Columna de Juan Ignacio Brito: Desde el púlpito

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO



La historia, la institucionalidad y la costumbre le otorgan a la Presidencia de la República una connotación de la que carece cualquier otro cargo en nuestro país. Quien la ejerce no solo es jefe de Estado y gobierno, sino que también se eleva sobre el resto. Con o sin corbata, quiéralo o no, el Mandatario le habla al país desde un púlpito.

Se trata de un arma de doble filo, más todavía en estos tiempos de sobreexposición, instantaneidad, baja tolerancia y polarización. El púlpito puede ser utilizado de varias formas: para educar (Pedro Aguirre Cerda), desafiar y asustar (Augusto Pinochet), predicar (Patricio Aylwin, Ricardo Lagos), adormecer (Jorge Alessandri, Eduardo Frei Ruiz-Tagle), ilusionar (Arturo Alessandri, Eduardo Frei Montalva, Salvador Allende). Es un sitial privilegiado para conectar con la ciudadanía y transmitir el mensaje central de una administración.

Lo cual nos lleva a Gabriel Boric. El Presidente no rehúye al púlpito, pero habría que preguntarle de qué va lo suyo. Porque su mensaje no es claro. Como candidato, fue radical primero y moderado después; como Presidente, partió como moderado y ahora promueve sin ambages una constitución radical.

Mientras se aclara, rellena con anécdotas fallidas, como si hablara frente a un grupo de “socios” que están algo pasados de copas. Se refiere con dudas e inexactitudes a san Lorenzo; parece confundir Concepción (la ciudad chilena) con La Concepción (el poblado peruano donde tuvo lugar la batalla de la Guerra del Pacífico); no reconoce a John Kerry sentado dos asientos más allá; se queja porque lo apodan “merluzo”. Se distrae en pequeñeces que le hacen perder capital simbólico.

Pareciera que el Mandatario cree que la informalidad es el mensaje. Que bastaría con “ser cercano”, “estar en terreno” y “hablarle a la gente en su lenguaje”. Actitud pura y poco más. Pero, sin contenido, la palabra se ahueca y deviene en un eco que llena apenas el espacio, incapaz de guiar y, menos aún, transformar. El Presidente habla, pero no comunica lo que quiere. No tiene una historia que contar y se queda en anécdotas mal relatadas. Algo parecido le ocurre a su gobierno. Es una ironía sugerente que, en una administración sin relato, la ministra mejor calificada sea la vocera. El problema, en todo caso, parte por un Presidente que paso a paso se ha ido convirtiendo en un meme y protagonista de videos virales cómicos.

En tiempos interesantes como los que atravesamos, solo algunos tienen la oportunidad de recibir la atención del público. El Presidente es uno de ellos, porque es dueño del púlpito. Si no aprende a usarlo pronto, sin embargo, corre el riesgo de que le ocurra como a su antecesor, que perdió relevancia, se convirtió en factor de irritación y, simplemente, dejó de ser escuchado.

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