De esperanza y desesperanza



Por Álvaro Pezoa, ingeniero comercial y doctor en Filosofía

Desesperanza. Es evidente que Chile no va por buen camino. Y ello dicho sin considerar el Covid. Una rápida mirada al acontecer nacional basta para constatar el deterioro que se experimenta: creciente polarización política, validación de la violencia como instrumento de influencia pública, pérdida generalizada del sentido de autoridad, irresponsabilidad en el Poder Legislativo, debilidad del Poder Ejecutivo y la institución presidencial, frecuente frivolidad en los medios de comunicación, aumento del poder de los narcotraficantes, terrorismo habitual e incontrolado en La Araucanía, delincuencia e inseguridad ciudadana establecidas, caída en la capacidad de crecimiento económico, grave daño del sistema de pensiones…

La lista es larga y desalentadora. Mientras esta no hace sino aumentar conforme pasan los días, las grandes reformas y mejoras estructurales que se requieren con urgencia siguen esperando la paz de los justos: pensiones, salud, educación. Sin ellas, además, la eliminación de la pobreza dura se torna quimérica. Entretanto, una realidad tan fundamental como la familia tradicional sigue sufriendo embates en vez de recibir ayuda que la fortalezca. En este sombrío escenario, el amplio malestar de la ciudadanía no resulta sino una consecuencia comprensible. Aún hay más: bajo este cuadro, subyacen en la sociedad chilena hondos males morales, que inciden en la generación de sus problemas y, no pocas veces, en el descamino de las soluciones. Tema digno de un tratamiento aparte.

¿Qué podría, entonces, alentar esperanza? La clave, la da un hecho sin parangón en la historia de la humanidad: la venida del Hijo de Dios al mundo, la Navidad, la esperanza radical. Todo el acontecer humano cobra una realidad diferente bajo su luz. Bastaría que millones de compatriotas y extranjeros residentes que, con más o menos fe, se están preparando -y esperan- para celebrar nuevamente el Nacimiento de Jesús, volvieran sinceramente sus corazones a las enseñanzas y ejemplo vital que Él (nos) trajo y se animaran a hacerlos carne en el presente personal, familiar y social. Es verdad que tienen sentido sobrenatural, pero al mismo tiempo insuperable hondura humana. El mensaje que porta es de amor, no de odio; de bien, no de mal; de paz, no de violencia; de unidad, no de división; de fraternidad, no de enemistad; de generosidad, no de egoísmo; de solidaridad, no de individualismo; de servicio, no de aprovechamiento ni abuso; de comprensión, no de cerrazón e intolerancia; de invitación, no de imposición; en fin, de humildad; no de soberbia y exitismos. ¿No le hablan estas palabras a Chile hoy? Es hora de determinarse a que el cambio se inicie en cada uno, en las familias, en el lugar de trabajo, en las diversas comunidades donde se participa y, por supuesto, en la vida cívica. Que el mensaje de bien ilumine las (nuestras) intenciones, decisiones, acciones y conductas. Las transformaciones que Chile necesita no provendrán de revoluciones violentas, la demolición institucional y económica, la destrucción de inmuebles e infraestructura pública, ni menos de cobrar(se) vidas inocentes. ¡Es hora de despertar! He aquí la esperanza.

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