Descansa en paz



Por Jorge Burgos, abogado

Quizás lo lógico hubiera sido ocupar este espacio -privilegiado qué duda cabe- en intentar analizar la no fácil coyuntura que vive nuestra sociedad. Esta semana que termina, sin ir más lejos, fuimos notificados de un proyecto que intenta cambiar las reglas del juego del funcionamiento de la convención constituyente, afortunadamente repudiado con rapidez por la inmensa mayoría de la dirigencia política. También presenciamos cómo una mayoría de los diputados se recetaron una atribución que texto alguno les ha conferido, declarar insanablemente nulas las leyes vigentes. Pero permítame el lector postergar el intento de profundizar en esas cuestiones que con razón preocupan.

Un minuto para recordar “al Diego”, para agradecer el don que recibió y que durante años regaló a los seguidores del fútbol, entre los que me encuentro. Tuve la suerte de verlo jugar un par de veces en el Estadio Nacional contra la “U” y en un amistoso entre selecciones. Pero si hay una oportunidad que recuerdo especialmente fue haber estado de cuerpo presente en Nápoles, con ocasión de la semifinal del Mundial de Italia, en que Argentina dejó en el camino al dueño de casa. Siendo el último eslabón de una delegación chilena a un encuentro de la internacional DC, recibimos una invitación al encuentro. La señora de la autoridad italiana que nos invitó, me preguntó cuando llegábamos a la cancha, por cuál de las dos selecciones hincharía, en un intento de respuesta diplomática le hablé de neutralidad. En el primer ataque argentino ya nos paramos del asiento, con el gol de Caniggia ya nos subimos a él y con el triunfo definitivo de los capitaneados por Maradona ya no quedaba nada de la supuesta neutralidad. Con un dejo de ironía, la anfitriona, al terminar el partido, me preguntó... ¿y la neutralidad? De la galera saque una mentira piadosa, mi madre es argentina le dije, la napolitana me comprendió y dijo “por la madre todo”. La verdad es que resultaba imposible ser neutral, era el sur, el barrio, la historia común, había que gritar el triunfo.

Esta modesta experiencia es común a miles de seguidores del fútbol que durante parte de nuestras vidas compartimos con acaso el mejor de todos en la cancha.

No creo me corresponda, ni sea el momento de emitir juicios sobre las glorias ni las penurias del 10. Por cierto que la vida de Maradona no fue ejemplar, pero quién dijo que pasó por este mundo para dar ejemplos; él pasó por estos lares y nos regaló su talento, sus dones y capacidades como deportista, nos entusiasmó y a muchos, con razón, emocionó.

¿A quién le podemos pedir o exigir talento y perfección en todos sus atributos? Lo más probable es que no lo encontremos. Como leía en uno de los tantos y buenos artículos que se han escrito a propósito de su muerte, ¿fueron ejemplares en todo Sartre, Neruda, Borges, Einstein? Por cierto que no, pero ahí está su genio a disposición de las generaciones.

En el momento de la partida de Diego Maradona, ni crucifixión ni idealización, simplemente que pueda descansar en paz, esa que sus últimos años se le hizo e hicieron difícil.

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