Columna de Gabriel Zaliasnik: Montaña rusa



Las elecciones en Reino Unido y en Francia esta última semana deben aquilatarse con calma, en lugar de llegar a precipitadas conclusiones. Ambas dan cuenta del impacto de la fragmentación política en el funcionamiento institucional de las democracias liberales. En efecto, el diseño de los modelos electorales parece recompensar a las fuerzas que con desmesura proponen agendas binarias, o definiciones más radicales, pero ello no se traduce necesariamente en sus resultados electorales. Por el contrario, lo que hacen estas fuerzas es dividir votaciones facilitando el triunfo de adversarios más tradicionales.

En el caso de Reino Unido, por ejemplo, se habla mediáticamente del demoledor triunfo del Partido Laborista liderado por Keir Starmer, pero poco se dice que su porcentaje de votos fue levemente superior al de las elecciones de 2019 bajo el liderazgo de extrema izquierda de Corbyn. En el fondo, el verdadero protagonista fue Nigel Farage, político populista que restó votos al Partido Conservador en numerosos distritos. El sistema electoral británico arrojó el resultado más desproporcional de su historia. Los laboristas con casi la misma votación de cinco años antes obtuvieron 200 escaños adicionales, es decir, con 34% de los votos controlan el 64% del Parlamento. En el caso del partido de Farage (Reform UK), con casi 15% de los votos provocó la debacle de los conservadores, pero accediendo solo a cuatro escaños.

En Francia, la situación tampoco llama a conclusiones claras. Es cierto que tras la primera vuelta el partido de derecha de Marine Le Pen parecía encaminado a ser primera mayoría en el Parlamento, pero los resultados de segunda vuelta dicen algo diferente. Si bien logró un resultado histórico, duplicando su representación parlamentaria, el rápido rediseño de estrategia electoral de sus adversarios -con la renuncia de centenares de candidatos para concentrar la votación en aquellos con mayores posibilidades de triunfo- les privó de erigirse en primera mayoría. Como efecto colateral, el sistema permitió abrir irresponsablemente un espacio a la extrema izquierda antisemita de Jean-Luc Mélenchon, que solo un cerco sanitario del Presidente Macron con sectores democráticos de centroizquierda y centroderecha podría clausurar. Ello, porque técnicamente en Francia nadie realmente ganó, lo que da la posibilidad a nuevas alianzas y acuerdos que modifiquen el paisaje político.

En estos tiempos en que la serenidad política es un valor escaso, los dirigentes nacionales harían bien en analizar lo sucedido en Europa, especialmente con el nivel de anomia y poco respeto al estado de derecho que se viene advirtiendo desde hace años en Chile. La montaña rusa de nuestra política debiera atemorizar más que la europea, pero si insisten en seguir en ella, como dijo Nicanor Parra, “yo no respondo si bajan/echando sangre por boca y narices”.

Por Gabriel Zaliasnik, profesor de Derecho Penal, Facultad de Derecho, Universidad de Chile

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