Dos años de división



El 18 de octubre del 2019 nuestro país cambió, lo más profundo de esa transformación es la distinta visión que tenemos de acerca de lo que ocurrió aquel día. Para algunos, entre los que me cuento, es un momento fatídico, para otros es el día en que “Chile despertó” y gracias al cual tenemos un proceso constituyente que iniciará una nueva y mejor época.

Es la contraposición entre los que consideran que el gobierno de la ley es intransable y los que, por el contrario, piensan que su particular noción de justicia es la verdadera, por lo que debe prevalecer por sobre cualquier procedimiento normativo. Es la versión política de que el fin justifica los medios.

El problema de fondo con el 18 de octubre y lo que representa, es que a partir de ahí se rompió un principio que había gobernado la transición: la violencia política nunca tiene justificación. La crisis de nuestra democracia se produjo principalmente por esto, por la validación de la violencia; eso fue, en el fondo, la manera en que se llevó a cabo la reforma agraria, primero, y el intento final de transición al socialismo, después. Abrimos la caja de pandora y soltamos las fuerzas primitivas de una manera que causó innegable dolor a nuestra sociedad.

Ahí estamos de nuevo, idealizando al que rompió los torniquetes del Metro, buscando una justificación en su historia, o al que ataca a Carabineros con bombas molotov, piedras y todo tipo de elementos contundentes, a los que llamamos “primera línea”, en un artilugio del lenguaje que pretende revestir de cierto heroísmo la expresión de conductas objetivamente antisociales.

Los medios de comunicación, en general, jugaron y han jugado un rol que, estoy convencido, en algún futuro será motivo de vergüenza. En los debates presidenciales no se pregunta por el abandono de la ley, sino por las supuestas violaciones a los derechos humanos y no uso el término “supuestas” al azar o con una finalidad subrepticia, lo uso porque estoy convencido que nunca hubo una política organizada de represión de la oposición, ni tampoco hay, hasta ahora, fallos judiciales que avalen esa tesis. Por el contrario, tenemos un régimen democrático pleno, con un sistema de justicia independiente, que incluso persigue al Presidente de la República pasando por encima de la cosa juzgada, y en un contexto de total libertad de prensa.

Ahora la Convención Constituyente decide iniciar la deliberación propiamente constitucional el 18 de octubre, como una manera simbólica de relevar y seguir legitimando esa violencia. Es asombrosa la paradoja: el Derecho, que es la alternativa a la violencia, ensalza la el valor de la piedra y el fuego, sin percatarse que allí donde reina la fuerza bruta perece el orden constitucional.

En definitiva, desde aquel 18 de octubre la piedra disputa el gobierno a la ley. Debiéramos recordar que la justicia puede venir de la ley, pero nunca de la piedra.

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