El arte de gobernar



Por José Miguel Serrano, economista

El ser humano ha aprovechado el viento y la electricidad, controlado o erradicado enfermedades, penetrado en los misterios del cosmos y logrado comunicaciones instantáneas a través del orbe. Pero podría pensarse que mientras todas las demás ciencias han avanzado enormemente, la de gobernar apenas se practica ahora mejor que hace dos mil o tres mil años.

Es válido preguntar, puesto que la insensatez es inherente a los humanos, ¿por qué habríamos de esperar algo distinto del acto de gobernar? La razón para preocuparse es que la imprudencia de quienes gobiernan puede generar repercusiones mayores en más personas. Por lo tanto, los gobiernos tienen el deber de actuar conforme a la razón.

Sin embargo, la insensatez o el desatino, como fuente de autoengaño, desempeña un papel asombrosamente grande en los gobiernos y en las campañas políticas. Consiste en evaluar una situación según nociones preconcebidas, mientras se pasan por alto o se rechazan todas las señales en contrario. Es actuar de acuerdo con nuestros deseos, sin permitir que los hechos nos disuadan. Para ejemplificar esto, bastará hacerlo con una inequívoca pregunta histórica. ¿Por qué Napoleón y Hitler invadieron Rusia, cuando todo indicaba que no debían hacerlo? Dichos ejemplos podrían parecer casos extremos, que no guardan necesariamente una relación con nuestra realidad, pero la obcecación de aquellos gobernantes se replica bastante bien durante los tiempos actuales.

Sin ir más lejos, en Chile hemos tenido múltiples advertencias sobre la falta de disciplina cívica de nuestros ciudadanos, quienes se vienen comportando de manera díscola y desobediente desde hace varios años. Y, sin embargo, el gobierno insistió en abordar la pandemia del coronavirus con una estrategia flexible, por comunas y zonas geográficas acotadas, donde gran parte de la responsabilidad para su control quedó en manos de una población que simplemente no estaba dispuesta a seguir los lineamientos de la autoridad. En vez de medidas más estrictas, se optó por la persuasión, cuando era obvio que esta táctica difícilmente iba a funcionar. Así, la insensatez de nuestros gobernantes tuvo como resultado que el país detente ahora una de las mayores tasas de mortalidad del mundo, causada por la pandemia.

Para que los futuros cambios de nuestra institucionalidad política y económica no contengan las semillas de la ruina, fomentando la codicia y el ansia de poder entre los líderes del país, sería prudente emular a Solón de Atenas, aquel sabio gobernante del siglo VI a. de C., a quien en una época de graves dificultades políticas e inquietud social, se le pidió salvar el Estado y reparar las enormes diferencias existentes entre los ciudadanos. Una vez logrado este propósito con notable éxito, Solón hizo algo extraordinario: compró un barco y partió al exilio voluntario durante diez años. Podría haber permanecido en el poder y aumentado su autoridad hasta la tiranía, como tantos otros a lo largo de la historia. Pero sabía que para conservar intacto el legado de su gobierno era mejor marcharse a tiempo, dando un paso al costado. Tal decisión parece indicar que la falta de una suprema ambición personal, junto con una fuerte dosis de sentido común, se encuentran entre los componentes esenciales de la sabiduría.

Imparcial y justo como estadista, no menos sabio fue Solón como ciudadano. Es lo que esperamos también de los políticos chilenos durante los próximos meses y años.

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