El comienzo de la Segunda Guerra Mundial

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El 1 de septiembre de 1939 las tropas de Adolf Hitler invadieron Polonia. Dos días después Inglaterra y Francia declararon la guerra a Alemania: era el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Entre 1914 y 1918 Europa había marchado hacia un conflicto mayor de manera absurda y con millones de muertes, avanzando como "sonámbulos", según la fórmula ocupada por Christopher Clark en su excelente libro Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra de 1914 (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014). Apenas un par de décadas después volvía a meterse de lleno en la vorágine de la muerte y la destrucción, las armas y los ejércitos dispuestos a darlo todo por sus respectivas causas, aunque en ello se fueran las mejores tradiciones del Viejo Continente.

Suele decirse que las raíces del conflicto de 1939 estuvieron en una mala conclusión de la Gran Guerra y en el mismo Tratado de Versalles de 1919. Ciertamente así se puede concluir con una mirada de largo alcance. Pero también es evidente que los errores posteriores fueron ampliando las posibilidades de enfrentamiento, en buena medida por la irrupción de los regímenes totalitarios: el comunismo en la Unión Soviética de Lenin y luego de Stalin, el fascismo en la Italia de Benito Mussolini y el nazismo en la Alemania de Adolf Hitler. A ello se sumaron las debilidades de los gobiernos de las democracias occidentales –incapaces o temerosas frente al avance armamentista de Hitler– y ciertamente la crisis económica que sacudió a Europa entre las dos guerras.

Como sostiene Antony Beevor en su monumental La Segunda Guerra Mundial (Barcelona, Pasado & Presente, 2012), "Europa no estalló en guerra el 1 de septiembre de 1939", sino que eso fue el fruto de situaciones que venían incluso desde 1914 o 1917, que culminaron en conflictos múltiples "entre naciones", una "guerra civil internacional" entre la izquierda y la derecha y todo  un conjunto de circunstancias que desataron lo que el propio Beevor califica como "el conflicto más cruel y destructivo que haya conocido la humanidad".

Churchill, con extraña clarividencia, había advertido ya en octubre de 1938 sobre el riesgo de la guerra: "La pregunta culminante a la cual apunto es si el mundo, tal como lo hemos conocido (ese mundo grande y optimista de antes de la guerra, donde cada vez hay más esperanza y placer para el hombre común, ese mundo que honra tradición y en el cual se desarrolla la ciencia), debe hacer frente a esa amenaza con sumisión o resistencia. Veamos, entonces, si todavía nos quedan medios de resistencia..." Para entonces Hitler ya avanzaba con decisión en su carrera armamentista y algunos sectores de la sociedad inglesa no veían con malos ojos al dictador, buscaban congraciarse con él o bien eran incapaces de enfrentarlo, como le espetaría el propio Churchill a Chamberlain: "Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra... elegisteis el deshonor, y además tendréis la guerra". Así ocurrió efectivamente, en un espacio de un par de años.

En enero de 1939, Adolf Hitler profetizó ufanamente el genocidio que comenzaría a tener lugar bajo su mandato: "He sido muchas veces en mi vida un profeta y la mayoría se burló. En la época de mi lucha por el poder el pueblo judío fue el primero en acoger sólo con risas mis profecías de que algún día ocuparía la jefatura del Estado y de todo el pueblo de Alemania y de que después, entre otras cosas, solucionaría el problema judío. Creo que aquella risa sardónica de los judíos de Alemania se les ha debido atragantar. Hoy quiero ser un profeta de nuevo: si la judería financiera internacional dentro y fuera de Europa consiguiera precipitar a las naciones una vez más a una guerra mundial, el resultado no será la bolchevización de la tierra y, por ende, la victoria de la judería, ¡sino la aniquilación de la raza judía en Europa!"

El momento decisivo llegaría en agosto, cuando quedaron puestas todas las bases sobre las cuales Hitler iniciaría su ofensiva, primero sobre Polonia y luego sobre el resto de sus enemigos europeos. Con falta de escrúpulos y genialidad, el Führer buscó un acuerdo con Stalin, destinado a lograr un pacto de no agresión recíproca, pero que además tenía el objetivo de repartirse Polonia entre los dos dictadores, que odiaban al valeroso pueblo polaco. El pacto Ribbentrop-Molotov o nazi-comunista selló el acuerdo entre dos de los hombres más poderosos del mundo, que culminó con un curioso brindis del jerarca soviético por su par alemán: "¡Como sé lo mucho que ama el pueblo alemán a su führer, quiero brindar a su salud!" Hitler tenía el camino libre para realizar su proyecto, e incluso llegó a exclamar que ahora Europa sería suya.

Así, el 1 de septiembre las tropas del Reich invadieron Polonia. Muy pronto los soviéticos ocuparon parte del sector oriental polaco. Inglaterra y Francia habían advertido a Hitler que Polonia era un Rubicón que no podía cruzar, de lo contrario estarían obligados a declararle la guerra, cuestión que hicieron finalmente el 3 de septiembre. Desde el propio Estado Mayor británico hubo algunas advertencias por el doble estándar que se utilizaba en la ocasión, considerando el involucramiento soviético en la génesis del conflicto: "En el presente, se está poniendo en tela de juicio la sinceridad de Francia y el Reino Unido, y en particular en Italia y en España, se está dando vigor a la propaganda alemana por el hecho de que no hayamos hecho declaración de hostilidades como Rusia pese a que ya se ha inmiscuido en la libertad de estados pequeños del mismo modo que Alemania".

A esa altura, discurrir sobre eso no estaba en el interés de los países involucrados, sino que era preciso prepararse para un conflicto que había sido necesario evitar pero que ya era demasiado tarde para lamentarse por la incapacidad política de lograrlo. Europa entraba en la Segunda Guerra Mundial: el genocidio de los judíos, la bomba atómica y los millones de muertos en combate son solo algunas de las demostraciones visibles de ese gran drama que comenzó a sacudir a Europa y al mundo hace exactamente ochenta años.

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