Columna de Ascanio Cavallo: No te está permitido

El Presidente Gabriel Boric junto a las ministra de Relaciones Exteriores, Antonia Urrejola.



Todas las veces que asume un gobierno nuevo, la oposición protesta por el nombramiento de representantes políticos, militantes o amigos en los cargos de embajadores en el exterior. Pero cuando llega al gobierno, es lo primero que olvida; vuelve la repartija de embajadas. El gobierno del Presidente Boric está ahora en la misma situación, incluyendo el peor de los problemas de costumbre, la filtración de nombres para los cuales aún se está pidiendo el agrément de los anfitriones. Hay muchos que ni siquiera parecen saber que los gobiernos deben dar permiso a los embajadores que llegan.

El escalafón de embajadores del Ministerio de Relaciones Exteriores contempla un total de 93 cupos, 77 en el exterior y 16 en funciones dentro de Chile. Los problemas de presupuesto suelen impedir que se ocupen todos esos puestos. Hoy hay 75 y un acuerdo no escrito desde inicios de la transición estableció una cuota de un 20%, con tolerancia de hasta 25%, de embajadores “políticos”. Es decir, entre 15 y 19.

Estos acuerdos tuvieron lugar después de la restauración democrática, cuando se creía que el régimen dictatorial había dejado demasiados partidarios en la Cancillería, como en todo el aparato público. Treinta y dos años después, ese argumento ya carece de sentido. Es decir, que si alguna vez tuvo una justificación real, cada vez es más feble. Pero desde hace años, las embajadas se siguen usando para completar equilibrios políticos, recompensar lealtades personales o desplazar “por arriba” a aliados incómodos.

Un argumento tradicional -y atendible- es que hay embajadores profesionales de mala calidad y embajadores políticos de excelencia. Pero este no es un problema de las categorías, sino de las evaluaciones del ministerio y del hecho de que destituir a un embajador profesional significa terminar con su carrera. En la realidad, hoy un profesional que sigue toda la carrera está llegando a embajador recién a los 60 años o más. Hay un problema de estructura de la carrera funcionaria que ninguna de las nuevas leyes del ministerio ha solucionado, pero el efecto de tapón en los niveles superiores no hace más que agravarse cuando se le quitan cupos.

Esta es la dimensión, por así decirlo, funcionaria. Lo más importante es la dimensión política. Por definición, todos los embajadores son personas de exclusiva confianza del Presidente de la República, que lo representan a él y a sus líneas de política exterior. En teoría, no hay diferencia entre un profesional y un político. En la realidad, sí la hay. Los embajadores militantes son un mensaje que se envía al país anfitrión, cuya evolución política obviamente no depende del Presidente chileno. Por eso es que las grandes cancillerías del mundo evitan a ese tipo de embajadores, y los reciben -para decirlo de manera elegante- con una muesca de alerta.

¿Cuál es el panorama con que se enfrenta la política exterior chilena? Primero: hay una guerra en suelo europeo, con la peor amenaza nuclear desde la Crisis de los Misiles de 1962 (o de la crisis secreta de 1983, según algunos). Es una guerra de muy fácil extensión. En los bordes de Rusia campean los gobiernos autoritarios, algunos de ultraderecha, con altísima volatilidad. De un día para otro, el planeta se puede ver envuelto en una conflagración sin bordes.

La guerra está causando un enorme trastorno migratorio, con unos siete millones de ucranianos huyendo de su territorio, que se suman a un tráfico de inmigrantes previamente detectado en Bielorrusia. Europa se ha unido como nunca antes contra Putin, pero sus severas sanciones están golpeando la cadena de materias primas y afectando la inflación mundial. Putin ha sido denunciado a la Corte Penal Internacional y, cualquiera sea el resultado de tal acción, está alterando el equilibrio multilateral. Y eso, sin hablar todavía del sistema mundial de derechos humanos.

Cualquier designación en Europa y en los órganos multilaterales debería tener en cuenta la singularidad del momento; en este cuadro, enviar aficionados o debutantes es un despropósito.

Estados Unidos espera el alineamiento de Occidente en contra de la agresividad de Putin. Le importa poco de qué signo sean los gobiernos, siempre que no fallen en este punto. Ya se sabe que no estarán allí Venezuela, Nicaragua ni Cuba, que mantiene una relación atávica con Rusia. Pero estos son los gobiernos que dividen dramáticamente a la coalición de Apruebo Dignidad: por aquí pasa la grieta entre sus fuerzas, como pasó en la Nueva Mayoría, esa vez con un PC más subordinado y menos central.

El segundo problema, previsible, pero no visto por este gobierno, es Bolivia. La propuesta de reabrir relaciones diplomáticas fue respondida según el libreto clásico del MAS, a pesar de la derrota de su demanda en La Haya. La emocional invitación del Presidente Boric al ex vicepresidente Álvaro García Linera -uno de los arquitectos de la demanda- no reparó nada, y probablemente ni siquiera tuvo en cuenta que el próximo viernes 1 de abril se iniciarán los alegatos por el río Silala. El resultado de esa demanda -Bolivia la perderá, probablemente- pondrá en un nuevo aprieto al gobierno, que ya fue maltratado sin más motivo que su buena voluntad.

El desorbitado esfuerzo por no parecerse a los gobiernos anteriores limita, en general, con la continuidad de la política exterior. No es cosa de patear la estantería de los tratados de libre comercio cuando el 60% del PIB depende de ellos y cuando -lo que es peor- se enerva con ello la relación con más de 80 países. Más importante que las declaraciones estridentes, en este momento, es mantener la calidad del abastecimiento sanitario y de vacunas que logró la administración saliente. Una falla en esto sería catastrófica para el gobierno, en un momento en que no se termina de conocer si la pandemia está en retirada (como parece) o no.

“A ti no te está permitido”, les dice Jehová en el Deuteronomio a quienes parten a visitar tierras extrañas. Jehová puede ser un anacronismo en los tiempos que corren, pero su milenaria advertencia sigue conteniendo una sabiduría profunda para los que salen de la provincia a enfrentarse al mundo ancho y ajeno.

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