Después del brindis
Vivimos corriendo y saltamos de cosa en cosa sin mucha conciencia. Tratamos al tiempo como a un rival; queremos ganarle, apretarlo, exprimir cada minuto. Sin embargo, una vez al año nos detenemos juntos. Se repite el mismo rito: brindar, mirar un reloj y contar hacia atrás. Esa noche rendimos cuentas sin toga ni micrófonos: lo que dijimos y lo que callamos; lo que conquistamos y lo que salió bien por azar; lo que ganamos, lo que perdimos, lo que nos sobrevivió. A la vez, el Año Nuevo nos autoriza a soñar y —con una preciosa impudicia— pedimos futuro: que el cuerpo aguante, que vuelva alguien, que aparezca el trabajo, que afloje la pena, que el amor no se vaya, que el mundo no se rompa.
Y, sin embargo, en ese rito atávico no ocurre nada sobrenatural. El 1 de enero no nos vacunamos contra el cansancio ni amanecemos con energía nueva por decreto. No hay milagro. Aun así, ocurre algo: hay un momento —ese 9, 8, 7, 6, 5…— en que el peso del año se afloja un poco. No se va: se reparte. No se borra, pero por un momento se mueve de lugar: deja de ser un asunto privado y pasa a ser un asunto compartido. Miles, millones, empujamos el borde al mismo tiempo, diciéndonos “hasta aquí” y “desde aquí”. Es nuestra pequeña ilusión sincronizada, un corte compartido, del que toda una comunidad se hace testigo.
Un segundo después empieza la parte menos fotogénica del asunto. El Año Nuevo nos regala un instante de claridad; pero lo que viene hacia adelante depende de algo menos épico: convertir una promesa en práctica, un deseo en repetición, un “hasta aquí” en decisiones pequeñas cuando nadie está contando hacia atrás.
La política entiende esto muy bien. Por eso gobiernos y oposiciones adoran los “balances del año” y las “cuentas públicas”. Por eso las campañas prometen “un nuevo comienzo” con la misma facilidad con que se estrena un calendario: porque el reinicio trae aroma a esperanza. Es un recurso viejo y eficaz: el país como un cuerpo que puede “renovarse”. El problema es que a los países les pasa lo mismo que a las personas: el entusiasmo del reinicio dura menos que la resaca de la realidad. Entre la foto de la primera semana y la rutina de las siguientes, vuelven las inercias, los intereses, la burocracia, las urgencias de siempre y el “ahora sí” corre el riesgo de convertirse en el clásico “bueno, era más difícil de lo que parecía”.
Ahí está la trampa. Creemos que, porque algo se nombra, ya empezó. Que, porque se brindó, ya cambió. Que, porque hubo discurso, ya hubo giro. Pero la vida —y los países— no se renuevan como lo hace un calendario, por el contrario, se sostienen o se deshacen en lo que pasa después, cuando la música terminó y nadie está mirando el reloj. Cuando nos encontramos con esa silenciosa fuerza gravitatoria que hace pesados nuestros pasos.
El Año Nuevo y los cambios de ciclo político son un umbral, sí. Pero los umbrales no te llevan a ningún lado por sí solos: hay que cruzarlos. Y hacerlo rara vez es un reinicio; más bien exige insistir y sostener decisiones pequeñas cuando se apaga el impulso inicial. Ese debería ser el propósito. Porque el “nuevo comienzo” enamora a primera vista, pero después se cobra caro: solo existe de verdad cuando se traduce en hechos.
Por María José Naudon, abogada.
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