Crisis hídrica y próxima elección presidencial



Por Mario Desbordes, abogado, y Pablo García-Chevesich, Ph. D., hidrólogo

Se ha vuelto corriente escuchar a los economistas quejarse de que sus advertencias no son oídas por los políticos. Si bien es cierto –como enseñó Max Weber– que para ser fieles a su vocación, la ciencia y la política deben conservar su autonomía; el divorcio entre ambas –que avanza raudamente por el país– producirá consecuencias devastadoras.

Pero así como necesitamos de la economía para abordar el drama social de la inflación, se echa de menos una mayor rigurosidad científica para comprender correctamente las causas de la grave crisis hídrica, sin la cual no podremos tomar decisiones correctas que nos permitan adaptarnos.

Es lamentable que todavía se escuchen propuestas de baja efectividad y alto costo –como los más de US$ 6 mil millones que cuesta el plan de construcción de embalses contemplado por el gobierno– que siguen entendiendo la crisis como si se tratara de una sequía estacional más, sin aquilatar que, como señala el último informe del IPCC, el cambio climático es una realidad irreversible, es causado por las actividades humanas y está ocurriendo más rápido de lo previsto.

Es urgente llevar a cabo una radical transformación en el uso del agua en Chile e implementar soluciones hídricas que permitan independizarnos del clima y de los ríos, para dejar de depender de las precipitaciones futuras y de las que ocurrieron hace miles de años (glaciares). Alcanzar la seguridad hídrica no es solo un asunto medioambiental; de su solución depende la viabilidad del orden económico y político, así como la subsistencia de nuestro pueblo.

Chile es un país desigual en muchos sentidos y en materia de abastecimiento de agua, esto no es una excepción. Un ejemplo: solo por el lujo de tener de césped en los patios de las casas, se consumen cientos de litros diarios de agua, mientras que en El Melón las familias se las tienen que arreglar con solo 30 litros, lo que equivale a una ducha de menos de 2 minutos. Por otro lado, miles de pequeños agricultores simplemente se quedaron sin agua para cultivar sus tierras, tras la llegada de las grandes agrícolas, sin mencionar que cientos de valiosos humedales como Aculeo se secaron debido a la pésima gestión hídrica de los últimos gobiernos.

Si seguimos por este camino, es muy probable que el próximo estallido sea por el agua.

Claro que muchos no lo verán venir, si es que siguen primando entre ellos variables económico-productivas antes que ecológico-sociales. Lamentablemente, los programas de gobierno de la mayoría de los candidatos a la Presidencia, así como el nivel general del debate, siguen sin estar a la altura del desafío.

La negligencia y la falta de visión no son nuevas. En su obra La Araucana, Alonso de Ercilla describe a Chile como una “fértil provincia”, pero ya en 1855 Benjamín Vicuña Mackena declaró que “Chile en un siglo será un desierto”. Lo nuevo, y lo que más preocupa, es que ganen terreno candidaturas asesoradas por expertos que relativizan y minimizan las causas antropogénicas de la crisis climática, negando la validez del actual consenso científico y poniendo en jaque el futuro de Chile, porque sin agua, todos morimos.

Se afirma incluso que la “disponibilidad de agua en Chile es muy superior a la demanda”, proponiendo no solo acelerar la construcción de embalses, sino también usar esa agua para la producción de energía. Pero más grave aún, se contempla la construcción de carreteras hídricas, sin reparar en la destrucción de los ecosistemas que trae consigo la interrupción de los ciclos del agua, ni en la sustentabilidad de dichos proyectos.

Al respecto, las soluciones se basan más que nada en mejorar la gestión a nivel de macro cuenca, promoviendo medidas básicas como la ley del medidor; una fuerte instrumentación con el fin de desarrollar modelos hidrológicos que nos permitan tomar decisiones en base al agua y no en base a los retornos económicos; formación y contratación de hidrólogos en cada municipio; disminuir drásticamente el consumo mediante la eficiencia hídrica en todos los rubros; tratar y reutilizar las aguas provenientes de la industria y de las ciudades; incentivar medidas tan lógicas como la captación de aguas lluvia y aguas grises, transformación de jardines xerófitos; y educar a la población para que valore este preciado recurso. Una vez aplicadas estas simples pero valiosas medidas, se puede pensar en importar agua a las cuencas, que según la ciencia, y en concordancia con muchos candidatos, la mejor opción para Chile es la desalación sustentable.

Mientras no se tenga un diagnóstico claro, fundado en evidencia, no daremos con las soluciones correctas para problemas tan urgentes como el cambio climático y la crisis hídrica, tras los cuales hay dramas humanos y conflictos sociales latentes que debimos abordar hace 20 años, y que si no lo hacemos hoy, pasaremos de ser un país rico en recursos hídricos, a uno seco, pobre y fracturado por la escasez de agua.

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