Columna de Héctor Soto: Vueltas de carnero

El gabinete del presidente electo Gabriel Boric.



Aunque nunca haya tenido buena prensa, la brecha entre aquello que los políticos dicen y lo que hacen pareciera estar legitimándose en las últimas semanas. Es más: buena parte del país festeja que así sea y respira profundo. Antes mirábamos con sospecha el hecho de haber tenido un discurso bravo y de combate como oposición y otro enteramente distinto llegado el momento de gobernar. Ahora eso mismo lo estamos aplaudiendo y no está claro que esto sea para mejor.

Así es la política, se dice. Todo el mundo sabe que otra cosa es con guitarra. El asunto, sin embargo, no es tan sencillo, porque envuelve un asunto de credibilidad pública y, más que eso, de ética ciudadana. Puede ser descomedido en estos momentos plantearlo así. Sin embargo, es sano no perder de vista que nunca es gratis el desfase entre lo que se predica como oposición y lo que se hace como gobierno. Más de alguien va a salir lastimado en términos de frustración o de desilusiones. La experiencia dice que pueden verse afectados sectores muy amplios de la población. No nos quejemos después, entonces, de que la política sea percibida como una actividad poco transparente y cero confiable.

Hay, además, otro factor que también es importante desde el prisma de higiene política e intelectual del debate. No parece recomendable aceptar que todo valga cuando se es oposición. La prudencia, la sensatez, la decencia incluso, imponen límites que no deberían ser traspasados, porque, si eso es lo que ocurre, va a ser obviamente el sistema político en su conjunto el que sufrirá las consecuencias.

Ahora que una súbita corriente de moderación comienza a soplar sobre “La Moneda chica”, puede ser incómodo recordar que este es el mismo sector político que planteó una irresponsable iniciativa de indulto asociada a los presos del estallido, el mismo que resistió hasta el final la necesidad de contar con una política migratoria consistente, el mismo que se la jugó por la condonación del CAE aquí y ahora ya, el mismo que estuvo detrás de todos y cada uno de los proyectos de retiro de los fondos de pensiones, y el mismo que, además, por la vía de posiciones ambiguas y de medias tintas, fue cómplice de la violencia en los meses siguientes al estallido. Se trata de un legado muy poco edificante que explica, en parte, el nivel de incertidumbre con que los chilenos estamos mirando el futuro. Hubo momentos en que la totalidad del arco opositor se cuadró con las posiciones más extremas del PC y el Frente Amplio, ya no para enfrentar al gobierno, que es lo que toda oposición debe hacer, sino derechamente para desestabilizarlo y botarlo, que es a lo que ningún demócrata debiera apostar.

Por lo visto, ahora el cuadro está cambiando. La orden del día es portarse bien y controlar a los mastines. Hay que cuidar todo aquello que hasta tres semanas generaba no solo resistencia, sino también arcadas: el equilibrio fiscal, el orden público, la gradualidad, los acuerdos, incluso el cargo de primera dama.

¿Qué tiene de raro, en este contexto, que algunos diputados despistados vengan ahora a preguntar por su quinto retiro del 10%? ¿Por qué lo que Boric y su gente promovieron con furor hasta comienzos de diciembre último ahora, seis o siete semanas después, ya no sea una solución? Puede haberlo sido en el primero. Pero, ¿lo era en el tercero o en el cuarto?

La idea leninista e inescrupulosa de que todo vale para derrotar políticamente al adversario habla, sin duda, de una enorme vocación de poder. Está bien: qué sentido tiene rasgar vestiduras. La izquierda ha tenido esa vocación y la ha mostrado con ferocidad. Pero es un insumo que al final le hace mal a la democracia, porque, en simple, implica que cada vez que gobierne la derecha la izquierda hará ingobernable el país. Al final, no estamos tan lejos del atávico sesgo político argentino, donde solo el peronismo puede gobernar. La izquierda se dice democrática, pero -seguramente en función de su experiencia en la dictadura- se tienta mucho más con la idea de botar los gobiernos que de enfrentarlos políticamente en el Congreso o en la sociedad civil. Cree mucho más en las barricadas que en la política. Y mientras esto siga siendo así, en Chile vamos a seguir teniendo una democracia que parece sólida en el papel, no obstante filtrar aceite en los hechos. En las últimas tres décadas la derecha triunfó solo en dos mandatos y no es casualidad que las dos veces, el año 2011 y el 2019, el gobierno haya estado colgando en la cornisa a raíz de asonadas populares muy poco espontáneas.

Como ahora la derecha ha sido desalojada del poder, bueno, el país seguramente recuperará los estándares de gobernabilidad que perdió en los últimos años. Puede que el gobierno de Boric llegue a tener retornos atendibles o mediocres, no lo sabemos, pero no será apocalíptico, porque la elección parlamentaria estableció contrapesos que en la actual legislatura no existieron. Menos mal. La falacia de ganar con un discurso y de gobernar con otro dejará heridos y desencantados en el camino. Esa fue la experiencia del Perú de Fujimori y de la Argentina de Menem. No son buenos modelos, así sea que en el corto plazo estas vueltas de carnero eviten la catástrofe. Moderándose, el futuro gobierno renunciará a lo mejor en muchas de sus descaminadas promesas de campaña y el país lo agradecerá. Pero, en términos de la ética política, quedará en deuda con sus orígenes.

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