Columna de Ascanio Cavallo: Samson y la política

Salvo que el clima emocional se enrarezca aún más, la convención ocupará el lugar estelar de la política chilena a partir de abril y por buena parte del 2021. Parecerá muy incongruente que el gobierno o el Congreso tomen decisiones que afecten el funcionamiento del país en plazos superiores a ese mismo año, cuando una convención estará decidiendo acerca del futuro.



Tres semanas después del plebiscito en el que una sustancial mayoría de los votantes dio su apoyo a la iniciativa de redactar una nueva Constitución mediante una convención constituyente de 155 miembros enteramente elegidos, ya se han multiplicado los esfuerzos por reinterpretar el significado de esa votación. En algún caso, a través de una modificación del quórum para tomar decisiones; en otro, mediante una modificación del número de convencionales, y aun en otro, por la vía de atribuir a la fórmula constituyente facultades que expresamente quedaron excluidas en el acuerdo que le dio origen.

Los portavoces de estos esfuerzos han sido, sin variación, parlamentarios. No siempre son sus ideólogos, pero sí sus rostros visibles. Es un hecho desafortunado, porque precisamente uno de los mandatos del plebiscito es que los congresistas en ejercicio queden excluidos de la convención constituyente, habiendo expresamente una alternativa que permitía que la integraran. Y en algunos casos han sido, además, parlamentarios cuyos partidos se excluyeron del acuerdo plebiscitario o lo denostaron abiertamente. Gabriel Boric ha de recordar con sentimientos ambiguos lo que soportó después de firmar el acuerdo sin la venia de su partido, y quizás también lo haga Camila Vallejo, que según los mentideros de aquellos días era proclive a que el PC se sumara, cosa que no ocurrió.

No era razonable esperar que toda la crispación política producida después del 18-O se disipara de un santiamén por el solo influjo de un plebiscito cuyo resultado ha ilusionado a muchos. Treinta años atrás, otro plebiscito -más dramático que el reciente- también produjo una ristra de interpretaciones que intentaban alterar su resultado, y se prolongaron por poco más de un año. Esta vez es probable que duren sólo las 10 semanas que restan antes de la inscripción de candidatos a la convención. Después de eso vendrá la campaña electoral -mezclada con las de concejales, alcaldes y gobernadores, en orden de magnitud- y, en abril, la instalación de la convención.

Salvo que el clima emocional se enrarezca aún más, la convención ocupará el lugar estelar de la política chilena a partir de abril y por buena parte del 2021. Parecerá muy incongruente que el gobierno o el Congreso tomen decisiones que afecten el funcionamiento del país en plazos superiores a ese mismo año, cuando una convención estará decidiendo acerca del futuro. Ambos tendrán que retroceder, inevitablemente, al rincón de las decisiones más inmediatas. De alguna manera, eso cumple con el mandato de que los actuales protagonistas, cuyos desacuerdos se han expresado en una crisis inédita, se retiren de la escena al menos parcialmente.

Por supuesto, hay muchos interesados en que no sea así. La convención está tan amenazada de alteraciones como lo estuvo la primera elección de la restauración democrática. En esa lista ocupan el primer lugar los que quieren retomar la ofensiva de protestas de fines de 2019, que se muestran intensamente activos en las redes digitales. En ese grupo, ni el plebiscito ni la convención son soluciones: la única, sin disimulo, es la asonada. La expectativa es volver a acorralar al gobierno, al que perciben debilitado, sin respaldo político, con un cuarto ministro del Interior en apenas un año, con otro jefe de la policía defenestrado y con un gabinete de ministros semiesfumado.

El Congreso está siendo víctima de un asedio parecido, aunque quizás no se dé cuenta. Las redes digitales cumplen allí la función que Canetti describió como “las masas de acoso”, esa horda que “se abre paso hasta las proximidades inmediatas de la víctima”, con el orgullo del viejo Samson, el verdugo de París, que se preciaba de demorar un minuto por ejecución. ¿Quiénes son? Esta semana, una persona amenazó a la senadora Carolina Goic con incendiar su casa a propósito del debate por el retiro del segundo 10% de los fondos previsionales. En la discusión del primer retiro, el senador Ricardo Lagos Weber fue objeto de una funa similar y se sintió obligado a retirar su proposición (que era la izquierdista idea de cobrar impuestos a las rentas altas, aunque podía tener el derechista efecto de restar menos dinero de los fondos previsionales). El “Samson” de la senadora Goic tiene 32 años y educación universitaria. Quizás sea un síntoma.

La convergencia de todos estos fenómenos ha creado en el espacio público un ambiente de ansiedad y suspensión. Muchos políticos han perdido su previsibilidad. Ya no se sabe por qué ni cómo van a actuar ante los nuevos hechos. Se ha impuesto como un implícito admisible, como un defectillo que aunque sea notorio al final es perdonado, porque muchos lo practican, el cinismo político. Se puede abrazar a un adversario, ya no para celebrar un acuerdo, sino por el hecho de dañar a otro. Se puede cambiar de posición si los mensajes del teléfono así lo sugieren. Se puede renegar de los principios porque ¿quién dijo que hay principios en la política?

Prevalece un aire de conveniencia y oportunidad. Y cuanto más se ahonda, menos valor parece tener la política. Ni el mañana ni la esperanza parecen estar allí. La política se ostenta como el arte del momento, la destreza para buscar la maña en la rendija, sea la formación de un distrito, la distribución de cargos públicos o el número de los convencionales. Para justificar la mañosería se necesita el cinismo, una fe en el aura de la astucia, una verdadera y contundente ideología de la desesperanza.

Algo tendrá que cambiar, de aquí a abril, en este panorama oscurecido. La política puede ser tortuosa, difícil y cansadora; puede ser incluso frustrante y áspera en esa idea jabonosa de aspirar al bien común. Pero una política que sólo se alimenta de maniobras, que no proporciona esperanza, que no imagina un mañana común, no proporciona ni imagina nada. No es nada.

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