Columna de Hugo Herrera: La cabeza excluyente tras el proyecto constitucional

Octava y Novena sesión de Convención Constitucional



Por Hugo Herrera, profesor titular de la Facultad de Derecho UDP

Es el único convencional del que se conoce una propuesta política global. Atria condena moral y hasta religiosamente al mercado: es ámbito de alienación, “mundo de Caín”, donde domina el interés egoísta. Y elogia la deliberación pública, porque allí las posiciones son sometidas a crítica, son desechados los argumentos que defienden el interés puramente individual, y terminan imponiéndose los que tienen a la vista el interés general.

La propuesta busca intervenir las consciencias de los individuos, extraerles su tendencia egoísta e inocularles generosidad. Para eso, se debe prohibir, mediante amenaza de violencia o violencia efectiva, al mercado y su lógica egoísta, en áreas enteras de la vida social (idealmente todas). Así, la lógica generosa de la deliberación logrará prevalecer sobre el egoísmo y se alcanzará la plenitud: el estadio donde el interés individual coincide con el interés general.

La mentada propuesta desconoce el significado político de un mercado bien regulado, condición de distribución del poder social. Si el mercado desaparece totalmente (en un área o todas), quien gobierna y quien emplea coinciden. La crítica del poder político puede significar, entonces, la pérdida de los medios de subsistencia.

La propuesta desconoce, también, el potencial opresivo de la deliberación, incluso cuando es libre de egoísmo mercantil. En la deliberación solo valen posiciones que pasen el escrutinio universal. Por eso, el ámbito público es también ámbito de pose como defensa del individuo expuesto al escrutinio de las miradas.

La generalidad de las reglas de la deliberación es hostil a la peculiaridad de las situaciones y la singularidad de los individuos. Solo si hay una esfera civil fuerte, de retiro, con recursos propios, puede el individuo refugiarse del escrutinio y existir, por momentos, auténticamente, sin pose.

Pura o eminente publicidad, sin ese campo de retiro a resguardo del ruido de la asamblea, acaba, en fin, deviniendo banal; reiteración de “lo que se dice”.

La ideología de la verdad deliberativa o universal es enemiga de la irreductible singularidad de los individuos; incluso agresiva con ella. Entonces se explica que Atria declare “inaceptable” al “escéptico”, a quien duda que en “alguna cuestión” debatida haya una solución verdadera.

Su propuesta de alcanzar la plenitud comunista debilitando al mercado y fortaleciendo al otro centro de poder, el Estado, se plasmó, en grado fundamental, en el proyecto constitucional. Ella fragiliza severamente la dimensión civil, a resguardo de la pose; y concentra el poder en una asamblea escrutadora, disciplinadora, generalizante, hostil a lo raro y único, a la singularidad de cada individuo. La propuesta devela así la expresión de lo que él mismo llama una “fe”: dogma fanática que está dispuesta a excluir a quien se aparte de ella; basta con que ose dudar.

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