El cerco de la Constituyente



Por Paula Walker, profesora Escuela de Periodismo de la Usach

La Convención Constituyente está bajo amenaza. No hoy, sino desde el primer día. Sin importar lo que hiciera, desde el mes uno hubo críticas en redes sociales desde cuentas que promovían la idea de que eran flojos, payasos, que no avanzaban nada, que hacían lo que querían porque nadie los controlaba.

El llamado de un partido político a rodear la Constituyente, que tan mal fue evaluado por sectores conservadores, es ahora más bien una práctica frecuente de los grupos de interés. El sector empresarial se reúne para ver cómo pueden influir con sus ideas y propuestas; varias universidades han destinado equipos especiales que trabajan para poner a disposición de las y los constituyentes los insumos, estudios y conocimientos en diversas materias; los medios de comunicación cubren la Convención destacando aquello que sintoniza con sus intereses y los de sus audiencias; el propio Presidente de la República le ha dicho a la Convención, a través de sus redes sociales, que no debilite a la familia chilena, en un acto muy desafortunado, pues aún no se ha iniciado las discusiones de fondo en torno al tema que tanto preocupa al Presidente.

Según las encuestas, hay un deterioro en la imagen y en la confianza de la Convención en torno a las expectativas que ha generado. Vista como un espacio de poder, constituido por 155 constituyentes votadas democráticamente (con presencia paritaria de mujeres y participación de representantes de todos los pueblos originarios), ha levantado la esperanza de que desde ahí surja un nuevo ordenamiento del poder que se vería reflejado en una nueva Constitución.

¿Es posible que el poder y la legitimidad que representan estas 155 personas por el rol que cumplen asuste a las elites y a los poderosos de siempre? Y si existe ese temor de compartir el manejo y la manija del poder, ¿estarán dispuestos estos grupos a realizar maniobras, planes y estrategias para deslegitimar el rol de la Convención?

El caso del Rodrigo Rojas, el constituyente que se inventó un cáncer y utilizó la enfermedad como relato para su campaña, ha sido la excusa perfecta para orquestar un coro furioso no solo para lapidarlo a él sino a toda la Convención. Ahora las y los constituyentes son estafadores y no sirven para nada. Todo es corrupción e intereses mezquinos. El maximalismo que representan estas declaraciones son como un atajo mental que ahorra pensamiento propio, dejándose llevar por declaraciones tendenciosas sobre la mentira y el engaño que la Convención representaría a partir de un caso. Y como dice el refrán, “mejor diablo conocido que por conocer”, mejor quedarse con los diablos conocidos, y que todo siga como está hoy.

La pregunta clave es a quién le sirve desprestigiar una y otra vez a la Convención Constituyente, incluso antes de que comiencen las discusiones de fondo. No se trata de santificar al poder constituyente, pero sí de agudizar el entendimiento y reconocer que está bajo acecho por los poderosos de siempre, esos a los que les cuesta compartir y democratizar el poder más allá de sus círculos.

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