Parece a estas alturas un lugar común hablar del desprestigio de la política. No se trata sólo de las instituciones que en los últimos años y por varios motivos han caído en cuestionamientos por diversos escándalos, muchos de los cuales nos han demostrado que la corrupción es un fenómeno que socava la confianza. También por la desconexión que, a ratos, quienes ejercen el poder tienen de la cotidianeidad que viven ciudadanos y ciudadanas. En estos días hemos sido testigos de como ese abismo que a veces separa la política de la experiencia cotidiana, nos habla también de desprestigio y de la necesidad de volver a conectar con los sentidos comunes.

En efecto, por estos días las intervenciones de dos ministros que, por un lado, han invitado a las personas a levantarse más temprano para aprovechar la tarifa más baja del transporte, ante el alza que esta acaba de experimentar o la alusión a la oportunidad de ser más "románticos" ante la baja del precio de las flores, nos habla justamente de esta desconexión. No se trata de ser graves ni de haber perdido el sentido del humor, pero en un país donde el 50% de los trabajadores gana menos de $400 mil pesos y donde persisten fuertes brechas de ingreso entre hombres y mujeres, la verdad es que desarrollar la dote humorístico no parece una buena noticia ante otras urgencias del país, más aún cuando se trata de las autoridades de las carteras que, probablemente, enfrentaran dificultades para cumplir la promesa de crecimiento que fue en origen el sello que quiso instalar la actual administración.

Esto es de la mayor importancia. La política, en su acepción más básica, supone el ejercicio del poder y en regímenes democráticos el supuesto es que su objetivo es alcanzar el bienestar general y hacer posible ir tras la realización de los valores que constituyen el pilar de este sistema que es la libertad y la igualdad. Parte importante de los dilemas que enfrentan las democracias hoy es justamente el debilitamiento de esta promesa. Y por cierto, ello no es sólo resorte de las autoridades aquí aludidas, porque el problema es transversal a la política. Ello explica, entre otras cosas no sólo el descenso del apoyo a la democracia, sino también la baja sostenida que tienen los partidos y las coaliciones políticas.

No es natural que nos acostumbremos a los exabruptos de las autoridades o a la falta de proyecto de las alternativas políticas, que haga que se instale una especie de desesperanza aprendida entre los ciudadanos. Basta con asomar la nariz a la realidad de nuestros vecinos para constatar que cuando el descrédito se instala, ello trae como consecuencia el debilitamiento de las instituciones y lo que sobreviene es no sólo la crisis del sistema de partidos, sino también la amenaza a la estabilidad del régimen democrático.

Tal vez sea hora de volver a conectar con los sentidos comunes. Con la necesidad de que la política no sólo se conmueva, sino que enfrente firmemente y con respuestas claras la muerte de un lactante en La Pintana a causa de la inseguridad, la violencia y en definitiva, la desigualdad. Que el tema de las pensiones se asuma no desde el punto de vista de si se mantiene o se terminan las AFP, sino que de solucionar el drama de las miles de personas que se jubilan con menos del sueldo mínimo habiendo trabajado toda la vida o que la reforma tributaria se aborde no sólo desde la lógica de la integración o desintegración del sistema, sino que desde su principal objetivo, que es la redistribución para emparejar la cancha y hacer más equitativa la repartición de la torta.

En suma, creo que nuestro principal desafío es transformar nuestros grandes debates en temas que vuelvan a conectar con la realidad, sólo tal vez así le devolvamos a la política el sentido que verdaderamente tiene y evitemos el socavamiento general.

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