, su formación es invaluable, amplia, tremendamente configuradora del pensamiento abstracto y de la lógica e inspirada en la virtud más noble de la vida social: la justicia. Pese a todo lo anterior, salvo un corto período en mi época de estudiante y luego de egresado, nunca he trabajado en el oficio forense y, por ello, tampoco me afilié nunca al colegio de la orden.

Siguiendo el viejo adagio que dice que lo peor es la corrupción de lo mejor, muchas veces la abogacía es expresión de conductas sin ética o derechamente abusivas o corruptas; apelando a ello, el consejo del Colegio de Abogados acaba de acordar casi por unanimidad -con la encomiable excepción de Florencio Bernales- promover que se restablezca la colegiatura obligatoria como requisito para su ejercicio profesional, iniciativa a la que ya parecen querer sumarse los médicos. Los partidarios de la medida aducen que el sistema de persecución de las infracciones éticas es ineficaz, que imponer esta obligación no afecta la libertad de asociación, puesto que muchos países la tienen, entre ellos varios estados de Estados Unidos.

No puedo sino expresar mi decepción con la iniciativa, especialmente por la casi unanimidad con la que se acordó. El fin no justifica cualquier medio, aunque la profesión se haya degradado por la gran cantidad de abusos en su ejercicio es evidente que hay otras formas de abordar ese problema, sin necesidad de recurrir para ello a una restricción de la libertad personal, cuyas consecuencias van mucho más allá que la mera afiliación. Junto con esa carga, viene luego la de mantener económicamente al Colegio, por razones obvias se incrementará su poder político y aumentará también la avidez por controlarlo.

El poder tiende a incrementarse, ¿por qué el control ético va a limitarse al correcto cumplimiento de las obligaciones pactadas entre el abogado y el cliente o a la relación de buena fe con la contraparte y los tribunales? El monto de los honorarios y la manera de establecerlos también es un campo atractivo para un colegio de afiliación obligatoria. Así, la fijación de aranceles queda a la vuelta de la esquina y con ello las barreras para competir con quienes tienen una posición ganada.

La abogacía tiene su origen en la defensa de quienes se encuentran en una posición de debilidad frente al poder, no se pueden defender por sí mismos y necesitan que alguien abogue por ellos. Allí donde no hay libertad individual, tampoco hay abogados con ejercicio autónomo. Ya lo dijo Shakespeare en Enrique VI, para establecer un gobierno tiránico, “lo primero que haremos será matar a todos los abogados”. Por eso, un abogado contra la libertad es lo más parecido a un médico contra la vida; es una pena que no lo entienda así el Colegio de Abogados.

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