Daniel Matamala

Daniel Matamala

Periodista, conductor de CNN Chile

Opinión

El Chile poscatólico

Foto: La Tercera/Archivo

¿Es Chile un país católico? La pregunta se la hacía en 1941 Alberto Hurtado. Hoy podemos responderla con certeza: no, ya no. La evidencia viene del estudio del CEP, ese think tank que liderara el muy pío Eliodoro Matte. En 20 años, los católicos cayeron del 73% al 55% de la población, y aquellos sin denominación religiosa subieron del 7% al 24%. Apenas el 49% afirma “seguir una religión”, y entre los menores de 35 años, los católicos ya no son mayoría.
Chile se apresta a convertirse en un país poscatólico, y eso tiene consecuencias que afectan a toda la sociedad. Como dijo Voltaire: “Dios no existe, pero no se lo digan a mi sirviente; podría matarme en la noche”.

El temor es que, sin el pegamento religioso, las sociedades se desmoronen. Los cientistas políticos Robert Putnam y David Campbell concluyeron que, al menos en Estados Unidos, los religiosos observantes eran “más generosos con su tiempo y dinero, especialmente en ayudar a los necesitados”.

Pero lo más interesante de ese estudio es que esas virtudes no están relacionadas con ninguna creencia: no se es más generoso por creer en Dios, leer la Biblia ni ir a misa. El único factor decisivo es qué tan estrecha es la relación de las personas con otros fieles en su congregación.

Es ese lazo con otros seres humanos reales, no con un dios, el que fomenta la generosidad de las personas.
Quienes somos ateos o agnósticos tendemos a olvidar esa diferencia y entender la religión como un conjunto de creencias más o menos extravagantes. Eso es un error. Ser católico no es recitar al pie de la letra el Credo; es sentirse parte de una comunidad.

El sicólogo social Jonathan Haidt lo explica con una analogía entre religiones y barras de fútbol. Ambas, dice Haidt, “son hechos sociales”, que a través de una serie estandarizada de ritos (símbolos, héroes, mártires, cantos, bailes) hacen a sus fieles “sentir que son parte de un todo”.

El hecho social es lo fundamental, no la fe, dice Haidt. Así, explicar la religión estudiando las creencias sobre Dios es tan incompleto como intentar entender el comportamiento de las barras en los estadios aprendiendo la regla del off-side.

En las sociedades modernas, ese rol unificador de las religiones desaparece. Según el CEP, la gran mayoría de los chilenos (86%) sigue creyendo en Dios, pero curas y pastores están perdiendo su poder para moldear esa fe. Creencias tradicionales (el mal de ojo) o animistas (la energía espiritual de la naturaleza), son tanto o más populares que las que tienen el sello institucional, como la Virgen o los santos.

¿Debemos temer, entonces, como Voltaire, ser apuñalados en la noche?

No necesariamente. Las democracias modernas han sido exitosas en reemplazar la religión con otros “órdenes imaginados”, como los llama el historiador Yuval Noah Harari. Podemos no creer en Dios ni menos en sus representantes en la tierra, siempre que creamos en religiones seculares, como el humanismo, el liberalismo o el nacionalismo. Así, creemos (con nuestra Constitución) que “nacemos libres e iguales en dignidad y derechos”, y generamos lazos e instituciones en torno a esas creencias compartidas: nación, democracia, libertad, derechos humanos.

Ninguna de esas convenciones sociales es más “real” que otra. Las libertades individuales y los derechos humanos son una construcción social, tal como lo son Zeus, Alá o Yahvé. Pero son capaces de cimentar sociedades mucho más justas y prósperas que aquellas que dependen de la religión.

Si no me cree, revise el listado de los 10 países más religiosos del mundo según Gallup: Etiopía, Malawi, Níger, Sri Lanka, Yemen, Burundi, Djibouti, Mauritania, Somalia y Afganistán.

Y compárelo con el de los 10 países menos religiosos del orbe: China, Japón, Estonia, Suecia, Noruega, República Checa, Hong Kong, Holanda, Israel y el Reino Unido.

Los países nórdicos están entre los menos religiosos del mundo, y al mismo tiempo son líderes en los bienes sociales que supuestamente la religión provee: felicidad (según el Informe Mundial de Felicidad), comportamiento ético (Transparencia Internacional) y confianza entre las personas (World Values Survey).

Chile va en rápido tránsito, alejándose del vecindario de Afganistán y Yemen, para acercarse al de Noruega y Suecia. Y esa es una excelente noticia.

Parece que, después de todo, Voltaire estaba equivocado. Y que la mejor manera de dormir tranquilo por las noches no es convencer al criado de que Dios existe, sino crear una sociedad basada en principios que todos, religiosos y no religiosos, podamos compartir.

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