Columna de Héctor Soto: ¿Qué sigue ahora?

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Una pregunta no para la casa, sino para responder de inmediato: ¿Cuánto tiempo soporta un país sometido al estrés cívico-político que Chile está viviendo desde el viernes pasado? ¿Tres, cuatro días más? ¿O son semanas, e incluso meses, como en Venezuela, donde la crisis se volvió ya parte del paisaje? Sí, esto es llevar las cosas demasiado lejos, pero eso no descalifica la pregunta.

El gran tema ahora es cómo seguimos. Suponiendo que el viernes murió un Chile que ya es irrecuperable, y al cual la mayoría de la población pareciera querer no volver, porque era, por lo que uno escucha, la república del abuso, habrá que ver ahora cómo se recompone el naipe. Sería bueno, más allá de los lugares comunes y de la retórica de la subversión ciudadana, hacer un ejercicio respecto de por dónde podría venir una fórmula de solución.

En un momento en que el desprestigio de las élites es profundo, en que el aprecio a los mecanismos formales de la democracia es relativo y en el que la estética del asalto al Palacio de Invierno inflama la imaginación de no pocos jóvenes (incluyendo, desde luego, a muchos periodistas), es por supuesto bastante matapasiones sostener que la solución no podrá provenir sino de nuestras instituciones, por debilitadas que estén; de nuestros políticos, por mucho que la gente los desprecie; de nuestra democracia representativa, por poco que sea lo que represente, y de nuestros líderes, por lamentables que sean sus vacilaciones y metidas de pata. ¿De qué otra parte, si no?

Es la única alternativa. Tiene que venir de los poderes del Estado, de testimonios como el que dio el Presidente cuando se reunió con los titulares del Senado, de la Cámara y de la Corte Suprema. La solución –se diría- no pasa por la renuncia de Piñera, que es la idea de muchos, no obstante que él tiene un mandato democrático robusto, ni tampoco por lo que diga la calle, por ruidosos que sean los caceroleos al atardecer.

Siendo así, es lamentable que algunas fuerzas políticas no hayan aceptado la invitación presidencial de ayer para abrir un espacio de conversación sobre la manera de salir de la crisis. Cada partido sabe lo que puede, lo que debe y por ningún motivo podría hacer. Conversar con el Presidente es de las oportunidades que ninguna colectividad política debiera rechazar. Los partidos de oposición ya cometieron ese error en Piñera I, cuando el Presidente los llamó con ocasión de las agresivas manifestaciones de 2011 y recibió como respuesta de sus dirigentes que ellos no tenían nada que conversar y que la única interlocución válida para ese momento era con los movimientos sociales. Hay razones para pensar que no fue una buena decisión, dado el curso que tomaron las cosas después. Hay razones también para pensar que incluso en ese momento la antigua dirigencia se hizo el harakiri en favor de los liderazgos que estaban emergiendo, los cuales terminaron arrebatándoles, con el tiempo, tanto el protagonismo como la dirección política opositora a los mismos que no quisieron conversar. Bueno, eso ya pasó. Y por lo visto hay partidos que quieren que lo mismo vuelva a ocurrir.

Hasta aquí, la gran anomalía de esta crisis es que frente al caos y a la violencia del fin de semana pasado los sectores medios no se hayan desmarcado de las demandas de fondo que inspiran al movimiento, que por lo demás tampoco están muy claras. Esa empatía, esa sintonía con las expresiones de resistencia, es lo que explica que seis días después del estallido el fuego todavía no se apague. Vaya que son singulares e imprevisibles las conductas de la nueva clase media chilena. Y vaya que es cierto lo que se ha dicho una y mil veces: que quien sea capaz de interpretarla tendrá las llaves del futuro. Suena bonito, aunque también puede sonar de terror.

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