Columna de Héctor Soto: ¡Paren la chacota!

AP



El Chile moderado concurrió ayer a las urnas con la resuelta decisión de parar la chacota y de poner las cosas en su lugar. Eso explica que la derecha se haya repuesto de la derrota que implicó para sus expectativas la elección de alcaldes y de convencionales. El sector pasará a segunda vuelta, por de pronto, con la primera mayoría relativa, habiendo mejorado además sus posiciones tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado. La gran novedad de esta primera vuelta, sin embargo, es que, tal como se había pronosticado, no es el abanderado de Chile Podemos+ quien llega al balotage sino José Antonio Kast, básicamente porque fue él quien en las percepciones ciudadanas terminó ofreciendo una respuesta más categórica que la de Sebastián Sichel a la destemplada radicalización del escenario político que tuvo lugar en el país luego del estallido de octubre de 2019. Sin duda que es un trago amargo, pero el fenómeno es típico de los procesos de polarización y, por mucho que se le trate de buscar la quinta pata al gato, lo ocurrido es sobre todo el efecto inevitable de la rendición incondicional de la centroizquierda chilena a los dictados del PC y el Frente Amplio durante el gobierno de Piñera. Como en política todo se paga, ese sector es el que más caro pagó en los resultados su entreguismo ideológico y su claudicación moral.

Como en segunda vuelta pueden pasar muchas cosas, ni Kast ni Boric pueden dar su triunfo por descontado. La pugna será milimétrica. Pero, torturando un poco las cifras, que es lo que harán los analistas políticos en las próximas tres semanas, se puede llegar a creer que es más fácil el triunfo de Kast que el de Boric el 19 de diciembre próximo. La verdad es que no lo es, porque la coalición que el exdiputado tendrá al frente será amplísima, devastadora e impenitente. Pero, así y todo, Kast tiene una posibilidad atendible de llegar a La Moneda si modera un poco su discurso, si moderniza otro poco su programa y si incorpora rostros algo más amigables y ecuménicos a su comando. Sí, podría ser el próximo Presidente. Aun así, corresponde preguntar si acaso semejante victoria (en las condiciones en que está el país, con la Convención en contra, con el Congreso y las redes sociales también en contra, con una economía herida, con las cuentas fiscales estresadas y una Macrozona incendiándose), no será un plato envenenado. Y la verdad es que tiene toda la cara de serlo. La sociedad chilena claramente está sobregirada. Nadie pone en duda que los próximos años serán más de agraz que de dulce, más de apretones que de relajos y más de empobrecimiento que de dinamismo. Hasta aquí al menos, en los noticiarios, en los matinales, en las discusiones de la elite, en las conversaciones cotidianas, se ven y se escuchan bastante más las presiones asociadas al caos que las exigencias colectivas conectadas al orden, no obstante que fueron éstas las que pusieron a Kast de puntero.

En cualquier caso, por sombrío que se vea el horizonte para el futuro inmediato, la derecha no puede dejar de acudir al llamado a la sensatez que expresó parte importante de la ciudadanía. Particularmente en la hora actual no caben las deserciones ni las promesas vacías. Es ineludible la responsabilidad que tendrán los dirigentes de las colectividades de derecha para alcanzar pronto un acuerdo con el comando de Kast. Aunque estos partidos han estado muy tironeados y fracturados por el oportunismo y la contingencia, lo que ahora se espera de ellos es que antepongan el interés de Chile a las agendas personales o de grupos. Se va a necesitar, por otra parte, mucha responsabilidad en el diseño de la campaña de segunda vuelta. Responsabilidad de parte de todos. Lo peor que podría hacer Kast o su gente, por ejemplo, es inflar o sobredimensionar las expectativas respecto de su eventual administración.

Hoy el electorado está mejor dispuesto que en el pasado reciente a líderes que hablen con la verdad. Ya habrá tiempo de analizar las cifras de la elección desde muchos ángulos y perspectivas, pero quedan pocas dudas de que la gente que votó por Kast lo hizo porque quiere un gobierno que crea en el orden y en el imperio de la ley. No mucho más que eso, pero en ningún caso menos que eso. Y si no lo dejan gobernar, bueno, que sea la ciudadanía la que dirima el conflicto. El infame espectáculo de los últimos años, el amargo trance de un país magnífico aunque al borde del precipicio solo porque su clase política ha sido incapaz de llegar a elementales acuerdos en torno a desafíos impostergables (en seguridad social, en seguridad pública, en salud, entre otros planos) ya no puede seguir prolongándose. Se estiró demasiado el elástico y se han perdido demasiadas oportunidades. Oportunidades tanto para rectificar lo que estaba mal como para aprovechar lo que el mundo nos ofrecía. Hay que dar vuelta la hoja porque el naipe se rebarajó ayer. Cabe esperar que esta vez la confianza en un ciclo político más fecundo no vuelve a terminar defraudada.

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