Columna de Carlos Meléndez: Gabriel Boric y Alan García



En contadas ocasiones, políticos jóvenes llegan a la cúspide del poder -vía elecciones- en las etapas iniciales de sus trayectorias. En América Latina, Gabriel Boric y Alan García son los casos más notables: ambos asumieron como mandatarios de sus respectivos países con 36 años (en 2022 el primero y en 1985 el segundo). Proveniente de la dirigencia estudiantil, el chileno, y de las juventudes apristas, el peruano; pasaron por el peldaño previo de ser diputados nacionales. La comparación de sendos debuts tiene elementos similares que vale la pena hacer notar, guardando las distancias del caso.

La energía de un presidente joven suele despertar emociones. No hay mayor mensaje de renovación política que un treintañero colocándose la banda presidencial. Ello, sin duda, cautiva e ilusiona, sobre todo cuando los protagonistas practican el verso como principal instrumento de seducción política. No por jóvenes ignoran el pasado; todo lo contrario: se proyectan como el legado de líderes históricos (Salvador Allende y Víctor Raúl Haya de la Torre), aludiendo a repertorios de gestos y citas legendarios. Ambos se presentaron como herederos de una tradición, no casualmente socialdemócrata, clase mediera, con voluntad de vanguardia popular.

La admiración que despiertan cruza fronteras. Son gobernantes con buena prensa internacional: atraen titulares de los más respetables diarios en lengua extranjera. Son tapas de revistas y captan la curiosidad de propios y extraños. Son apapachados por líderes mundiales de la altura de Trudeau y Mitterrand. Sirven de puente al medio del Atlántico, para la difusión de las ideas y estilos de sus coetáneos en sus familias políticas. Felipe González fue inspirador para García, como Pablo Iglesias lo es para Boric. Aprovechan la tribuna mundial para mostrar rebeldía contra los villanos de su tiempo, García contra el FMI, Boric contra las dictaduras disfrazadas en Nicaragua y Venezuela. Por cierto, el peruano le disputó liderazgo a Fidel Castro, encabezando un movimiento de “países no alineados”, en plena Guerra Fría. Boric pretende las banderas de los derechos humanos sin una sola palabra sobre la dictadura cubana.

Pero la atracción por las luces y los reflectores del jet set político internacional parece inversamente proporcional a la eficiencia en la política doméstica. La poesía es suficiente para las audiencias extranjeras, pero no aguanta el accountability ciudadano, pues tarde o temprano ven crecer las desaprobaciones. Ante problemas de violencia política e inseguridad, de inflación (híper, en el caso peruano) y de creciente caos social, la falta de experiencia pasa factura al inicio del gobierno. En ambos casos, el liderazgo del primer año ha sido prioritariamente ideológico (atrapado en el verso) y poco pragmático; la sabiduría de estadista solo se cuaja en años. Hasta ahora, Boric no ha sabido manejarse en un escenario fragmentado y luce extraviado sobre la dirección que tiene que tomar su gobierno (ver TPP). El primer gobierno de García fue desastroso; solo tras quince años pudo apelar a la reivindicación. Esta no es una predicción del destino de la administración del magallánico, pero por ahora queda claro que antes de habitar un cargo, hay que asumirlo. Parece que él todavía no hace lo segundo.

Por Carlos Meléndez, académico UDP y COES

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