De topos y castores

constitución




“Soy un espía, un agente infiltrado, un topo, un hombre con dos caras. También tengo dos mentes.....soy capaz de ver una cuestión desde ambos lados”. Así comienza la obra ganadora del premio Pulitzer, “El Simpatizante”. En ella el escritor nacido en Vietnam, Viet Than Nguyen, nos adentra en lo que ocurre cuando se lleva una doble vida. Se aparenta algo que no es y se participa de ideas que no solo no se comparten, sino que incluso se combaten.

Me acorde de esta novela a la luz de la creciente pérdida de identidad política que afecta a amplios sectores de nuestro país. Con ocasión del nuevo proyecto de reparto del 10% de fondos de las AFP, uno no puede sino sorprenderse con el rápido derrumbe de las ideas de quienes defendían el sistema previsional. En el afán de sobrevivir a la batalla se reniega de los principios que anclaban la pertenencia a un determinado sector. Lo mismo ha ocurrido con quienes en su momento participaron activamente del modelo social y de desarrollo de los últimos 30 años y que ahora parecen olvidar su propia historia y también prefieren renegar de ella. Las políticas públicas impulsadas en el pasado con disciplina e incluso cierto fervor, hoy son despreciadas con ignominia y cobardía.

Por lo mismo, al ver este escenario uno se pregunta si quienes han sido electos en cargos de elección popular realmente suscribían las ideas que decían defender, o si solo se acercaron a ellas como una forma de aspirar a protagonismo público o acceder a una cuota de poder.

Pareciera que estamos en presencia de topos que se mueven subterráneamente, actores con dos caras y convicciones camaleónicas. Sin embargo, los topos no están solos. También hay castores, una especie conocida por su habilidad natural para construir diques en ríos y arroyos alterando el ecosistema. Conocido es el impacto de su introducción en la Patagonia al punto que hoy son una plaga peligrosa. Destruyen todo. Donde hay castores no crece casi nada. Solo quedan en pie pero sin vida cadáveres de árboles sin ramas y agua estancada que alteran el ciclo natural del bosque. Tras su paso solo queda desolación.

En consecuencia, de cara al proceso constituyente, ¿cuantos topos o castores superarán el cedazo electoral?, ¿cómo habremos de asegurar que quienes participen defiendan en su momento las ideas que como candidatos dirán defender? ¿Cómo confiar en que el paso de los entusiastas constituyentes no deje tras de sí solo desolación y que la Carta Fundamental sea un vigoroso árbol y no un tronco seco sin hoja alguna? Hoy más que nunca se necesita claridad. Una nueva Constitución supone consensos y acuerdos mínimos pero no transacciones espurias. Una nueva Constitución requiere convicción en las ideas matrices que la sostengan. ¿Seremos capaces de ello o como ha sido la tónica reciente abdicaremos ante el desafío?

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